martes, 9 de julio de 2013

CAPITULO ONCE


MANIFIESTO “FALDAS”
Con el Manifiesto “Faldas”, queremos definir claramente el fin que nos da impulso para luchar en contra de todo aquel que se ponga por delante con la intención de frenarnos en la carrera que iniciamos para conseguir nuestros propósitos. Sin dejar de respetar a la persona como individuo libre en sus ideologías y actuaciones asertivas, hemos visto necesario para salvar nuestro país, el empoderamiento de hombres y mujeres como seres sociales y espirituales que forman parte de un todo. En una sociedad cada vez más individualizada y tecnológica, donde la gente no habla y se comunica a través de aparatos electrónicos, creemos que es nuestro deber recordar que, cada uno de nosotros es como una gota de agua en el mar, que juntas conforman los océanos. Si no nos unimos y tomamos medidas drásticas y urgentes para defendernos de los hombres de negro que amenazan con destruir nuestros derechos básicos, todos pereceremos en la indigencia. Nadie puede quitarnos algo tan necesario como la comida, la vivienda, la salud y la educación . Tenemos la obligación de dejar a nuestros hijos y a las generaciones venideras, un mundo digno. No podemos echar toda la responsabilidad a la clase política. A fin de cuentas, ellos también son hijos de la madre Naturaleza, y como tales son imperfectos, con los mismos miedos, complejos y temores que el resto de los humanos. Por ello, no vamos a dejar en sus manos nuestras vidas, a sabiendas de que sus incompetencias nos pueden arrojar al precipicio.

Hemos extendido redes de apoyo y gracias a la ayuda de psicólogos, sociólogos, economistas, intelectuales gente corriente con sus experiencias y sabiduría, en su mayoría, ha sido posible redactar este manifiesto breve y escueto, pero lleno de buena voluntad y compromiso.

Los artículos que en él se resumen son muy concisos. No nos vamos a andar por las ramas ni vamos a llenar papeles de retórica. Nuestros objetivos están claramente definidos: Si los políticos no quieren arreglar las cosas porque prefieren la servidumbre del poder y del dinero, nosotros la arreglaremos con consenso y anteponiendo al ser humano por encima de todas las cosas.



Madrid, 31 de enero de 2012.




Artículo 1: CONCIENCIA: Asignatura obligatoria
desde el primer año de colegio. Queremos personas.


Artículo 2: PSICOLOGÍA: Asignatura obligatoria
desde el primer año de escolarización. Personas emocionalmente sanas, crean una sociedad justa y equilibrada.


Artículo 3: FALDAS: Los hombres llevarán faldas
como señal de igualdad.


Artículo 4: ETIQUETAS: No habrá etiquetas,
machismo, ni feminismo. Queremos personas iguales en todos los aspectos.


Artículo 5: EDUCACIÓN: Todos están obligados
a ir a la Universidad o estudiar un módulo superior. La Formación Profesional será lo mínimo que un ciudadano estudie. Una sociedad preparada es sinónimo de progreso.

Artículo 6: CIENCIA: Invertiremos en Ciencia y
Tecnológica. Los científicos son nuestra mayor riqueza.

Artículo 8: ENERGÍA: Queremos energías renova-
bles.

Artículo 9: TRUEQUE: Una vez en semana se
practicará la economía de trueque como plan de socialización y reciclaje. Al igual que los vierninis y sabadetas son para socialización y movimiento de la economía.

Artículo 10: MEDITACIÓN: Será obligatorio
practicar la meditación desde la infancia. La mejor religión es aquella que nos reconcilia con nosotros mismos.

Artículo 11: Consumiremos Arte, como mínimo,
una vez a la semana. Iremos a conciertos, de música, teatro, cine, porque todo eso, ayuda a estilizar el alma y pacificar el espíritu.

Artículo 12: Desaparecerá el IVA y el IRPF.

Artículo 13: Los que hagan trabajos físicos duros,
se jubilarán a los 50 años.


