CAPÍTULO TRES
Paco tenía la cena en la mesa. En esa ocasión se decantó por la cocina turca. Cuando estuvo en Estambul se enamoró de su gastronomía y en ocasiones elaboraba platos de allí para deleitar a sus amigos. El primero en llegar fue Curro. Llevaba un traje de chaqueta beig. La falda de tubo por debajo de las rodillas, le favorecía mucho. Tenía unas piernas muy bonitas y eso desviaba la atención de su estrechez de caderas. Paco se puso la falda que se había comprado por la tarde. Al ser rizada, por la cintura, ampliaba sus caderas, dando así, más armonía a su cuerpo. Desde que los hombres vestían ese tipo de prendas, se dedicaron a ejercitar menos, en los gimnasios, la zona del torso y hombros.
¡Qué bien huele esa musakka! -dijo Curro-. Tío gracias por hacer las albóndigas de pescado. La última vez no las hiciste y me quedé con las ganas. Y del kurban kavurmasi ni hablemos. Estoy deseando meterle mano a todo esto.
A mí lo que más me gusta son los postres. Cuando Ana y yo llegamos a España, después de dos semanas en Turquía, toda la ropa nos quedaba pequeña. Allí comíamos seis veces al día, eso sin contar los dulces que nos metíamos entre comida y comida. Todo era exquisito -dijo Paco-. Tenemos que volver, sobre todo, por los baños turcos. Ha sonado la puerta. Vete a abrir mientras que voy al lavabo.
-Dejadme entrar, tíos, que me meo -dijo Rafael, abriéndose paso a empujones entre sus amigos, que llegaban juntos con él. Dando saltitos de puntillas y apretándose el paquete con ambas manos, intentaba frenar la incontinencia.
-Pues te vas a tener que aguantar porque Paco está en el servicio -le dijo Curro-.
-Bueno, me voy a ir quitando la falda para ganar tiempo, porque cuando tengo tantísimas ganas de mear, me gusta hacerlo de pie. Es un gustazo ver cómo te desahogas viendo el chorro caer en cascada. Todavía no me acostumbro a hacerlo sentado todas las veces.
-A mí me encanta sentarme. Antes sólo lo hacía para cagar, pero ahora puedo estar más tiempo en el váter y sacarme algunos moquillos mientras pienso en mis cosas. Oye, y, también se escaquea uno un ratito del trabajo -dijo Alfredo, que le encantaba mosquear a Curro con sus escatologías-.
-Anda, pasad, y tú, Alfredito, déjate de guarrerías, que es muy pronto para empezar -dijo Curro haciendo de anfitrión mientras que Paco salía del cuarto de baño.
Al salir, éste, se dirigió a sus amigos y los saludo calurosamente, dándoles un abrazo.
-Chicos, por fin es viernes.
-Oye, qué falda más chula llevas ¿Dónde la has comprado? Con esta no se nota si te empitonas. Yo, últimamente, desde que me separé, estoy como un verraco y se me nota la polla con todas las faldas. Lo malo es que me duele un montón cuando me la aplasto -dijo Manuel, señalándose el paquete que se le había salido de su escondrijo y parecía una quebradura.
-Pues hay una novedad para eso. Los nuevos calzoncillos que han sacado son geniales. Id acomodándose que os lo voy a enseñar. Vais a flipar. Con este modelo no se nota nada. Es como si la tuvieses cortada -dijo Paco, entusiasmado, yendo a buscar el último grito en ropa interior masculina-.
-Tío, no digas eso, que me da yuyu -le gritó Rafael que lo escuchó cuando salía del baño, pues era muy supersticioso-. No vaya a ser que nos castigue Dios y nos quedemos todos impotentes. Si se nota la polla, que se note. Somos tíos y es una buena berga lo que se oculta debajo de estas faldas. Y es eso lo que les gusta a las tías,un buen paquete. Por tanto, no hay que avergonzarse si se nos nota.
-Callaos y no digáis más tonterías. De sobra sabéis que todos hemos salido ganando con el cambio -dijo Ignacio-.
-Eso ya lo sabemos. Nunca imaginé que pudiese ir de compras con Emilia. Siempre odié ir a comprar ropa. Ahora entramos juntos en los probadores y ambos nos probamos las mismas cosas. A veces también intercambiamos fluídos...-dijo Fernando, con tono picante-. Mi mujer dice que la pongo muy cachonda cuando me ve con las pantys.
-¡Tariro, tariro...! -Salió Paco diciendo de su cuarto, moviéndose como un estriper para presentar a sus amigos la revolución en calzoncillos-. Chicos, os aseguro que es lo máximo. Parece que no se lleva nada puesto. Y para colmo, no hace falta apartarlo para orinar. Lo ha diseñado Patricio Berto y está genial de precio.
Todos se quedaron alucinados. Sin duda, era un modelo con muy buena pinta. Transpararente como un preservativo, pero de un tejido similar a la lycra. Con compartimentos distintos para testículos y pene, unidos por un velcro, que impedía la movilidad del miembro, si éste pugnaba por elevarse a su máxima potencia. Tenían un agujero manipulable en la punta, a modo de prepucio que facilitaba el poder orinar sin necesidad de tener que quitárselos.
Sonó el teléfono de Paco y éste corrió a su cuarto para poder hablar tranquilo porque con tanto jaleo no se enteraba de nada. Lo llamaba Eugenio para decirle que se retrasaría unos minutos. Se había encontrado con un amigo de Argentina al que no veía desde hacía quince años y se iban a tomar una copa juntos. Su amigo lo invitó y le supo mal no aceptar después de tanto tiempo.
-Oye, ¿Por qué no le dices que se venga a cenar con nosotros y así podéis charlar largo y tendido? -le sugirió Paco-.
-Eso es genial. Perfecto. No le he comentado nada por si no os parecía bien -contestó Eugenio muy contento-.
-¿Estás bebido, o, qué? No sé a estas alturas cómo te planteas esas cosas. Tenemos hablado que no admitimos desconocidos, pero a éste lo conoces tú -le regañó Paco-.
-Vale. De acuerdo. Enseguida vamos para allá -dijo Eugenio entusiasmado-.
Paco se puso la falda deprisa. Salió al comedor e informó a todos sobre la novedad. Terminaron de abrir los vinos. Cortaron más pan. Encendieron palitos de incienso, velas en varios puntos de la sala y dos lámparas de rincón, pusieron música árabe, creando así, un ambiente más intimo y cálido.
No tardaron en llamar a la puerta. Ismael, el amigo de Eugenio, recién llegado de Buenos Aires, era un tipo tremendamente atractivo. Alto, moreno de pelo negro, con los ojos verdes y muy bien plantado. Hicieron las presentaciones oportunas y se dirigieron a la mesa por recomendación de Paco, antes de que se enfriase la cena.
Todo transcurría muy animadamente. Gonzalo no le quitaba ojo a Ismael, nunca estuvo tan cerca de un tío tan macizo, lástima que esta vez la pieza no estuviese a su alcance como solía ocurrirle habitualmente, por lo que pudo llegar a descubrir, el bellísimo invitado era hetero y eso le contrarió mucho. Ismael era un famoso peridista argentino que hizo varios trabajos sobre espionaje internacional y por los que le concedieron prestigiosos premios. Para colmo, “un cerebrito”, para más rabia de Gonzalo. Después de la cena se fueron al salón y tomando copas y café, departieron temas de actualidad. Ismael, como buen periodista, no quiso desperdiciar la oportunidad que se le brindaba al poder recoger información del Manifiesto de boca de sus propios impulsores.
-Esto es lo mejor que me podía pasar al llegar a Madrid. Es como un sueño. Vengo a España a hacer, entre otras cosas, un reportaje sobre vuestra situación actual y me encuentro, aquí, cenando con los padres del proyecto -dijo Ismael incrédulo-. Decidme que esto no lo estoy soñando. Necesito que me contéis todo, todo, por favor. Os estaré eternamente agradecido.
-Te contaremos lo que quieras saber. Estamos a tu entera disposición – le dijo muy gentilmente el anfitrión-. ¿Por dónde quieres que empecemos?
-Desde que estalló la burbuja inmobiliaria hasta que se puso en marcha el Manifiesto y qué efectos está teniendo en la actualidad sobre vuestra economía.
-De acuerdo -dijo Paco-. Estábamos cansados de que los que manejaban el dinero se riesen de nosotros. Todo el poder estaba en sus manos. No se preocupaban de crear riqueza para el país. Nos dimos cuenta que los ciudadanos no les importábamos, sólo querían llenar sus arcas. Los políticos se dedicaban a jugar como niños a ver quién era culpable o había hecho tal o cuál cosa. En resumidas cuentas, se nos hincharon las narices y decidimos que si no nos uníamos, nadie nos sacaría las castañas del fuego. A través de las redes sociales conseguimos unirnos. Nos teníamos a nosotros mismos y nos obligamos a crear la base fundamental de todo: CONCIENIA. Fue como educarnos de nuevo y la primera regla fue esa, concienciarnos a ser ciudadanos responsables y respetuosos con los demás y con el medio. Nos comprometimos de tal manera que formamos una piña, los empresarios y trabajadores. En las escuelas la principal asignatura fue formar ciudadanos íntegros. De ese modo y con constantes reuniones, elaboramos el Manifiesto, que se ha convertido en nuestro catecismo.
-¿Cómo conseguisteis poner a tanta gente de acuerdo con lo que cuesta eso? -Preguntó Ismael con gran interés-.
-Al principio costó, pero la necesidad agudiza el ingenio, como dice el refrán y en vista de que no veíamos soluciones por ningún lado, fue ésta la que nos empujó y nos ayudó a tomar impulso -dijo Rafael-. No fue tan difícil, ya lo teníamos todo perdido, qué más podíamos perder con probar.
-Antes de que sigáis, me gustaría felicitaros por el Nobel de La Paz, Las Letras, Las Ciencias y de Economía que habéis recibido. Eso ha sido un boom mundial. Tampoco un partido político como el PIS había obtenido tantos méritos como este. Estoy ansioso por saberlo todo -dijo Ismael disculpándose por la interrupción-.
-No te preocupes. El Partido Igualitario Social, es lo mejor que le podía ocurrir a España. Hemos luchado entre otras cosas, por invertir en investigación y desarrollo y gracias a ello somos pioneros en avances médicos y tecnológicos -dijo Paco-.
-El artículo seis es el que más me gusta. La Formación Profesional es obligatoria para todo el que no vaya a la Universidad. Los trabajadores, por su propio bien y por el de las empresas tienen que estar cualificados. La preparación y la cultura son el avance de una sociedad -dijo Eugenio a su amigo-.
-Sé que muchos países están intentando copiar vuestro modelo. Nadie en dos mil doce apostaba por vosotros y ahora todos os quieren imitar -comentó Ismael-.
-En dos mil doce la gente estaba muy cabreada. Se avecinaba el fin de la clase media que era la que promovía el consumo. Tuvimos picos de pobreza muy altos y sin embargo, el consumo de artículos de lujo aumentó considerablemente. Aumentaron los comedores sociales y como no podíamos permitir esas injusticias, nos arriesgamos, nos unimos y todos salimos ganando. Ahora somos, los trabajadores y los empresarios decentes, los que manejamos nuestro capital -dijo Curro como si estuviese dando un mitin-.
-Pues sois la envidia de medio mundo. Con todo lo que os machacó la Merkel y ahora dais clases de economía a toda Europa -dijo Ismael-.
-Perdona, Ismael, ¿Por qué no dejamos este tema y continuamos el domingo ? Así de paso conoces a nuestras mujeres. Solemos reunirnos en el campo para comer con la familia. Te va a gustar el sitio donde vamos -propuso Eugenio-.
-Eso me encantaría, así de paso puedo oír la opinión de las féminas sobre todo esto -aplaudió Ismael-.
-Genial. Ahora vamos a echar una partidita del nuevo juego que se han inventado ahora en España, el Redon te va a encantar, Ismael -dijo Rafael, frotándose las manos como si estuviese ganando ya-.
Se quitaron las faldas para estar más cómodos, dispuestos a pasar una larga y divertida noche de viernes.
CAPÍTULO CUATRO
Lola y María no pudieron acudir al vierninis, que era el nombre que se le daba a la habitual cena semanal. Quedaron para ensayar en casa de Lola. Al día siguiente no querían disgustar al director. Paco, posiblemente, no se acostaría y la falta de sueño lo ponía de muy mal humor. Ya estaban acostumbradas a verlo llegar los sábados con cara de pocos amigos y lo mejor sería hacerlo bien para no cabrearlo.
María, antes de marchar a casa de su compañera, se estuvo masturbando con un vibrador de nueva generación. El aparato, al penetrar en la vagina, entraba en contacto con las células del cerebro, y éste a su vez lanzaba órdenes a una pantalla de ordenador en el que se proyectaba la imagen de la fantasía. Ella siempre fantaseaba con Paco. Estaba colada por él. La ponía a cien. Nunca en su larga trayectoria profesional, se había calentado tanto con un compañero. Una vez en una película que hizo con Hernando Vicente, hubo una especie de flirteo por parte de ambos, aunque no llegó a materializarse en nada. Lo que esa vez le estaba sucediendo casi la lleva a abandonar la obra. Cuanto más se acercaba la hora de ir al trabajo, más ansiedad se iba apoderando de su cuerpo. Una sudoración fría se adueñaba de sus manos y las ganas de vomitar eran incontenibles. Temía que él llegase y a su vez, deseaba su presencia más que nada en el mundo. Perderse en sus brazos, fundirse en un polvo salvaje y devastador que la arrastrase como una ola gigante a las profundidades de placeres desconocidos, era su sueño oculto. Raro era el día que no se tenía que desahogar con lo que tuviese a mano. Una mañana, en su hora de descanso, mientras sus compañeros ensayaban su parte del texto, se escapó disimuladamente al supermercado que había en la esquina y se compró un calabacín. Para disimular llenó la bolsa de cebollas, tomates y manzanas. Cuando llegó al teatro, se fue directa al baño. Vistió el calabacín con un Dúrex y frota que te frota en su clítoris vicioso, cabalgó a lomos de la hortaliza solanácea rica en tiramida, que más tarde en su casa convertiría en crema, hacia una muerte breve de la que no deseaba retornar porque en ese cielo estaba Paco.
Él la confundía. Era muy adulador y atento. Casi todos los días le llevaba flores. Le soplaba al oído con un susurro, apenas perceptible, ¡Te quiero! Y claro, María dejaba de existir y se convertía en un coño en alerta naranja, cuya riada candente la condenaba nuevamente a practicar la dieta vegetariana. Estaba ida. No se concentraba en nada. Al llegar a casa lo encontraba todo revuelto y le daba igual. Se encontraba terriblemente enferma de pasión y enamoramiento. Cómo era posible que ella, una mujer inteligente, atractiva, independiente y famosa con el mundo a sus pies, había llegado a ese estado de gilipollez. Ese hombre estaba casado. Su mujer era una guapa reportera gráfica muy reconocida. Con mucho dinero y muy implicada en labores humanitarias. Si Ana Saloír era tan perfecta, por qué jugaba él a seducir a una compañera de trabajo no más interesante que su mujer. Por qué le escribía notas que dejaba caer sobre su falda en el momento del ensayo. La nota que confundió muchísimo a María, fue una en la que éste le escribió: ¡Te quiero, en silencio, pero te quiero!. Con aquella frase ya no albergaba ninguna duda ¡Paco la amaba!. Seguro que no era feliz con sus mujer, de lo contrario, a qué jugaba. María decidió averiguarlo y le contestó en un klínex que le dejó sobre su maletín: ¡Yo a ti, más!. Cuando él lo leyó a la hora de marcharse y coger sus cosas, dejó de ser amable, le cambió el semblante y actuó con desagrado. Eso la descolocó de tal forma que tuvo que ir al servicio a echarse agua fría en la cara. Le temblaba todo el cuerpo. Se sintió avergonzada. Quería morirse. Paco de qué iba. Retornó al éxtasis al mundo real. La cistitis también retornaría. Era algo que le sucedía muy a menudo, sobre todo, cuando se masturbaba regularmente o tenía sexo con frecuencia. El ginecólogo le recetó unas pastillas de arándano rojo para evitarla, pero se le olvidaba tomarlas y tenía que acudir a urgencias por la intensidad del dolor que sentía al orinar.
Guardó el masturbador electrónico, se fue al baño y se dio una ducha rápida. Se vistió con vaqueros y blusa de seda blanca. Se recogió el pelo, usó su perfume preferido, Lantrum y sin ponerse maquillaje, estaba igualmente guapa al natural, cogió el bolso y se marchó a casa de su amiga. Iría en metro.
Se bajó en la estación de Atocha. Le encantaba viajar en metro. Se evitaban atascos de tráfico, y de paso, aprovechaba para ir leyendo. En realidad, no hacía falta que leyera el guión, lo que más necesitaba era practicar la escenificación.
Llegó a casa de Lola a las siete en punto, como habían acordado. Esa era una de las ventajas de ir en metro, siempre se llegaba a tiempo a los sitios. Llamó al timbre y ésta le abrió la puerta con los ojos llorosos.
-Guapa, ¿Qué te ocurre que tienes esa cara? No me digas que no has llorado porque no me lo voy a creer. Así que dime qué demonios te pasa -le dijo María entrando por el pasillo acelerada-.
Lola no se pudo contener y rompió a llorar. María, dejó el bolso y la carpeta sobre el sofá y abrazó a su amiga intentando calmarla. A continuación le cogió la cara con ambas manos y mirándola fijamente a los ojos la obligó a hablar.
-Vamos, preciosa, habla. Si no me dices ahora mismo lo qué es lo que te angustia, te llevo a urgencias para que te quiten este ataque de ansiedad. Así que déjate de tonterías y cuenta. Seguro que no es tan grave como para que no se pueda solucionar -le dijo abrazándola nuevamente-. Perdona, es que me he asustado al verte así y he sido algo brusca. Relájate y ahora hablaremos si quieres. Vamos a la cocina y te preparo una infusión.
Se sentaron a la mesa mientras se calentaba el agua. Se sirvieron una tila cada una y cuando Lola se hubo calmado un poco, comenzó a desahogarse con su amiga del alma. Se conocieron en el teatro en una obra que hiceron juntas cuatro años atrás. Recorrieron toda España y desde entonces fueron uña y carne. A Paco, que fue el director de la obra, le gustó trabajar con ambas y tuvo la suerte de poder contar con ellas en su nuevo proyecto, Mariposas.
-Hace años en la promoción, de mi película “El amor no existe”, que hicimos por toda Sudamérica, conocí al hombre más atractivo e interesante que he visto en mi vida -comenzó a contar Lola a María-. Era periodista y vino a la rueda de prensa que dimos en Buenos Aires. Me fijé en él cuando lo vi aparecer. Era moreno, de ojos verdes, alto y fuerte. Si le llamo bombón, me quedo corta. Su belleza masculina era terriblemente perturbadora e intimidante. Me temblaron las piernas cuando me hizo la primera pregunta. Qué voz tan masculina , pensé. Justo en ese momento dejé de ser libre y me convertí en su esclava más sumisa. Jamás en mi vida un hombre me dejó tan fuera de juego. El equipo de la película estábamos alojados en el Hotel Park Tower, un cinco estrellas en la Avenida Leonardo, de la capital. Después de la rueda de prensa, que dimos en el mismo hotel, nos preparamos con trajes de gala para nuestro siguiente acto. nuestro siguiente acto. Nos dirigirnos a un palacete a las afueras de la ciudad, propiedad del director de cine Alfredo Montevideo, íntimo de nuestro director José Muñoz que tuvo la gentileza de organizar una fiesta en nuestro honor. Me quedé estupefacta cuando llegamos a casa del anfitrión y vi que se encontraba allí, entre el gentío, el mismísimo Ismael Castillo. Alfredo vino a nuestro encuentro y nos presentó a los demás invitados. Había gente del mundo del cine, escritores y políticos amigos y conocidos suyos.
Pasadas un par de horas en tan concurrido evento, las copas surtieron efecto y pregunté dónde estaba el baño. Entré, cerré la puerta y me miré en el espejo, acto seguido me senté en el WC y entonces... la luz se apagó!. Entre miedo y curiosidad tardé minuto y medio en reaccionar, hasta que empecé a oír el desliz de un dedo en un cristal, deslices cortos y en secuencia. La situación era tan extraña que mi mente se paralizó. Ni me levanté ni grité, sólo respiré entre temblores de manos. Pasaron unos segundos más cuando la luz se volvió a encender. Me puse en pie, miré de frente y... no lo podía creer, en el espejo, sobre mi reflejo, una pintada...color rojizo...letras de tamaños diferente pintadas a dedo.
iTe Esp¡eRo eN el JaRDin fRente al cEnadoR!
Estaba aterrada. Pero mi curiosidad pudo más. Sin saber si era a mí a quien iba dirigido aquel mensaje, lo borré sin pensar que pudiese servir de pista en caso de que fuese necesaria la presencia policial. Con la excusa de que estaba un poco colocada y necesitaba tomar el aire, les dije a los compañeros que me iba fuera un rato.
El olor a rosas era más embriagador que el vino que me había tomado durante la cena. Todo estaba precioso. Nunca vi un jardín tan inmenso. A lo lejos se apreciaba una silueta oscura. Por la forma se podía adivinar que era un hombre alto. El pánico se apoderó de mí. Di un rodeo para que no me viera y me escondí detrás de un seto que rodeaba una fuente.
El individuo encendió un cigarrillo y miró el reloj. A paso lento sin hacer ruido me fui acercando cada vez más al cenador, con tan mala suerte que, el vestido se me quedó enganchado a un rosal y mientras me peleaba con las espinas perdí al tipo de vista, ya no estaba allí. El miedo me latía en el pecho. Fui una imprudente, no debí borrar aquellas letras ni acudir a la cita. Tenía que habérselo dicho al dueño de la casa y no haber jugado a ser Ágata Christie. Cuando conseguí liberarme, noté que unas manos grandes me rodearon la cintura. Dejé de respirar.
Sus manos fueron avanzando hacia arriba. Estaba aterrada pero, de repente, el miedo se convirtió en placer. Sus dedos se detuvieron en mis pechos. Subieron y bajaron a su antojo desde mis pezones hasta mis genitales. La excitación me hacía temblar y decidí ponerle rostro a mi asesino. De repente me giré para verle la cara y me encontré con un desesperado beso de Ismael Castillo. Estuvimos besándonos hasta que su móvil sonó.
Estaba aterrada. Pero mi curiosidad pudo más. Sin saber si era a mí a quien iba dirigido aquel mensaje, lo borré sin pensar que pudiese servir de pista en caso de que fuese necesaria la presencia policial. Con la excusa de que estaba un poco colocada y necesitaba tomar el aire, les dije a los compañeros que me iba fuera un rato.
El olor a rosas era más embriagador que el vino que me había tomado durante la cena. Todo estaba precioso. Nunca vi un jardín tan inmenso. A lo lejos se apreciaba una silueta oscura. Por la forma se podía adivinar que era un hombre alto. El pánico se apoderó de mí. Di un rodeo para que no me viera y me escondí detrás de un seto que rodeaba una fuente.
El individuo encendió un cigarrillo y miró el reloj. A paso lento sin hacer ruido me fui acercando cada vez más al cenador, con tan mala suerte que, el vestido se me quedó enganchado a un rosal y mientras me peleaba con las espinas perdí al tipo de vista, ya no estaba allí. El miedo me latía en el pecho. Fui una imprudente, no debí borrar aquellas letras ni acudir a la cita. Tenía que habérselo dicho al dueño de la casa y no haber jugado a ser Ágata Christie. Cuando conseguí liberarme, noté que unas manos grandes me rodearon la cintura. Dejé de respirar.
Sus manos fueron avanzando hacia arriba. Estaba aterrada pero, de repente, el miedo se convirtió en placer. Sus dedos se detuvieron en mis pechos. Subieron y bajaron a su antojo desde mis pezones hasta mis genitales. La excitación me hacía temblar y decidí ponerle rostro a mi asesino. De repente me giré para verle la cara y me encontré con un desesperado beso de Ismael Castillo. Estuvimos besándonos hasta que su móvil sonó.
-Espera, morena, no te embales. ¿Me estás contando que tú te has liado con el mismísimo Ismael Castillo? No me lo puedo creer.¿ Ese Adonis, el tío más deseado del mundo te buscó para seducirte, jugando al escondite? ¡Ah, me va a dar algo!. Tú te estás inventando todo esto para darme envidia -dijo María interrumpiéndola-.
-Te juro que no me lo estoy inventando. Déjame que siga contándote lo que pasó - le dijo Lola más calmada con la tila y el valium-.
-No sé si quiero que sigas. A lo mejor no soy capaz de soportar lo que vino después de los besos. Acabo de darme una buena restriega antes de venir y no quiero ponerme a tono otra vez -le dijo María picarona-.
-Entonces, vamos a ensayar y ya te contaré el resto en otra ocasión - contestó Lola resignada-.
-¡Ni se te ocurra parar porque te hago migajas!. Sigue.