CAPÍTULO DIEZ

Antonio Hidalgo esperaba inquieto en la habitación doscientos diez del Hotel Emperador Palace.No dejaba de mirar el reloj. Tenía que dar una clase de informática y Enriqueta se estaba retrasando demasiado, era la primera vez en cinco años que no llegaba puntualmente a la cita y si en media hora no se presentaba, tendría que marcharse sin verla. Estaba locamente enamorado de ella. Nunca antes había tenido relación con una mujer mayor que él, le sacaba quince años, pero le daba lo mismo, lo tenía cautivado con su belleza natural, su cutis limpio, sin maquillar, sin una sola capa de carmín en los labios. Al contrario de lo que solía suceder a la mayoría de los hombres, a él le excitaba muchísimo más, una cara limpia, sin aditivos. De todas las mujeres jóvenes con las que había tenido relación, ninguna lo enloqueció tanto como Enriqueta. Era, la mujer de su vida, la que siempre anduvo buscando, sin saberlo. Su belleza interior lo tenía cautivado,era tremendamente inteligente y eso era lo que más admiraba de una mujer. Sabía que con el tiempo el físico pasaba a un segundo plano, pero la esencia de la persona permanecía viva en el tiempo, claro que, en el caso de ella, se juntaban todos los elementos para ser perfecta porque poseía también una belleza física muy serena.
Se conocieron cuando ella se apuntó a un curso de Informática que él impartía y desde el primer momento saltó la chispa que los llevó al viaje de una pasión sin retorno. Ella estaba casada y en el momento que se enamoró de él se lo dijo a su marido y le pidió el divorcio, pero ambos llegaron a un acuerdo, porque a raíz de esto, su marido le confesó que hacía años se veía con otra veinte años más joven y se estaban planteando vivir juntos y formar una familia. A Enriqueta se le heló la sangre de inmediato. Llevaba años siendo una cornuda y ni se había dado cuenta. Cierto era que a veces lo notaba serio y distante, pero se lo achacaba al estrés del trabajo, mas cuando él le contó todo, se dio cuenta que quien le producía el mal humor era ella, ya que la amante trabajaba con él y más que estresarlo, le quitaba los nervios a fuerza de polvos. No se sintió culpable de haberse enamorado de Antonio, porque si eso ocurrió es porque el distanciamiento entre ambos ya era palpable. Hacía tiempo que era invisible para su marido y bastó un gesto caballeroso, por parte del profesor, para caer en sus redes perdida y despistada como un barbo.
Suerte tuvo de no hacer caso de la hostilidad encubierta y envidiosa de su compañera de curso, una tal Manuela que se se pasaba toda la clase riendo y haciéndose la simpática para enamorar al profesor, pero a Antonio no le gustaban las mujeres de vulgares y poco elegantes, charlatanas y molestando todo el tiempo con risas estentóreas, la falta de discreción de esa mujer, más que atraerlo por su atractivo, lo que hacía es incomodarle. Enriqueta se sentía la mujer más afortunada del mundo al haber sido elegida por él entre sus compañeras jóvenes y maduras. Todas se sentían perturbadas con la presencia del profesor, y a pesar de no tener ningún interés en la Informática, hubo una que quiso entrar en el grupo de las féminas para mostrar sus habilidades seductoras frente a las demás, pero no lo consiguió porque Antonio ya se había enamorado, hasta la médula, de Enriqueta.
Antonio se tomaba muy en serio las clases, era ameno, algo obstinado, pero inteligente y sencillo, una persona íntegra que quiso devolver a la sociedad lo que ésta le había dado "Cultura". Esas cualidades y su atractivo físico abanderado, moreno andaluz y algo asilvestrado, las traía a todas de cabeza.
Antonio fue a coger su chaqueta que estaba encima de la cama, para marcharse, cuando la puerta se abrió y entró Enriqueta sofocada pidiendo disculpas por la tardanza.

-Lo siento, cariño, no he podido llegar antes. Había mucho tráfico y, para colmo, el taxista que me ha traído se equivocó de carril y casi me lleva a Extremadura.

-Por favor, preciosa, ven aquí y dame un beso que he de marcharme. Tengo clase enseguida y sabes que no puedo cancelarla -dijo Antonio abrazándola apasionadamente y besándola con el deseo del que besa por primera vez.

-Lo siento, tesoro -dijo Enriqueta, mimosa-. Debí haber venido directamente desde el hospital, pero no quería que mi hija sospechase nada, y no tenía coartada creíble.

-No te preocupes, puedes esperarme aquí hasta que termine y luego vuelvo -dijo Antonio-. Tú sabes que me debo a mis alumnos, morena.