-No te hagas ilusiones porque aquella noche no llegamos a nada más. Le sonó el móvil y se tuvo que ir inmediatamente al periódico. Un compañero de la redacción había tenido un accidente y él se tenía que hacerse cargo de cubrir su puesto. Antes de marchar me pidió mi número de teléfono. Nos despedimos y después que se hubo marchado, me quedé un poco más disfrutando de aquella noche primaveral, bajo la luz de una luna cómplice y de la mágica fragancia de las rosas. Pasado un rato volví a la fiesta y todos estaban muy animados bailando música española. Para no desairar al anfitrión parecer desagradecida mostrándome displicente, me sumé al baile, aunque no tenía cabeza para otra cosa que para aquel amante furtivo que osó seducirme sin previo aviso.
-Te juro que no me lo estoy inventando. Déjame que siga contándote lo que pasó - le dijo Lola más calmada con la tila y el valium-.
-No sé si quiero que sigas. A lo mejor no soy capaz de soportar lo que vino después de los besos. Acabo de darme una buena restriega antes de venir y no quiero ponerme a tono otra vez -le dijo María picarona-.
-Entonces, vamos a ensayar y ya te contaré el resto en otra ocasión - contestó Lola resignada-.
-¡Ni se te ocurra parar porque te hago migajas!. Sigue.
-No te hagas ilusiones porque aquella noche no llegamos a nada más. Le sonó el móvil y se tuvo que ir inmediatamente al periódico. Un compañero de la redacción había tenido un accidente y él se tenía que hacerse cargo de cubrir su puesto. Antes de marchar me pidió mi número de teléfono. Nos despedimos y después que se hubo marchado, me quedé un poco más disfrutando de aquella noche primaveral, bajo la luz de una luna cómplice y de la mágica fragancia de las rosas. Pasado un rato volví a la fiesta y todos estaban muy animados bailando música española. Para no desairar al anfitrión parecer desagradecida mostrándome displicente, me sumé al baile, aunque no tenía cabeza para otra cosa que para aquel amante furtivo que osó seducirme sin previo aviso.
-Necesito ir al baño -interrumpió María-. Esta cistitis está dando la cara nuevamente. En la próxima vida me pido ser hombre, bueno no, que ellos tienen el problema de la próstata. Virgencita, que me quede como estoy, no vaya a ser que me salga ahora un rabo por desear ser otra cosa..¡.oh, quita, quita!.
-Estás como una cabra. Anda, vete a orinar y date prisa que tenemos que ensayar, no vaya a ser que el señor Paco se cabree mañana y nos despida -le dijo Lola-.
-Te aseguro que vamos a ensayar hasta la hora de ir al teatro, si hace falta, pero yo no salgo de aquí sin que me cuentes, si hubo o no hubo polvo. Por cierto... ¿Está bien dotado el nene...?-preguntó María, mientras un dolor punzante en la uretra la hizo abandonar el cotilleo, obligándola a dirigirse al váter a toda prisa.
-Estás como una cabra. Anda, vete a orinar y date prisa que tenemos que ensayar, no vaya a ser que el señor Paco se cabree mañana y nos despida -le dijo Lola-.
-Te aseguro que vamos a ensayar hasta la hora de ir al teatro, si hace falta, pero yo no salgo de aquí sin que me cuentes, si hubo o no hubo polvo. Por cierto... ¿Está bien dotado el nene...?-preguntó María, mientras un dolor punzante en la uretra la hizo abandonar el cotilleo, obligándola a dirigirse al váter a toda prisa.
Mientras su amiga volvía del cuarto de baño, Lola apagó la luz de la cocina, se fue al salón y se asomó a la ventana mientras se fumaba un cigarrillo. María la sacó de sus reflexiones.
-Ya estoy aquí. Me fumo uno yo también y me sigues contando que me muero de curiosidad.
-Estuvimos de fiesta hasta el amanecer. Conocí gente muy interesante y me ofrecieron varios proyectos. Cuando llegamos al hotel eran las nueve de la mañana, estaba muerta. Lo que más me apetecía era tomar un baño y dormir hasta la hora de la cena. En recepción me dieron una rosa con una nota. Ninguno de los compañeros se sorprendió porque tú sabes que esto nos suele pasar muchas veces con los admiradores. Les picó la curiosidad, pero los dejé intrigados y me fui a mi habitación. Abrí la puerta y me quité los zapatos que me estaban matando y los lancé al otro extremo. Me desnudé y me fui al baño con la rosa y la nota en la mano. Mientras llenaba la bañera, dejé la flor encima del lavabo y leí lo que ponía: "Te recojo mañana a las diez para enseñarte mi ciudad y de paso comemos juntos, rompe todos tus compromisos. Ismael"
-Ya estoy aquí. Me fumo uno yo también y me sigues contando que me muero de curiosidad.
-Estuvimos de fiesta hasta el amanecer. Conocí gente muy interesante y me ofrecieron varios proyectos. Cuando llegamos al hotel eran las nueve de la mañana, estaba muerta. Lo que más me apetecía era tomar un baño y dormir hasta la hora de la cena. En recepción me dieron una rosa con una nota. Ninguno de los compañeros se sorprendió porque tú sabes que esto nos suele pasar muchas veces con los admiradores. Les picó la curiosidad, pero los dejé intrigados y me fui a mi habitación. Abrí la puerta y me quité los zapatos que me estaban matando y los lancé al otro extremo. Me desnudé y me fui al baño con la rosa y la nota en la mano. Mientras llenaba la bañera, dejé la flor encima del lavabo y leí lo que ponía: "Te recojo mañana a las diez para enseñarte mi ciudad y de paso comemos juntos, rompe todos tus compromisos. Ismael"
Llamé a recepción para preguntar por la hora en la que me dejaron la nota. El recepcionista me dijo que minutos antes de que llegase yo. Estaba de suerte, la cita era para el día siguiente. Tenía tiempo, más que suficiente para descansar y recuperarme de tanto ajetreo. Le pedí al recepcionista que no molestaran bajo ningún concepto, salvo en caso de extrema gravedad. Después del baño con espuma y sales relajantes, me metí en la cama. No me podía dormir pensando en mi galán y tuve que tomarme un tranquilizante. Me desperté minutos antes de la cena. Me puse algo ligero y bajé al comedor. Algunos compañeros no bajaron a comer, pidieron que les subiesen algo a la habitación. Yo, con la excusa de que me dolía la cabeza me retiré enseguida. Volví a meterme en la cama y desperté a las ocho de la mañana. Tenía justo dos horas para arreglarme y tomar el desayuno, muy poco tiempo para acudir a una cita a ciegas...
Creo que será mejor que no te enrolles tanto y vayas directa al grano o estaremos aquí hasta mañana y sin haber ensayado -le dijo María para que acelerase-. Déjate de protocolos, hija, hay que ver cómo te gusta dar pelos y señales. Lo que quiero saber es si hubo o no hubo tema.
-Cuando bajé ya me estaba esperando. Estaba guapísimo. Para no demorarme mucho no te diré cómo iba vestido ni nada de eso, sólo que llevaba el pelo engominado hacia atrás y sus ojos verdes parecían aún más verdes. Pensé que iríamos en coche, pero vino con una enorme Harley, justo entonces, me acordé del famoso libro, (Dios vuelve en una Harley) . A lomos de su supermoto y convertido en mi Dios, me llevó a conocer lugares de interés de Buenos Aires: el Obelisco, Recoleta, Puerto Madero, Plaza de Mayo, y también en la zona de San Telmo donde coincidía que al ser domingo, había una inmensa feria de antigüedades -narraba Lola con la mirada perdida y melancólica-.
-Sí y comisteis, seguramente, carbonada, arroz con leche, un buen chuletón a la brasa y todo eso, pero, vamos a lo que vamos -la interrumpió María histérica-. ¿Follasteis o no follasteis? me va a dar algo.
-Cuando bajé ya me estaba esperando. Estaba guapísimo. Para no demorarme mucho no te diré cómo iba vestido ni nada de eso, sólo que llevaba el pelo engominado hacia atrás y sus ojos verdes parecían aún más verdes. Pensé que iríamos en coche, pero vino con una enorme Harley, justo entonces, me acordé del famoso libro, (Dios vuelve en una Harley) . A lomos de su supermoto y convertido en mi Dios, me llevó a conocer lugares de interés de Buenos Aires: el Obelisco, Recoleta, Puerto Madero, Plaza de Mayo, y también en la zona de San Telmo donde coincidía que al ser domingo, había una inmensa feria de antigüedades -narraba Lola con la mirada perdida y melancólica-.
-Sí y comisteis, seguramente, carbonada, arroz con leche, un buen chuletón a la brasa y todo eso, pero, vamos a lo que vamos -la interrumpió María histérica-. ¿Follasteis o no follasteis? me va a dar algo.
Sí, ¿estás contenta?. No veas cómo follamos... Después del paseo fuimos a tomar un capuchino a un bar que estaba al lado de la Biblioteca Nacional. Una pareja bailaba un tango de Gardel que cantaba un pianista de mediana edad. Yo estaba embobada mirándolos. Ismael se levantó y con una sonrisa tremendamente arrebatadora, me preguntó -¿Te atreves con un tango?-. Me agarró por la cintura y mirándome fijamente a los ojos pasó su lengua muy sensual y dulcemente por encima de mi labio superior para quitarme un resto de espuma del café, sellando el momento con un beso que me dejó fuera de juego. Me puso muy cachonda el hijo de su madre. El mundo entero desapareció a mi alrededor. Solos él, yo y la música. Al cabo de un rato pagamos y nos fuimos a su casa. Estaba situada en la Avenida Corrientes. Era un apartamento sencillo y misterioso. Me llamó la atención una fotografía situada en una de las estanterías de la entrada en la que había una niña de ojos verdes junto a una mujer muy atractiva. No me dio tiempo a preguntar quiénes eran porque comenzó a desnudarme allí mismo. Cerré los ojos y me dejé hacer. Mi lívido estaba incandescente. Tanto que me entregué a sus deseos más perversos. Sentía cómo sus manos recorrían mi espalda y mis nalgas. Su lengua se paseaba juguetona por mi cuello y mis pechos. Sentía su polla erecta y dura sobre mi pubis. ¡Qué inmensidad!
-¡Ay, Lola, cómo me estoy poniendo! - le dijo María frotándose las
-¡Ay, Lola, cómo me estoy poniendo! - le dijo María frotándose las
manos-. ¡Me voy a correr escuchándote! No me va a hacer falta ni frotarme.
-Si quieres lo dejo y continúo otro día -le insinuó Lola viéndola tan excitada con su relato-.
-¡Ni se te ocurra, muchacha, sigue y acaba ya de una puñetera vez -le gritó María-.
-Me tumbó en el suelo, boca arriba y me pidió que cerrase los ojos y me quedase quieta, sin moverme. Estaba a sus órdenes y obedecí sin rechistar. Se levantó y dijo que enseguida volvía. En unos minutos regresó y me pidió que me diese la vuelta y que no abriese los ojos. Me puse boca abajo ¡Qué gustazo!. Comenzó a darme masajes en los pies con algo muy suave, lo cual aumentó aún más mi excitación. Sus manos iban subiendo al tiempo que el pene se iba abriendo camino por entre mis piernas. ¡Uf, me muero de gusto de pensarlo! Fíjate, yo nunca había dejado que nadie me pasara la lengua por el ano. A pesar de haberme considerado libre en el sexo, eso me daba reparo. Ismael me dijo que para disfrutar en la cama se tenía que dejar la decencia en la calle. En eso estábamos de acuerdo, pero mi culo era mi culo. Estaba tan ida que me dejé hacer a su antojo. No me interesé en averiguar qué me untó por el cuerpo, me daba igual, si a él le gustaba lamerlo no estaría tan malo.
-Qué hombre...! -exclamó María con cierta envidia-. Sigue, sigue.
-Que sepas que te cuento todo esto porque no lo conoces personalmente y porque sé que no se lo vas a contar a nadie. Son cosas muy fuertes y me las debería guardar para mí, mañana me arrepentiré de habértelo contado -le dijo Lola -.
-Vale, cuéntame cómo acabó el polvo y no te pregunto más -le dijo María resignada, sabiendo que se les haría tarde para los ensayos si seguía sacándole cosas a su amiga-.
-Yo seguía con los ojos cerrados hasta que me dio la vuelta para ponerme crema en la vulva y los pechos. Mientras me lamía me fue penetrando. Cuando iba a correrse apreté las piernas y no le dejé salir. Ya sabes lo que pasa cuando estás en ese punto de calentura...Estás en las nubes no piensas en las consecuencias. Estuvimos horas jugando. Creo que nos hicimos el kamasutra entero... De repente me acordé que tenía que preparar el equipaje porque al día siguiente salíamos para Brasil. Estuvimos charlando un ratito y después de despedirnos como si fuésemos dos jóvenes enamorados me acompañó al hotel donde mis compañeros me estaban esperando para ultimar los preparativos del viaje. No te he contado que nos duchamos juntos para quitarme la pringue del mejunje que tenía restregado por el cuerpo. Lo hicimos nuevamente en el agua, pero eso ya no te lo cuento que vas a saber demasiado.
-Al menos dime qué era lo que te echó por el cuerpo - preguntó María apretando los dientes con curiosidad morbosa-. Te juro que se acabó.
-Era una mezcla de mermelada de arándanos con yoghourt y miel, su sabor preferido y quiso unir dos postres exquisitos y sabrosos, uno de ellos era yo... -dijo Lola nostálgica-. ¡Y ahora a ensayar!.
-De eso nada. Se me había olvidado que cuando he llegado estabas llorando, si fue tan bonito por qué tenías ese ataque de ansiedad tan brutal. Algo más pasó que no me has contado- dijo María intrigada-.
-A ensayar y no se hable más que si no, Paco nos matará mañana -dijo Lola exigente-. Te prometo que te lo contaré otro día.
Se pusieron con los ensayos. Repasaron lo último que leyeron en el teatro. Dejaron de ser Lola y María para ser Carmen y Paquita.
-Si quieres lo dejo y continúo otro día -le insinuó Lola viéndola tan excitada con su relato-.
-¡Ni se te ocurra, muchacha, sigue y acaba ya de una puñetera vez -le gritó María-.
-Me tumbó en el suelo, boca arriba y me pidió que cerrase los ojos y me quedase quieta, sin moverme. Estaba a sus órdenes y obedecí sin rechistar. Se levantó y dijo que enseguida volvía. En unos minutos regresó y me pidió que me diese la vuelta y que no abriese los ojos. Me puse boca abajo ¡Qué gustazo!. Comenzó a darme masajes en los pies con algo muy suave, lo cual aumentó aún más mi excitación. Sus manos iban subiendo al tiempo que el pene se iba abriendo camino por entre mis piernas. ¡Uf, me muero de gusto de pensarlo! Fíjate, yo nunca había dejado que nadie me pasara la lengua por el ano. A pesar de haberme considerado libre en el sexo, eso me daba reparo. Ismael me dijo que para disfrutar en la cama se tenía que dejar la decencia en la calle. En eso estábamos de acuerdo, pero mi culo era mi culo. Estaba tan ida que me dejé hacer a su antojo. No me interesé en averiguar qué me untó por el cuerpo, me daba igual, si a él le gustaba lamerlo no estaría tan malo.
-Qué hombre...! -exclamó María con cierta envidia-. Sigue, sigue.
-Que sepas que te cuento todo esto porque no lo conoces personalmente y porque sé que no se lo vas a contar a nadie. Son cosas muy fuertes y me las debería guardar para mí, mañana me arrepentiré de habértelo contado -le dijo Lola -.
-Vale, cuéntame cómo acabó el polvo y no te pregunto más -le dijo María resignada, sabiendo que se les haría tarde para los ensayos si seguía sacándole cosas a su amiga-.
-Yo seguía con los ojos cerrados hasta que me dio la vuelta para ponerme crema en la vulva y los pechos. Mientras me lamía me fue penetrando. Cuando iba a correrse apreté las piernas y no le dejé salir. Ya sabes lo que pasa cuando estás en ese punto de calentura...Estás en las nubes no piensas en las consecuencias. Estuvimos horas jugando. Creo que nos hicimos el kamasutra entero... De repente me acordé que tenía que preparar el equipaje porque al día siguiente salíamos para Brasil. Estuvimos charlando un ratito y después de despedirnos como si fuésemos dos jóvenes enamorados me acompañó al hotel donde mis compañeros me estaban esperando para ultimar los preparativos del viaje. No te he contado que nos duchamos juntos para quitarme la pringue del mejunje que tenía restregado por el cuerpo. Lo hicimos nuevamente en el agua, pero eso ya no te lo cuento que vas a saber demasiado.
-Al menos dime qué era lo que te echó por el cuerpo - preguntó María apretando los dientes con curiosidad morbosa-. Te juro que se acabó.
-Era una mezcla de mermelada de arándanos con yoghourt y miel, su sabor preferido y quiso unir dos postres exquisitos y sabrosos, uno de ellos era yo... -dijo Lola nostálgica-. ¡Y ahora a ensayar!.
-De eso nada. Se me había olvidado que cuando he llegado estabas llorando, si fue tan bonito por qué tenías ese ataque de ansiedad tan brutal. Algo más pasó que no me has contado- dijo María intrigada-.
-A ensayar y no se hable más que si no, Paco nos matará mañana -dijo Lola exigente-. Te prometo que te lo contaré otro día.
Se pusieron con los ensayos. Repasaron lo último que leyeron en el teatro. Dejaron de ser Lola y María para ser Carmen y Paquita.
CAPÍTULO CINCO
Doña Carmen estaba atenta a la lectura, Paquita hacía aún más interesante la historia con su forma de leer tan amena, pero no todo en la vida iban a ser las novela de amor, el estómago le estaba avisando con sus pellizcos que ya era hora de comer algo y lo mismo que la literatura alimentaba el alma, un buen trozo de bizcocho y un chocolate caliente no le vendrían nada mal para dar regocijo al cuerpo. Con mucha delicadeza interrumpió a Paquita cuando ésta acabó de leer la frase en que la protagonista del libro, Almudena, decía que su sobrino la tenía cautivada.
-Paquita, hija, por qué no dejamos la lectura y nos tomamos un chocolatito para entonarnos. No te vendría nada mal comer algo. Estos días te veo muy desmejorada. ¡ No estarás mala...! -le dijo doña Carmen con un tono maternal-.
-Me parece muy buena idea, doña Carmen. Vamos a tomar algo y nos despejamos que hay tiempo para todo -dijo Paquita quitándose las gafas y restregándose los ojos-. Voy a prepararlo y enseguida lo traigo. Y no se preocupe por mí que no me pasa nada. Son cosillas personales, nada más.
-Paquita se fue a la cocina y doña Carmen se puso a registrar los cajones del aparador buscando algo que no aparecía. Por fin justo cuando lo halló en una cajita de madera tallada en el segundo cajón de la izquierda, apareció la lectora portando una bandeja con dos tazas de chocolate y dos platos con un trozo de brownie en cada uno de ellos.
-Aquí estoy. Vamos a reponer energías. Este dulce tiene una pinta que te mueres. -dijo Paquita deseando hincarle el diente al pastel, depositó la bandeja sobre la mesa del sofá invitando a la dueña de la casa a que se diese prisa, que dejara de trastear y se arrimase a la mesa porque se iba a enfriar el chocolate-. Venga, venga que frío no está bueno.
Se sentaron a merendar y Paquita que antes, cuando leía no hizo mención de que tenía hambre por ver si era capaz de controlarla, devoró el dulce y el chocolate con una ansiedad que asustaron a doña Carmen...
-Muchacha, esas no son maneras de comer. Eso más que comer es devorar. Tú tienes una ansiedad de caballo y si no la controlas te vas a poner tan grande como un templo.
-Paquita, hija, por qué no dejamos la lectura y nos tomamos un chocolatito para entonarnos. No te vendría nada mal comer algo. Estos días te veo muy desmejorada. ¡ No estarás mala...! -le dijo doña Carmen con un tono maternal-.
-Me parece muy buena idea, doña Carmen. Vamos a tomar algo y nos despejamos que hay tiempo para todo -dijo Paquita quitándose las gafas y restregándose los ojos-. Voy a prepararlo y enseguida lo traigo. Y no se preocupe por mí que no me pasa nada. Son cosillas personales, nada más.
-Paquita se fue a la cocina y doña Carmen se puso a registrar los cajones del aparador buscando algo que no aparecía. Por fin justo cuando lo halló en una cajita de madera tallada en el segundo cajón de la izquierda, apareció la lectora portando una bandeja con dos tazas de chocolate y dos platos con un trozo de brownie en cada uno de ellos.
-Aquí estoy. Vamos a reponer energías. Este dulce tiene una pinta que te mueres. -dijo Paquita deseando hincarle el diente al pastel, depositó la bandeja sobre la mesa del sofá invitando a la dueña de la casa a que se diese prisa, que dejara de trastear y se arrimase a la mesa porque se iba a enfriar el chocolate-. Venga, venga que frío no está bueno.
Se sentaron a merendar y Paquita que antes, cuando leía no hizo mención de que tenía hambre por ver si era capaz de controlarla, devoró el dulce y el chocolate con una ansiedad que asustaron a doña Carmen...
-Muchacha, esas no son maneras de comer. Eso más que comer es devorar. Tú tienes una ansiedad de caballo y si no la controlas te vas a poner tan grande como un templo.
Paquita se olvidó por un momento de que tenía al lado una persona con principio del alzheimer y vio solamente a una mujer de setenta años con la que podía desahogarse contándole sus cosas. Sabía que la otra al día siguiente no se acordaría de nada, pero en ese momento le hacía ilusión imaginarse que estaba con su madre, una madre biológica que nunca conoció porque fue robada a ésta al nacer y con la que soñaba muchas veces poder encontrar.
-Tengo hambre y estoy muy nerviosa, doña Carmen. Me pongo muy nerviosa cuando no como y últimamente no como nada. A mi marido no le gusta que esté gorda ¿Por qué le molestará que tenga unos kilos de más? Parece que tenga que llevarme en brazos. Ni siquiera cuando hacemos el amor me pongo encima de él -dijo Paquita con la mirada perdida mientras doña Carmen la miraba muy interesada por lo que le contaba-. Siempre adoptamos la postura del misionero. Muchas veces le he pedido que cambiemos y lo hagamos de otra manera, porque poniéndome boca arriba me duele mucho, pero él se niega en redondo. Rara vez ha accedido a que lo hagamos de lado. Me dijo el ginecólogo que eso se debía a que tenía la matriz baja, que mi marido se pusiera boca arriba y yo galopara sobre su sexo, pero no sabe usted cómo se puso cuando se lo dije. ¡El médico sabe mucho! Más de lo que le han enseñado. Ningún matasanos va a venir a decirme a mí cómo tengo que follar con mi mujer. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? Lo que ocurre es que no tiene ni puñetera idea de medicina y busca excusas, vaya, la excusa de la posturita. Habría que ver cómo lo hace él con su mujer ¡Valiente pelagatos!
Desde entonces, para evitar broncas, dejo que se ponga como le dé la gana y aguanto un poquillo el dolor. En realidad no es que me duela para reventar, pero paso muy mal rato. Estoy deseando que se desahogue para salir del paso. Bueno, qué importa mi dolor si él está contento. Su felicidad es lo que cuenta. Todo lo demás es pasajero. Todo es soportable si le tengo a mi lado. ¿Qué sería de mí sin él? Sin él nada tiene sentido, con él todo es soportable. Pasaré hambre, pasaré hambre.
Cuando era niña, mi madre adoptiva, me obligaba a tomar pastillas para que me abrieran el apetito y engordase. Recuerdo que cuando tenía nueve años me dio unas cápsulas negras y rosas que eran de cortisona, ella no lo sabía, se las recomendó la vecina que se las estaba dando a su hija creyendo que eran vitaminas. En una semana me inflé como los pollos de granja. Cuando estuve lo suficiente gorda como para que mis caderitas sujetasen estoicamente el peso de mi vestido de comunión, mi madre dejó de cebarme con sus capsulitas mágicas y en unos cuantos días volví a mi estado natural ¡Seca y traspillada como un escuerzo! En realidad nadie ha tenido nunca en cuenta mis deseos ni necesidades. Nunca me preguntaron cómo quería estar yo. Cómo quería ser. De niña a gusto de mi madre, de mayor a gusto de mi marido. Me he pasado la vida como los neumáticos de un coche, infla y desinfla. Nunca he sido yo, siempre he sido una marioneta.
Desde entonces, para evitar broncas, dejo que se ponga como le dé la gana y aguanto un poquillo el dolor. En realidad no es que me duela para reventar, pero paso muy mal rato. Estoy deseando que se desahogue para salir del paso. Bueno, qué importa mi dolor si él está contento. Su felicidad es lo que cuenta. Todo lo demás es pasajero. Todo es soportable si le tengo a mi lado. ¿Qué sería de mí sin él? Sin él nada tiene sentido, con él todo es soportable. Pasaré hambre, pasaré hambre.
Cuando era niña, mi madre adoptiva, me obligaba a tomar pastillas para que me abrieran el apetito y engordase. Recuerdo que cuando tenía nueve años me dio unas cápsulas negras y rosas que eran de cortisona, ella no lo sabía, se las recomendó la vecina que se las estaba dando a su hija creyendo que eran vitaminas. En una semana me inflé como los pollos de granja. Cuando estuve lo suficiente gorda como para que mis caderitas sujetasen estoicamente el peso de mi vestido de comunión, mi madre dejó de cebarme con sus capsulitas mágicas y en unos cuantos días volví a mi estado natural ¡Seca y traspillada como un escuerzo! En realidad nadie ha tenido nunca en cuenta mis deseos ni necesidades. Nunca me preguntaron cómo quería estar yo. Cómo quería ser. De niña a gusto de mi madre, de mayor a gusto de mi marido. Me he pasado la vida como los neumáticos de un coche, infla y desinfla. Nunca he sido yo, siempre he sido una marioneta.