-Lo sé cielo, si me gustas más es por eso, tu integridad y tu compromiso, me excitan todavía más, pero hoy podías pasar de todo y quedarte aquí acurrucado a mi lado ¿No te parece? - Y lo besó apasionadamente metiéndole la mano por debajo de la camisa y acariciándole en círculo los pezones,cosa que a él le volvía loco que le hiciera.

-Suelta, suelta, no me líes que me voy a poner muy cachondo y no voy a poder concentrarme en la clase. Prometo volver pronto y si quieres podemos pasar aquí la noche...-dijo tierno y meloso.

-Mejor me voy porque según está el tráfico podrías venir muy tarde y estoy cansada, seguro que si te espero me encontrarías dormida. Dame un toque cuando salgas y hablamos para ver cuándo nos vemos. Mañana tengo que ir a casa de mi hija, no puedo, cariño, te echaré de menos... llámame esta noche y nos contamos -dijo Enriqueta cariñosa.

-¡Qué pena, preciosa, que tengamos que dejar la cama tan solita y triste...anda vamos que se hace tarde, ya le daremos alegría en otro momento -dijo Antonio y besándola apasionadamente y cogiéndola por la cintura se dirigieron a la puerta y apagando la luz a su paso, salieron en dirección al ascensor como si no se conocieran.

Enriqueta llegó a casa antes de lo que se hubiera imaginado, frustrada por no haber podido pasar la tarde con Antonio. Después de estar todo el día pensando en verlo, derretirse en sus brazos bajo calor de su masculinidad , al final, se fastidió todo por culpa del maldito tráfico y de la integridad de él. ¡Cómo odiaba que fuese tan legal y cómo la enamoraba a la vez que fuese así de comprometido con sus propios valores. Dejó las llaves sobre el mueble de la entradita. Se descalzó y fue directa a la cocina a prepararse un café y fumarse un cigarrillo. Dejó el bolso sobre la mesa de la cocina y al coger el paquete de tabaco tocó el móvil y pensó que sería un buen momento, para hacer una llamada que tenía pendiente, llamaría a su prima Lucrecia. Pero antes haría otra cosa. Sabía que cuando hablaba con Lu, así la llamaban todos en la familia, se podían pasar horas al teléfono, así que mientras se hacía el café se dio una ducha rápida y se puso cómoda para la plática. Se fue al sofá con su café y su cigarro y se acurrucó, cómodamente entre cojines, después de todo, ese ratito de cháchara con su prima a la que tanto quería,le vendría muy bien.
Marcó el número y enseguida sonó la voz de Lucrecia Castillo.

-¡Dígame!

-Hola, guapísima, soy Enri ¿Cómo está mi reina?

-¡Bruja, qué alegría me has dado! ¿Dónde te metes que hace más de un mes que no me llamas? Bueno, la verdad es que, yo tampoco te he llamado a ti. Me disculpo por la queja.

-Más te vale. Tú tan atareada como siempre. No hace falta que digas nada, si ya te conozco, si no es por una cosa es por otra, pero al final la que llama siempre soy yo.

-Vale, vale, lo sé. ¿Cómo estás, hija?

-Mejor que nunca. He estado unos días liadilla porque Ana ha tenido un aborto y no me he querido mover de su lado en el hospital.

-¡¿Qué me dices?! ¿Cómo está?

-Ya está en casa. Hoy le han dado el alta. Tuvo una fuerte hemorragia y al pillarle sola en casa casi no las cuenta, pero está estupenda. Le hicieron una transfusión y un legrado y a hacer vida normal.

-Yo pensé que ellos no querían ser padres.

-Ni quieren, lo que pasa es que se despistaron, confiaron demasiado en su método y ya sabes lo que pasa con esas cosas. El caso es que ni ella lo sabía.

-¿No echó de menos la regla?

-Mi hija es tan despistada que ni le echó cuenta. Anda siempre tan liada con su trabajo que pensó que era de la vida tan estresada que lleva. Pero, vamos, que está muy bien. No me he quedado esta noche con ella porque tiene allí a sus amigas y yo había quedado con Antonio.

-¡Qué suerte tienes, condenada! ¿Cómo está tu petit suise?

-Mejor que el yogur, sin azúcar, de mi marido. Me tiene loca. Para que luego digan que las maduritas ya no servimos para nada y que estamos muertas... Muertos, los del cementerio.