-A veces los padres hacemos las cosas mal creyendo que hacemos lo mejor para nuestros hijos. No tenemos ningún manual que nos diga cómo actuar en cada caso. No culpes a tu madre por darte las pastillas equivocadas, yo también quería que mis niñas estuviesen gorditas y les daba de todo lo que pillaba. En cuanto a tu marido, te digo que no soy nadie para aconsejarte, muchas veces tiene que ver con nuestra baja autoestima el que nos achiquemos ante ellos. Si desde pequeñas nos enseñaran a querernos más, a valorarnos, a aceptarnos como somos no nos dejaríamos dominar tanto ni seríamos tan dependientes. Hay que perder el miedo Paquita -le dijo doña Carmen con mucha sabiduría-.
-Me está dejando usted impresionada con esas palabras -respondió Paquita alegrándose mucho de haber interrumpido la lectura y de atreverse a intimar con esa inteligente mujer.
-¿Sabes muchacha? Te voy a contar un secreto que no sabe nadie y que ya va siendo hora de que lo eche fuera, no vaya a ser que me muera de repente y me lo lleve a la tumba. Siempre me había prometido contárselo a mis hijas, pero me daba reparo, luego a mis nietos, pero todavía no veo la ocasión, así que como ha surgido el tema de tu marido te voy a hablar del mío antes de que pierda la cabeza , que por cierto, no tengo alzheimer como todos pensáis. Me he aprendido los síntomas y de vez en cuando simulo uno. ¡Prométeme que no se lo dirás a nadie!
Paquita estaba alucinada. No sabía si era verdad lo que le decía o si todo lo que le estaba contando era producto de la enfermedad.
-No te vayas a rallar, como dice ahora la juventud, me hice la enferma para que mis hijas estuviesen pendiente de mí, vamos que les hice chantaje. Vienen a verme, me llaman por teléfono, comemos juntas muchas veces... El doctor Pastoso sabe lo sola que estoy y como somos vecinos y nos llevamos muy bien, accedió a falsificar el diagnóstico. Tú lo conoces y sabes que es un ser humano extraordinario, lo hizo porque él también se siente solo y sabe lo que es eso.
-Me está dejando usted impresionada con esas palabras -respondió Paquita alegrándose mucho de haber interrumpido la lectura y de atreverse a intimar con esa inteligente mujer.
-¿Sabes muchacha? Te voy a contar un secreto que no sabe nadie y que ya va siendo hora de que lo eche fuera, no vaya a ser que me muera de repente y me lo lleve a la tumba. Siempre me había prometido contárselo a mis hijas, pero me daba reparo, luego a mis nietos, pero todavía no veo la ocasión, así que como ha surgido el tema de tu marido te voy a hablar del mío antes de que pierda la cabeza , que por cierto, no tengo alzheimer como todos pensáis. Me he aprendido los síntomas y de vez en cuando simulo uno. ¡Prométeme que no se lo dirás a nadie!
Paquita estaba alucinada. No sabía si era verdad lo que le decía o si todo lo que le estaba contando era producto de la enfermedad.
-No te vayas a rallar, como dice ahora la juventud, me hice la enferma para que mis hijas estuviesen pendiente de mí, vamos que les hice chantaje. Vienen a verme, me llaman por teléfono, comemos juntas muchas veces... El doctor Pastoso sabe lo sola que estoy y como somos vecinos y nos llevamos muy bien, accedió a falsificar el diagnóstico. Tú lo conoces y sabes que es un ser humano extraordinario, lo hizo porque él también se siente solo y sabe lo que es eso.
-Está siendo usted muy egoísta y poco honesta. Y el médico es un farsante, deberían condenarle por eso -dijo Paquita furiosa-. Además si tan solos están los dos por qué no se juntan para darse compañía?
-Acuérdate que no estamos aquí para juzgarnos. Si te cuento esto es porque tú te has abierto a mí y yo he querido agradecerte tu confianza. Tampoco sabes lo que es tener unas hijas a las que has entregado tu vida, que las quieres más que a ti misma y que ni se acuerdan de llamarte para Navidad. Necesito de ellas, besarlas, abrazarlas, sentirlas cerca de vez en cuando y si para ello tengo que ser una chantajista lo seré mil veces. Tampoco les hago daño con eso.
-Pues sí, porque se preocupan por su salud y porque acabe usted no conociendo a nadie. .
-Mientras me mantenga con estos síntomas tan leves y tú estés conmigo ,no se van a preocupar mucho. Tú te encargarás de decirles que por ahora no avanza la enfermedad.
-No me vaya usted a meter en sus líos y sus trapicheos con el médico que bastante tengo con mis cosas. Lo que me faltaba es ir a la cárcel por impostora ¡Deje, deje...!
-Te voy a contar el secreto del que te he dicho que te iba a contar. Esto te va a parecer más interesante y así, de paso, se te quita el cabreo que tienes, no te enfades que la justicia no existe. Escúchame atenta.
Paquita se esperaba cualquier cosa. Seguro que lo que le iba a relatar no sería tan escandaloso e inmoral como lo de hacerse pasar por enferma de alzheimer.
-Acuérdate que no estamos aquí para juzgarnos. Si te cuento esto es porque tú te has abierto a mí y yo he querido agradecerte tu confianza. Tampoco sabes lo que es tener unas hijas a las que has entregado tu vida, que las quieres más que a ti misma y que ni se acuerdan de llamarte para Navidad. Necesito de ellas, besarlas, abrazarlas, sentirlas cerca de vez en cuando y si para ello tengo que ser una chantajista lo seré mil veces. Tampoco les hago daño con eso.
-Pues sí, porque se preocupan por su salud y porque acabe usted no conociendo a nadie. .
-Mientras me mantenga con estos síntomas tan leves y tú estés conmigo ,no se van a preocupar mucho. Tú te encargarás de decirles que por ahora no avanza la enfermedad.
-No me vaya usted a meter en sus líos y sus trapicheos con el médico que bastante tengo con mis cosas. Lo que me faltaba es ir a la cárcel por impostora ¡Deje, deje...!
-Te voy a contar el secreto del que te he dicho que te iba a contar. Esto te va a parecer más interesante y así, de paso, se te quita el cabreo que tienes, no te enfades que la justicia no existe. Escúchame atenta.
Paquita se esperaba cualquier cosa. Seguro que lo que le iba a relatar no sería tan escandaloso e inmoral como lo de hacerse pasar por enferma de alzheimer.
A ver¿Qué es eso que tiene que contarme y que no se ha atrevido contarle a sus hijas ni a sus nietos? - le preguntó Paquita desanimada-.
-Paquita, yo no quise a mi marido como se tiene que querer a un hombre. No te voy a negar que le tenía cariño. Era el padre de mis hijas y por nada del mundo le hubiese deseado ningún mal. Siempre fue muy bueno y trabajador. Una persona muy servicial y amable. Si en mi casa faltaba algo es porque yo no quería comprarlo, no porque él me lo prohibiera. Yo era dueña y señora.
Se me arrimó en una feria. Yo era madurita, andaba por los venticinco, si no me casaba pronto se me pasaría el arroz. En aquella época ya estaba considerada como una solterona. Yo quería ser madre por encima de todo. ¿Para qué esperar más? Lo acepté y nos hicimos novios.
Me fui a trabajar a una mercería que tenía mi tía en un pueblo de Málaga llamado Coín. Se casó con uno de allí y cuando mi prima y se fue a vivir a Salamanca, después de casarse, mis tíos me propusieron irme con ellos a la tienda porque al quedarse solos no podían con todo. Acepté encantada, pero a los pocos meses me tuve que volver a Badajoz porque él no quería que trabajara.
¡Mi novia no es criada de nadie!. Tú eres mía y únicamente servirás a tu marido cuando nos casemos, me decía ufano. Me agradaban sus palabras. Me hacían sentir importante. Una mujer no era nadie sin un hombre al lado. Yo, que nunca tuve novio, pretendientes sí, pero novio formal sólo a él al fin era de alguien, era suya, de mi novio ¡Qué bonito...!.
El noviazgo duró tres años y en ese tiempo no me rozó ni el puño de la blusa, menuda era mi madre para esas cosas. Él venía a verme todas las noches y entre risas nerviosas y mohínes tontos, atenta a la mirada inquisidora de la que me dio la vida, yo me iba bordando en ajuar. Nunca salimos ni a un cine ni a un baile. Mi padre había muerto y estuvimos de luto muchos años.
Nos casamos un día de otoño de madrugada, antes era así en muchos sitios, se decía que era para evitar el cotilleo de la gente y porque los humores de la mañana eran más buenos. Yo vestía un traje de chaqueta negro y un tocado del mismo color con una redecilla que me cubría el rostro.
Paquita estaba muy atenta, tanto que se olvidó del trozo de brownie que aún le quedaba en el plato. Le daba gusto escucharla hablar y no se atrevió a interrumpirla ni un segundo.
No tuvimos celebración ni viaje de novios. Pusimos el cuarto en mi casa. Una cama, un lavabo, una cómoda y una mesilla de noche. Mi madre se mudó al dormitorio de mis hermanas y nos dejó su habitación para nosotros.
Días antes de la boda, mientras estábamos colocando las cosas, mi madre me dio algunos consejos que, según ella, todas las madres daban a sus hijas antes de ir a la iglesia, uno de ellos lo tengo todavía muy presente. "A los hombres hay que hacerles muchas cosas que a veces no nos gustan y que es el deber de una buena esposa". Evidentemente no me dijo qué cosas eran, pero lo intuí porque ella no dejaba de mirar y tocar el colchón mientras lo decía.
La noche de bodas fue un punto y aparte. Yo sabía lo que era un animal, pero lo que podía ser un hombre desbocado no. Me hizo tanto daño que no pude contener el grito. Supongo que sonaría en toda la casa, pero como allí no apareció nadie para socorrerme, comprendí que era eso a lo que se refería mi madre cuando habló de esas cosas desagradables. Tal vez se equivocó y tendría que haber dicho: "A veces los hombres nos hacen cosas que no nos gustan a las mujeres".
Estuve encerrada en casa una semana, hasta que mi madrina vino a sacarme del cautiverio para ir a la misa del domingo. Era la costumbre de aquellos tiempos.
Me encontraba extraña, desilusionada, desencantada, qué sé yo. El matrimonio no era lo que había imaginado, ni por asomo. Todas mis ilusiones se desvanecieron en una sentada. ¿Para eso tanto tiempo bordando sábanas y camisones? Yo quería a mi novio. Me ponía nerviosa y me entraba cosquilleo en el estómago cuando se acercaba la hora de su visita. Lo quería más que a nada en el mundo, pero ya casada temía que llegase del trabajo.
-¿Dónde trabajaba él? -preguntó Paquita mordiéndose las uñas intrigadísima-.
-Trabajaba en una tejera -contestó doña Carmen sin querer detenerse porque había cogido carrerilla al recordar aquella época de su vida. Le gustaba que la comida estuviese en la mesa cuando llegaba a casa. Yo procuraba no caer en falta. Era mi obligación de esposa atenderle y servirle. No era malo, nunca me faltaba, me trataba con respeto, pero tenía un defecto , en la cama entraba a matar y yo no hallaba la hora de acostarme. Una de las cosas buenas que me dio fueron mis niñas, tres tesoros a las que quiero más que a mi vida.
Mi estado de humor cambió un día que vino al pueblo un hombre que arreglaba paraguas ¡Qué tiempos aquellos! Ya no arreglamos nada, ahora sale más barato comprar las cosas nuevas. También venía un hombre al que conocíamos por el nombre de "Culo Bomba" porque estaba muy gordo, éste tenía el arte de hacer unos jarritos con las latas vacías que a los críos les encantaba teniendo en cuenta que los niños de antes no tenían tantas cosas como los de ahora. El paragüero llegó muy temprano:
-¡Niña, que arreglo paraguas! -gritó el hombre como si hiciera milagros-.
Yo estaba barriendo puerta de la calle después de que mi marido se marchara al trabajo.¡ No había visto en mi vida un hombre más guapo que aquél.! Me quedé prendada de sus ojos ¡Qué boca ,qué
cara...! ¡Y qué calor...! Le di un paraguas que tenía con una varilla suelta y le pregunté si había desayunado. Me dijo que no y le saqué un tazón de café con leche y una buena rebanada pan con manteca y chicharrones. Debió notar cómo lo devoraba con la mirada, porque tardó bastante en acabar de comerse lo que le había puesto. Estaba sentado en el suelo a la entrada de la casa, como hacían también los que venían poniendo asientos nuevos de aneas a las sillas. En coser el paraguas se demoró más de la cuenta. Por mí se habría quedado para siempre, pero no era cosa de dar que hablar a las vecinas. Le dije que se me hacía tarde, le pagué y se fue. Lo estuve mirando hasta que traspuso la esquina. Nunca más lo vi. Y sin embargo ha sido el hombre de mi vida. Todavía lo sueño. El fantasear con él hizo que mi vida de matrimonio fuera más llevadera. Cuando hacía el acto con mi marido, siempre imaginaba que era él quien me besaba con pasión desenfrenada y que sus manos y su boca recorrían suavemente todo mi cuerpo, sabía en cada momento lo que a mí me gustaba. Yo era un volcán encendido, hacíamos el amor intensamente con un placer infinito... sin dolor y con mucha pasión...
Se me arrimó en una feria. Yo era madurita, andaba por los venticinco, si no me casaba pronto se me pasaría el arroz. En aquella época ya estaba considerada como una solterona. Yo quería ser madre por encima de todo. ¿Para qué esperar más? Lo acepté y nos hicimos novios.
Me fui a trabajar a una mercería que tenía mi tía en un pueblo de Málaga llamado Coín. Se casó con uno de allí y cuando mi prima y se fue a vivir a Salamanca, después de casarse, mis tíos me propusieron irme con ellos a la tienda porque al quedarse solos no podían con todo. Acepté encantada, pero a los pocos meses me tuve que volver a Badajoz porque él no quería que trabajara.
¡Mi novia no es criada de nadie!. Tú eres mía y únicamente servirás a tu marido cuando nos casemos, me decía ufano. Me agradaban sus palabras. Me hacían sentir importante. Una mujer no era nadie sin un hombre al lado. Yo, que nunca tuve novio, pretendientes sí, pero novio formal sólo a él al fin era de alguien, era suya, de mi novio ¡Qué bonito...!.
El noviazgo duró tres años y en ese tiempo no me rozó ni el puño de la blusa, menuda era mi madre para esas cosas. Él venía a verme todas las noches y entre risas nerviosas y mohínes tontos, atenta a la mirada inquisidora de la que me dio la vida, yo me iba bordando en ajuar. Nunca salimos ni a un cine ni a un baile. Mi padre había muerto y estuvimos de luto muchos años.
Nos casamos un día de otoño de madrugada, antes era así en muchos sitios, se decía que era para evitar el cotilleo de la gente y porque los humores de la mañana eran más buenos. Yo vestía un traje de chaqueta negro y un tocado del mismo color con una redecilla que me cubría el rostro.
Paquita estaba muy atenta, tanto que se olvidó del trozo de brownie que aún le quedaba en el plato. Le daba gusto escucharla hablar y no se atrevió a interrumpirla ni un segundo.
No tuvimos celebración ni viaje de novios. Pusimos el cuarto en mi casa. Una cama, un lavabo, una cómoda y una mesilla de noche. Mi madre se mudó al dormitorio de mis hermanas y nos dejó su habitación para nosotros.
Días antes de la boda, mientras estábamos colocando las cosas, mi madre me dio algunos consejos que, según ella, todas las madres daban a sus hijas antes de ir a la iglesia, uno de ellos lo tengo todavía muy presente. "A los hombres hay que hacerles muchas cosas que a veces no nos gustan y que es el deber de una buena esposa". Evidentemente no me dijo qué cosas eran, pero lo intuí porque ella no dejaba de mirar y tocar el colchón mientras lo decía.
La noche de bodas fue un punto y aparte. Yo sabía lo que era un animal, pero lo que podía ser un hombre desbocado no. Me hizo tanto daño que no pude contener el grito. Supongo que sonaría en toda la casa, pero como allí no apareció nadie para socorrerme, comprendí que era eso a lo que se refería mi madre cuando habló de esas cosas desagradables. Tal vez se equivocó y tendría que haber dicho: "A veces los hombres nos hacen cosas que no nos gustan a las mujeres".
Estuve encerrada en casa una semana, hasta que mi madrina vino a sacarme del cautiverio para ir a la misa del domingo. Era la costumbre de aquellos tiempos.
Me encontraba extraña, desilusionada, desencantada, qué sé yo. El matrimonio no era lo que había imaginado, ni por asomo. Todas mis ilusiones se desvanecieron en una sentada. ¿Para eso tanto tiempo bordando sábanas y camisones? Yo quería a mi novio. Me ponía nerviosa y me entraba cosquilleo en el estómago cuando se acercaba la hora de su visita. Lo quería más que a nada en el mundo, pero ya casada temía que llegase del trabajo.
-¿Dónde trabajaba él? -preguntó Paquita mordiéndose las uñas intrigadísima-.
-Trabajaba en una tejera -contestó doña Carmen sin querer detenerse porque había cogido carrerilla al recordar aquella época de su vida. Le gustaba que la comida estuviese en la mesa cuando llegaba a casa. Yo procuraba no caer en falta. Era mi obligación de esposa atenderle y servirle. No era malo, nunca me faltaba, me trataba con respeto, pero tenía un defecto , en la cama entraba a matar y yo no hallaba la hora de acostarme. Una de las cosas buenas que me dio fueron mis niñas, tres tesoros a las que quiero más que a mi vida.
Mi estado de humor cambió un día que vino al pueblo un hombre que arreglaba paraguas ¡Qué tiempos aquellos! Ya no arreglamos nada, ahora sale más barato comprar las cosas nuevas. También venía un hombre al que conocíamos por el nombre de "Culo Bomba" porque estaba muy gordo, éste tenía el arte de hacer unos jarritos con las latas vacías que a los críos les encantaba teniendo en cuenta que los niños de antes no tenían tantas cosas como los de ahora. El paragüero llegó muy temprano:
-¡Niña, que arreglo paraguas! -gritó el hombre como si hiciera milagros-.
Yo estaba barriendo puerta de la calle después de que mi marido se marchara al trabajo.¡ No había visto en mi vida un hombre más guapo que aquél.! Me quedé prendada de sus ojos ¡Qué boca ,qué
cara...! ¡Y qué calor...! Le di un paraguas que tenía con una varilla suelta y le pregunté si había desayunado. Me dijo que no y le saqué un tazón de café con leche y una buena rebanada pan con manteca y chicharrones. Debió notar cómo lo devoraba con la mirada, porque tardó bastante en acabar de comerse lo que le había puesto. Estaba sentado en el suelo a la entrada de la casa, como hacían también los que venían poniendo asientos nuevos de aneas a las sillas. En coser el paraguas se demoró más de la cuenta. Por mí se habría quedado para siempre, pero no era cosa de dar que hablar a las vecinas. Le dije que se me hacía tarde, le pagué y se fue. Lo estuve mirando hasta que traspuso la esquina. Nunca más lo vi. Y sin embargo ha sido el hombre de mi vida. Todavía lo sueño. El fantasear con él hizo que mi vida de matrimonio fuera más llevadera. Cuando hacía el acto con mi marido, siempre imaginaba que era él quien me besaba con pasión desenfrenada y que sus manos y su boca recorrían suavemente todo mi cuerpo, sabía en cada momento lo que a mí me gustaba. Yo era un volcán encendido, hacíamos el amor intensamente con un placer infinito... sin dolor y con mucha pasión...
-Me deja usted de piedra.¡Que historia de amor tan bonita! Para que luego digan que el amor verdadero es el que dura muchos años. Usted, con sólo una vez que lo vio, lo tuvo siempre en
su cabeza -dijo Paquita con tristeza por no tener algo parecido que contar en su vejez-.
-En aquellos años no nos divorciábamos. ¿Te imaginas si hubiese dejado a mi marido por ser poco delicado conmigo? No lo hubieran entendido y me hubieran llamado de todo. La Sesión Femenina nos enseñaba cómo cuidar y complacer a un hombre. Él era el rey de la casa y como tal había que tratarlo. Todo suena raro ahora. De todas maneras, tú eres más joven y estás viviendo algo parecido, sólo te falta un paragüero -dijo doña Carmen con un tono irónico-.
-Más bien diría yo que lo que me falta es un compañero de camino que me respete y me escuche, doña Carmen -dijo Paquita con sinceridad-. Siempre soñé con un príncipe azul y mi marido es de un color opaco indefinido. Nos lo pintan todo muy bonito cuando eres jovencita, pero luego las cosas no son como una se imaginaba. En realidad, yo pienso que nosotras, no queremos ver desde primera hora su verd
adero color. Los idealizamos y nos enamoramos de esa idea. Usted por ejemplo, se quería casar y ser madre, pero seguramente que antes de la noche de bodas, su novio tuvo algún defecto que usted no quiso ver porque no le interesaba, tenía una meta que era casarse y mientras él no fuese un canalla todo estaba bien, hasta que se da cuenta que hay algo más y se frustra.
-Lo que son las cosas Paquita, dices eso y luego pasas hambre con tal de estar delgada para que tu marido esté contento. ¿Se preocupa él de que tú lo estés? Seguro que es un inseguro y sólo saca el carácter contigo. Al mío le pasaba igual. No era capaz ni de ir al médico sólo, todo lo tenía que gestionar yo y fíjate que asco de tío, se metía en la cama y parecía un banderillero, la hincaba y corría -dijo doña Carmen jocosa-.
-Tal vez esta falta de autoestima se deba a que a lo largo de mi vida siempre me han ido abandonando, primero mi madre, luego mi primer novio que me dejó después de ocho años de relación. He llegado a pensar que a lo mejor no merezco que me quieran. Tuve la suerte de encontrar a este hombre cuando daba todo por perdido y le estoy muy agradecida por haberse casado conmigo cuando todo apuntaba que me quedaría para vestir santos. Tenemos dos niños preciosos que son mi locura y me tendré que buscar un paragüero para fantasear, como usted ha dicho -se rieron las dos a carcajadas-.
-¿Por qué te dejó tu novio después de tantos años? -preguntó doña Carmen-.
--Es muy duro para mí hablar de eso -dijo Paquita cambiando el semblante-.
-Bueno, como quieras. No tienes que hablar si no te apetece. No es cuestión de que nos contemos nuestras vidas en un minuto -dijo doña Carmen que después de la charla se encontraba como si hubiese rejuvenecido veinte años, le sentó bien charlar, desahogarse, fue una buena terapia-. Vamos a retirar esto de la mesa y seguimos con el libro, que Almudena, la protagonista me tiene muy intrigada.
-Por cierto -dijo Paquita mientras colocaban todo en la cocina-. Me he metido en internet para conocer algo más de la vida y obra de la autora de Mariposas por lo visto tuvo una existencia muy desdichada, lo cuenta en su biografía que escribió un año antes de morir trágicamente.
-Como la vida de muchas...-dijo doña Carmen suspirando-.
-Dice que pasó el resto de sus días, después de que la abandonara su marido, recluida en una casa de campo a las afueras de Londres. Por lo visto tenía albinismo en el vello púbico y su marido, un interesante y atractivo aritócrata, perteneciente a una de las familias más acaudaladas de Inglaterra, la repudió la misma noche de bodas. Al verla desnuda por primera vez, se encontró con que su esposa en lugar de un oscuro monte de venus, tenía en el pubis la cordillera del Himalaya.
-¡Dios mío, pobrecita. Su coño no nació para que le diera la luz -dijo doña Carmen estallando en una carcajada que contagió a Paquita y que las dejó a las dos traspuestas-. Y luego me quejo yo de que con los años se me está quedando pelón... Ánda sigue que esto es para llorar y no echar lágrimas.
-Como al parecer el matrimonio no fue consumado, el señor Hair que es como se llamaba el esposo, ya es casualidad llamarse así, pidió la nulidad eclesiástica alegando que su cónyuge le había omitido información a cerca de su defecto físico. Su abogado quiso saltar a la fama por llevar un caso tan controvertido y dio el chivatazo a la prensa . Todo el mundo se hizo eco de la noticia, con tan mala suerte para la esposa que los periódicos en sus titulares escribían en tono burlesco: "La escritora Emilie Moon tiene su monte como su apellido".
-No me extraña que la desgraciada se encerrase en su castillo y no quisiera salir más. Yo tampoco habría salido ¡Qué vergüenza que el todo mundo sepa lo que te pasa en las zonas íntimas! -dijo doña Carmen, esta vez con menos risa-.
-Le aseguro que estoy deseando leer su biografía en la que espero que cuente por qué siendo inglesa, traslada sus personajes a nuestro país -dijo Paquita mientras salían las dos de la cocina después de que hubieron recogido todo-. Pero antes vamos a terminar de leer Mariposas que si fue calificado el mejor libro del año por algo será.
Antes de acomodarse en el sillón para sumergirse en la lectura del premiado best sellers, doña Carmen le enseñó a Paquita un papel amarillento que tenía guardado en el cajón y que estuvo buscando celosamente mientras su lectora preparaba el chocolate. Era una poesía que un día en el que se encontraba de bajón le dedicó a su amor platónico y eterno.
-Por cierto -dijo Paquita mientras colocaban todo en la cocina-. Me he metido en internet para conocer algo más de la vida y obra de la autora de Mariposas por lo visto tuvo una existencia muy desdichada, lo cuenta en su biografía que escribió un año antes de morir trágicamente.
-Como la vida de muchas...-dijo doña Carmen suspirando-.
-Dice que pasó el resto de sus días, después de que la abandonara su marido, recluida en una casa de campo a las afueras de Londres. Por lo visto tenía albinismo en el vello púbico y su marido, un interesante y atractivo aritócrata, perteneciente a una de las familias más acaudaladas de Inglaterra, la repudió la misma noche de bodas. Al verla desnuda por primera vez, se encontró con que su esposa en lugar de un oscuro monte de venus, tenía en el pubis la cordillera del Himalaya.
-¡Dios mío, pobrecita. Su coño no nació para que le diera la luz -dijo doña Carmen estallando en una carcajada que contagió a Paquita y que las dejó a las dos traspuestas-. Y luego me quejo yo de que con los años se me está quedando pelón... Ánda sigue que esto es para llorar y no echar lágrimas.
-Como al parecer el matrimonio no fue consumado, el señor Hair que es como se llamaba el esposo, ya es casualidad llamarse así, pidió la nulidad eclesiástica alegando que su cónyuge le había omitido información a cerca de su defecto físico. Su abogado quiso saltar a la fama por llevar un caso tan controvertido y dio el chivatazo a la prensa . Todo el mundo se hizo eco de la noticia, con tan mala suerte para la esposa que los periódicos en sus titulares escribían en tono burlesco: "La escritora Emilie Moon tiene su monte como su apellido".
-No me extraña que la desgraciada se encerrase en su castillo y no quisiera salir más. Yo tampoco habría salido ¡Qué vergüenza que el todo mundo sepa lo que te pasa en las zonas íntimas! -dijo doña Carmen, esta vez con menos risa-.
-Le aseguro que estoy deseando leer su biografía en la que espero que cuente por qué siendo inglesa, traslada sus personajes a nuestro país -dijo Paquita mientras salían las dos de la cocina después de que hubieron recogido todo-. Pero antes vamos a terminar de leer Mariposas que si fue calificado el mejor libro del año por algo será.
Antes de acomodarse en el sillón para sumergirse en la lectura del premiado best sellers, doña Carmen le enseñó a Paquita un papel amarillento que tenía guardado en el cajón y que estuvo buscando celosamente mientras su lectora preparaba el chocolate. Era una poesía que un día en el que se encontraba de bajón le dedicó a su amor platónico y eterno.
EL PARAGÜERO
Hoy por la mañana,
cuando el sol salía,
llegó un paragüero
con su letanía
¡Paragüitas vendo,
a niños y niñas,
a viejas y viejos!
Hay varios colores,
cómpreme usted uno
que como los míos
no verá ninguno.
Llegó un paragüero
con la algarabía
de niños del pueblo
que diciendo iban:
¡Llegó un paragüero,
qué gran alegría!
Con zalamerías
de viejo moruno,
decían a sus madres
¡Mamá, quiero uno!
Hay varios colores,
cómpreme usted uno
que como los míos
no verá ninguno.
¡Qué vendo paragüas!
A gritos decía,
rosas, amarillos,
verdes, lilas, rojos,
seguía insistiendo,
se quedaba ronco...
¡Qué lindos paraguas!
Cómprame uno, rubia,
que se acercan ya
los días de lluvia
Hay varios colores,
cómpreme usted uno
que como los míos
no verá ninguno.
Hoy por la mañana
cuando el sol salía
llegó un paragüero
con su letanía
¡No es el paragüero
al que yo quería!
Doña Carmen se quedó exhausta, como si todas las fuerzas de su cuerpo las hubiera apostado en la lectura de aquella poesía. Paquita no dijo nada. Se enjugó unas lágrimas haciendo amago de rascarse, abrió el libro por la página venticuatro y se dispuso a viajar a Sevilla de la mano de Almudena Montiel.
CAPÍTULO SEIS
La primera vez que sentí que todas las sombras oscuras de mi interior emergían con una fuerza súbita y salvaje, fue el día que estábamos en Cuenca viendo las casas colgantes. Mi sobrino estaba haciendo una fotos cuando pasaron unas chicas inglesas y se esperaron a que acabase para que las fotografiase a las dos juntas. Carlos fue muy amable con ellas y después de intercambiar unas cuantas palabras en inglés lo invitaron a tomar algo. Él estuvo encantado de haber ligado de esa manera y con una mirada suplicante me pidió que aceptásemos la propuesta, no pude negarme, siempre me ganaba y nos fuimos a tomar un café con las extranjeras.
Al principio fue todo bien. Daba gusto verlo tan feliz practicando el inglés y yo también parecía una chavala de su edad chapurreando algunas palabras y compartiendo experiencias. Me sentía genial de tener a mi sobrino conmigo. La cosa se puso fea cuando le dijeron que estaban estudiando Filología Hispánica en Madrid y que les encantaría quedar con él cuando estuviesen de vuelta. Se dieron los teléfonos con la promesa de volver a verse y yo dejé de estar allí. La cabeza comenzó a darme zumbidos, me estallaba. Una niebla gigante habitada por unos celos devastadores y enfermos comenzó a bombardearme impidiéndome ver con claridad. Todo mi entorno era gris y Carlos notó que algo me pasaba. Fingí una migraña y como era siempre tan bondadoso conmigo se despidió de las muchachas hasta la próxima vez y nos fuimos de vuelta a coger el tren de regreso a Madrid que salía en una hora. No hablamos durante el trayecto a casa. Mi pobre niño me tenía la mano cogida, se descompuso al verme tan seria y tan callada. Me dio un beso en la mejilla y al instante me brotaron lágrimas, como si el roce de sus labios inocentes en mi cara hubiesen abierto una enorme compuerta por la que podía salir toda el agua acumulada en mis ojos.
Me echó el brazo por encima del hombro. En ese momento me estremecí porque podía sentir su olor y su carne cerca de mí.
Durante su última semana en Madrid salía todas las noches con las chicas inglesas. Yo me quedaba en casa como las locas, ida, ansiosa, no podía dormirme hasta que él llegaba , ya de madrugada. Al día siguiente me contaba emocionado lo que habían hecho y dónde habían estado. Una noche vino a mi cuarto para contarme que él y Cloe, la chica más rubia, estaban saliendo y que estaba colado por ella , que me fuera recuperando porque pensaba venir a verme con más regularidad. ¡Tita, qué feliz soy y qué te quiero! ¡Viva Cuenca y mi tía Almudena por llevarme allí! -me decía zalamero comiéndome a besos-. Hablaba sin parar y cada palabra que pronunciaba era una espada que me clavaba en el corazón . Nunca antes había sentido un dolor tan desgarrador en el alma. La tenía hecha jirones. Para colmo, él se empeñaba en cuidarme constantemente, lo que hacía aún mayor mi sufrimiento, la culpabilidad me consumía por fingir una jaqueca que no tenía y por no poder controlar aquél tornado devastador.
Llegó la hora de su marcha e insistió en quedarse unos días más, argumentaba que no se iría tranquilo dejándome así, lo que no sabía es que su tía estaría peor si él se quedaba.
Llegó la hora de su marcha e insistió en quedarse unos días más, argumentaba que no se iría tranquilo dejándome así, lo que no sabía es que su tía estaría peor si él se quedaba.
Con la excusa de que una compañera de la Universidad estaba buscando piso y necesitaba su habitación para alojarla mientras que lo encontraba, se fue convencido de que al menos no estaría sola y alguien cuidaría de mí.
Estaba en el despacho. Sentada en un enorme sillón negro con la cabeza inclinada hacia atrás y las piernas estiradas sobre la mesa, me sentía tremendamente agotada. Gastaba demasiadas energías con mis alumnos, aunque gracias al trabajo me olvidaba de mi otro yo, el oscuro y peleón que empujaba para derribar al yo sosegado y pacífico. . Habían pasado ya dos meses desde que Carlos se marchó y aunque fue duro volver al mundo real, no tuve más remedio que hacerlo, tenía un compromiso con la Universidad y los chicos no tenían por qué pagar las consecuencias.
Me incorporé de repente. Me agité el pelo y lo peiné con los dedos hacia atrás. Me puse los zapatos y dirigiéndome al perchero que estaba situado en un rincón detrás de la puerta, cogí la gabardina y después de meter algunos libros y papeles en el maletín, apagué las luces. Me disponía a marchar cuando sonó el teléfono.
-Almudena, soy yo, Micaela, tengo algo muy importante que decirte, como veo que no estás te llamaré a casa.
No me apetecía hablar con nadie. Micaela era una amiga de mi hermana que a veces me llamaba para consultarme cosas a cerca de su hija universitaria. Ya la llamaría en otro momento. Cerré la puerta y me fui intentando no pensar en nada. Caminé calle abajo por la acera resbaladiza. Estaba empezando a llover y bajo un manto de niebla y sirimiri disimulón, me dirigí a casa. Me gustaba ir caminando y respirar aire fresco. Saqué un pañuelo del bolso para enjugarme unas lágrimas que se me habían escapado. Llegué a casa empapada. Iba tan absorta en mis pensamientos que no me di cuenta que la lluvia me estaba calando hasta los huesos. Lo primero que hice al abrir la puerta fue encender la luz y dirigirme al contestador. En efecto, tenía tres llamadas de Micaela. ¡Qué pesada!
-Almudena, por favor, llámame cuando llegues que es muy serio lo que tengo que decirte.
Descolgué el teléfono para no recibir llamadas. Puse un disco de María Calas, sus arias eran mi música preferida para relajarme y me dirigí al cuarto de baño. Me desnudé mientras se llenaba la bañera. Me abandoné al consolador abrazo del agua caliente y bajo los arrullos de Casta Diva cerré los ojos y me quedé dormida.
Me despertó el timbre de la puerta...
Me incorporé de repente. Me agité el pelo y lo peiné con los dedos hacia atrás. Me puse los zapatos y dirigiéndome al perchero que estaba situado en un rincón detrás de la puerta, cogí la gabardina y después de meter algunos libros y papeles en el maletín, apagué las luces. Me disponía a marchar cuando sonó el teléfono.
-Almudena, soy yo, Micaela, tengo algo muy importante que decirte, como veo que no estás te llamaré a casa.
No me apetecía hablar con nadie. Micaela era una amiga de mi hermana que a veces me llamaba para consultarme cosas a cerca de su hija universitaria. Ya la llamaría en otro momento. Cerré la puerta y me fui intentando no pensar en nada. Caminé calle abajo por la acera resbaladiza. Estaba empezando a llover y bajo un manto de niebla y sirimiri disimulón, me dirigí a casa. Me gustaba ir caminando y respirar aire fresco. Saqué un pañuelo del bolso para enjugarme unas lágrimas que se me habían escapado. Llegué a casa empapada. Iba tan absorta en mis pensamientos que no me di cuenta que la lluvia me estaba calando hasta los huesos. Lo primero que hice al abrir la puerta fue encender la luz y dirigirme al contestador. En efecto, tenía tres llamadas de Micaela. ¡Qué pesada!
-Almudena, por favor, llámame cuando llegues que es muy serio lo que tengo que decirte.
Descolgué el teléfono para no recibir llamadas. Puse un disco de María Calas, sus arias eran mi música preferida para relajarme y me dirigí al cuarto de baño. Me desnudé mientras se llenaba la bañera. Me abandoné al consolador abrazo del agua caliente y bajo los arrullos de Casta Diva cerré los ojos y me quedé dormida.
Me despertó el timbre de la puerta...
Han pasado ya diez años desde que aquel timbrazo me volvió a la realidad y me sustrajo de un sueño reparador a una pesadilla encapotada.. Fue terrible cómo el destino jugó conmigo una vez más. Me encontré perdida dando tumbos en un lugar donde ni el azar podía encontrarme. Mis lágrimas bailaron en mis mejillas al compás del grito de una noche que se presentaba eterna y confusa. Danzaban suplicando a Dios piedad, pero sólo encontraron precipicios llenos de nidos de serpientes. Serpientes ocultas que habitaban en mí y que una vez más salían de su nido pero esta vez para devorarme.
Micaela al ver que no cogía el teléfono, decidió venir a casa. Oyó la música desde fuera y no dejó de llamar al timbre hasta que logró despertarme de mi letargo. Un buen rato debí dormir porque el agua se había quedado helada y la música había dejado de sonar. Me puse la bata tiritando de frío, y abrí la puerta.
- ¿Qué pasa con tanta urgencia, Micaela? -le pregunté-. No me sorprendí que estuviese en Madrid porque con frecuencia venia a ver a su hija que estudiaba Arquitectura en una universidad privada.
-¡Vístete de prisa. Carlos ha tenido un accidente y está muy grave. Llevo horas intentando localizarte, pero no cogías el teléfono, para qué coño lo quieres...-me dijo histérica-.
-¿Qué estás diciendo, que mi sobrino Carlos ha tenido un accidente? - Me puse tan nerviosa que no daba con el bolso ni con las llaves-. Por favor, dime en qué hospital está y qué se ha hecho.
-Vamos, vístete que por el camino te cuento.
-Vamos, vístete que por el camino te cuento.
Bajamos a la calle para coger un taxi y parecía que no andaba el reloj. No se presentaba ninguno. Los segundos se me hacían horas y...por fin vino uno que estaba libre...
Cuando Micaela me dijo que Carlos estaba muy grave, gigantescos nudos de cuerdas apretaron mi garganta y me oprimieron el pecho. Llegamos al hospital muy tarde. Estaban allí mis padres, mis hermanos, sus abuelos paternos y sus amigos...todos visiblemente afectados, todos excepto yo, su tía Almudena, la mujer que lo quería más que a su sangre, esa no estaba. Intenté consolar y animar a los presentes, pero mi psicología me flaqueó. ¡Me sentía tan mal!. Mi cuñado me dijo que los médicos no albergaban esperanzas de poder salvarlo . Me abracé a mi hermana desesperada. Mientras me estrechaba contra su pecho me sentí sucia y extraña en sus brazos. Siempre nos quisimos mucho, fuimos hermanas, amigas y confidente, no me la merecía. Tampoco me merecía a ningún miembro de mi familia. Mi vergüenza por lo que sentía por mi sobrino y mi culpabilidad me impedían seguir un sólo minuto más en aquella sala de interminable espera. Me asfixiaba, el miedo de saberme descubierta por algún gesto o algún comentario inoportuno ocasionado por mi estado de desesperación, por eso, no podía seguir allí. Necesitaba estar sola. Con la excusa de ir al baño abandoné la habitación y salí a la calle.
Aquella noche, abatida y lerda, presencié el duelo cruel y despiadado de dos fuerzas sobrenaturales. El espíritu inmunde y demoledor del maligno, de la serpiente tentadora y exorcisante, retando al Todopoderoso, al Salvador, al Padre justo y misericorde. Yo, era la presa que estaba en juego. Salí del hospital furiosa con Dios. No tenía derecho, no podía dejar que se muriese así, sin más.¡Era tan joven! ¡Mi cielo, mi vida, mi niño...!Tenía tanta vida por delante y tanto que dar, tantos proyectos, tantas ilusiones, tanto por hacer que, él, el Creador, el que todo lo puede,debía frenar aquel desatino. Permitió que me enamorase de alguien de mi propia sangre. Convirtió mi vida en un caos hundiéndome en un pozo sin fondo con el visto bueno de su autoridad. Perdí mi rumbo y mi autoestima. Me convertí en un zombi viviente, pero todo eso era un colchón de plumas comparado con lo que podía significar el dolor de perderlo.
Fue en ese desaliento, en el que mi yo mujer, lloraba por el hombre amado y no por el hijo de su hermana, cuando el diablo aprovechó para hacer de las suyas. No sé si porque maldije a Dios o, porque vendí mi alma al mismísimo diablo a cambio de su vida, por lo que sin esperármelo apareció de repente aquel coche que me dejó postrada en una cama durante mucho tiempo.
Fue en ese desaliento, en el que mi yo mujer, lloraba por el hombre amado y no por el hijo de su hermana, cuando el diablo aprovechó para hacer de las suyas. No sé si porque maldije a Dios o, porque vendí mi alma al mismísimo diablo a cambio de su vida, por lo que sin esperármelo apareció de repente aquel coche que me dejó postrada en una cama durante mucho tiempo.
-¡AY, Paquita! -le decía doña Carmen-. Ahora tenemos dos enfermos de accidente, la tía y el sobrino Carlitos. Sigue, sigue leyendo que a lo mejor se encuentran los dos en el mismo hospital.
Doña Carmen estaba cada vez más interesada en el libro y no se daba cuente de la hora que era.
Doña Carmen estaba cada vez más interesada en el libro y no se daba cuente de la hora que era.
- Bueno... una última pregunta antes de seguir -dijo Paquita-. ¿No le parece de muy pocos escrúpulos que Almudena sienta esa pasión por su sobrino?
- Hija mía si llego a saber hace cuarenta años que iba a terminar tan sola y falta de cariño me habría casado con cualquiera que me lo hubiera pedido, así fuese mi propio sobrino... ¡El amor no tiene limites ni entiende de principios!. Pero déjate ya
- Hija mía si llego a saber hace cuarenta años que iba a terminar tan sola y falta de cariño me habría casado con cualquiera que me lo hubiera pedido, así fuese mi propio sobrino... ¡El amor no tiene limites ni entiende de principios!. Pero déjate ya
de tanta preguntadera y sigue leyendo. A este paso no vamos a saber nunca lo que le ocurrió a la pobre Almudena -dijo doña Carmen poniendo fin a la conversación mientras Paquita se disponía un tanto pensativa a continuar con la lectura-. Comenzó.
Desperté en el mismo hospital donde tres meses antes había acudido tras enterarme del accidente de Carlos. Estaba rodeada de cables y de fondo se oía el sonido de unas de las máquinas que indicaban que aún seguía con vida. Recordé aquella noche y como había huido de la sala de espera. A partir de ahí todo estaba borroso pero me daba igual, solo quería saber el estado de Carlos y si había sobrevivido a ese brutal accidente. De pronto una voz joven y dulce, la de una enfermera, dijo el nombre de Carlos, me estremecí pensando que podía ser mi amor platónico, mi ilusión, mi vida total, mi sobrino que estaba vivo. Aquello me dio más fuerzas, mas ganas de vivir. Por un lado quería vivir para verlo y poder darle, aunque fuera, el último abrazo. ¡Lo amaba tanto...!claro que, por otro lado, no quería seguir viva porque sabía lo que significaría eso, "seguir amando en pecado silencioso ". En el fondo lo mejor que me podía pasar es morirme, desaparecer. Si el demonio había hecho bien su trabajo, Carlos estaría vivo y yo iría de cabeza a los infiernos, no sabía qué purgatorio sería peor.
Desperté en el mismo hospital donde tres meses antes había acudido tras enterarme del accidente de Carlos. Estaba rodeada de cables y de fondo se oía el sonido de unas de las máquinas que indicaban que aún seguía con vida. Recordé aquella noche y como había huido de la sala de espera. A partir de ahí todo estaba borroso pero me daba igual, solo quería saber el estado de Carlos y si había sobrevivido a ese brutal accidente. De pronto una voz joven y dulce, la de una enfermera, dijo el nombre de Carlos, me estremecí pensando que podía ser mi amor platónico, mi ilusión, mi vida total, mi sobrino que estaba vivo. Aquello me dio más fuerzas, mas ganas de vivir. Por un lado quería vivir para verlo y poder darle, aunque fuera, el último abrazo. ¡Lo amaba tanto...!claro que, por otro lado, no quería seguir viva porque sabía lo que significaría eso, "seguir amando en pecado silencioso ". En el fondo lo mejor que me podía pasar es morirme, desaparecer. Si el demonio había hecho bien su trabajo, Carlos estaría vivo y yo iría de cabeza a los infiernos, no sabía qué purgatorio sería peor.
Tal fue mi estremecimiento que las máquinas que me rodeaban empezaron a pitar como locas y, en un segundo, me vi rodeada de enfermeras y médicos que comenzaban a registrar mis constantes vitales. Uno me levantaba el párpado y me alumbraba con el lápiz, la otra me pinchaba el antebrazo, otra me preguntaba que cómo me llamaba...
¿Qué importaba eso ahora? (pensaba mientras seguía el alboroto sanitario a mi alrededor) Yo quería saber cómo estaba mi sobrino, por encima incluso de mi propia salud. Los médicos seguían insistiendo en hacerme preguntas
¿Sabe usted cómo se llama? -me preguntó de nuevo una enfermera-
¡Claro que lo sé! -pensé- pero no conseguí articular palabra.
-Mire aquí -me dijo otra enseñándome un bolígrafo-, y empezó a moverlo en círculos, mientras decía a sus compañeros: "Responde a estímulos visuales"
A mí en ese momento no me interesaban ni sus absurdas preguntas ni sus estúpidos estímulos visuales. Tenía una única preocupación que invadía todos y cada uno de los pensamientos que se abarrotaban en mi cabeza: ¿qué habría sucedido con mi sobrino? ¿estaría vivo? ¿volvería alguna vez a verlo? Tal vez estaba en algún sitio cerca y por eso la enfermera lo había llamado... O tal vez era otro Carlos al que llamaban... ¿y si había muerto? ¿qué sería de mi sin poder volver a verlo? ¿cómo podré resistir una vida sabiendo que jamás podré volver a escuchar su sonrisa... ni sentir el escalofrío cuando se acercaba a mi para abrazarme cuando nos veíamos... ni poder volver a ver sus hermosos ojos clavados en los míos mientras charlamos de cualquier cosa banal... Si esa iba a ser mi vida a partir de ahora, desde luego, no estaba dispuesta a aceptarla...
-¿Entiende lo que le estoy diciendo? ¿Puede decirme su nombre? -volvió a insistir la enfermera, consiguiendo sacarme de mis pensamientos-.
-Al.... -empecé a balbucear- Al-mmmmmuuu -me estaba costando horrores poder pronunciar mi nombre Almuddd- ddddeee -pero una extraña fuerza brotó de mí y finalmente conseguí decir:
Almudena
Y acto seguido, en la cama de al lado, se produjo el sonido más maravilloso del mundo: la voz de mi sobrino que me decía:
¡¡¡ TITA !!!
¿Qué importaba eso ahora? (pensaba mientras seguía el alboroto sanitario a mi alrededor) Yo quería saber cómo estaba mi sobrino, por encima incluso de mi propia salud. Los médicos seguían insistiendo en hacerme preguntas
¿Sabe usted cómo se llama? -me preguntó de nuevo una enfermera-
¡Claro que lo sé! -pensé- pero no conseguí articular palabra.
-Mire aquí -me dijo otra enseñándome un bolígrafo-, y empezó a moverlo en círculos, mientras decía a sus compañeros: "Responde a estímulos visuales"
A mí en ese momento no me interesaban ni sus absurdas preguntas ni sus estúpidos estímulos visuales. Tenía una única preocupación que invadía todos y cada uno de los pensamientos que se abarrotaban en mi cabeza: ¿qué habría sucedido con mi sobrino? ¿estaría vivo? ¿volvería alguna vez a verlo? Tal vez estaba en algún sitio cerca y por eso la enfermera lo había llamado... O tal vez era otro Carlos al que llamaban... ¿y si había muerto? ¿qué sería de mi sin poder volver a verlo? ¿cómo podré resistir una vida sabiendo que jamás podré volver a escuchar su sonrisa... ni sentir el escalofrío cuando se acercaba a mi para abrazarme cuando nos veíamos... ni poder volver a ver sus hermosos ojos clavados en los míos mientras charlamos de cualquier cosa banal... Si esa iba a ser mi vida a partir de ahora, desde luego, no estaba dispuesta a aceptarla...
-¿Entiende lo que le estoy diciendo? ¿Puede decirme su nombre? -volvió a insistir la enfermera, consiguiendo sacarme de mis pensamientos-.
-Al.... -empecé a balbucear- Al-mmmmmuuu -me estaba costando horrores poder pronunciar mi nombre Almuddd- ddddeee -pero una extraña fuerza brotó de mí y finalmente conseguí decir:
Almudena
Y acto seguido, en la cama de al lado, se produjo el sonido más maravilloso del mundo: la voz de mi sobrino que me decía:
¡¡¡ TITA !!!
Sonó el timbre de la puerta. Era la hija de doña Carmen que ya había llegado.”muy a pesar suyo, tuvieron que dejar de leer”.
-¡No sé si voy a poder dormir esta noche con tanta intriga -dijo Paquita mientras se disponía a abrir la puerta-.
-Acuérdate que tengo alzheimer, no me hables con normalidad para que mi hija no se de cuenta -le dijo doña Carmen bajando el tono de voz y acomodándose en el sofá emulando una mirada ausente.
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