-No sigas que me vas a poner los dientes largos y me voy a tener que buscar yo otro yogurcín.

-No se trata de que sea o no un yogurcín, tú sabes que es lo de menos. Tu marido es un encanto y tiene sus añitos. Eso va con la persona. Antonio es muy maduro y muy inteligente, si tuviese veinte años más, también estaría enamorada de él. Claro que si a eso le sumas su cuerpo serrano...

-¡Cállate, no sigas …!

-Bueno, cambiando de tema. Hace unos días conocí un periodista argentino, por cierto, éste sí que está para mojar pan y chuparse los dedos, es de los que perturban a la más casta. Dijo que había venido a España para un trabajo sobre el Manifiesto y para buscar a su familia española. La cosa no tendría mayor trascendencia si no fuera porque se llama Ismael Castillo.

-¡Vaya, como nuestro tío el que se fue de joven fuera y nunca volvió! -dijo Lucrecía-. Mira que si es pariente nuestro.

-Por eso te he llamado, porque no estaba segura del nombre del tío. Ahora que ya sé cómo se llamaba estoy segura que es su nieto porque al verlo, su cara me resultaba familiar y debe ser que entre las fotos antiguas que tengo hay alguna del tío Ismael. Es más, espera que voy a coger el album de familia que está en la estantería y salimos de dudas.

Enriqueta se dirigió al cuarto en el que tenía el ordenador y los libros y cogió las fotos. Se dirigió al salón y mientras hablaba con su prima iba pasando las hojas hasta que apareció la fotografía que estaba buscando.

-¡Me he quedado helada! Ismael Castillo es indéntico al tío Ismael. No cabe duda que somos la familia española que él anda buscando.

CAPÍTULO NUEVE

Ana llegó a casa a las diez de la mañana, estaba muerta, la noche fue intensa y lo que más deseaba era tomar una ducha, meterse en la cama, y estar todo el día durmiendo, pero había dos cosas que se lo impedían: una, tenía que limpiar el tinglado que dejaron Paco y sus amigos del vierninis y dos, cumplir con la sabadeta. Mientras se desnudaba en su dormitorio antes de ir al baño,
 pensó que aplazaría el compromiso de ir de compras y lo cambiaría por la cena en el restaurante, el caso era consumir, cumplir con el compromiso que tenía con su país para que la prima de riesgo se mantuviera a cero punto. Como todas las ideologías y sistemas políticos, el Manifiesto tenía sus detractores. Una de las cosas con las que estaban muchos en desacuerdo, era contra la obligación de consumir los sábados, veían una forma de esclavitud el no poder escapar a las garras de un consumismo exacerbado con los consabidos inconveniente que ello acarreaba, tales como el tener que ir de compras si odiaban hacerloo, si por el contrario, les apetecía más quedar con los amigos los sábados que los viernes, en cierta manera habían perdido su libertad como sucedía en regímenes comunistas. Ana respetaba todas las opiniones, pero ese era uno de los puntos que se dejaron bastante claro al redactarlo, aunque el sistema capitalista ya no era válido y se buscaron nuevas vías, los empresarios honestos se comprometieron a cumplir sus obligaciones con los trabajadores y éstos a cambio tenían que comprometerse con las empresas activando el consumo, ambas partes eran la sabia que alimentaba el bienestar social y económico. Ana era una persona consecuente y responsable. Desde pequeña la educaron con una máxima: "Tu casa no acaba cuando cierras la puerta y sales a la calle, tu casa está donde tú estés y lo primero que ha de estar limpio es aquello que hemos de pisar al caminar" . En esos valores se educó y creció cuidando su entorno lo mismo que sus cosas personales. Más tarde puso en práctica otros valores y luchó junto con su marido y amigos por dar vida al Manifiesto que revolucionaría la forma de vida de la sociedad española..

Podía haber esperado a que el lunes, Purificación, la señora que gestionaba la limpieza de su casa, lo recogiese todo , pero le daba pena que la pobrecita se encontrarse con aquel desbarajuste en la cocina después del fin de semana. Recogería un poco y que la buena mujer limpiase el resto más a fondo, admiraba enormemente a las personas que por su trabajo, se dedicaban a organizar las casas y eliminar la suciedad que otros dejaban.

Se metió en la bañera y dio gracias a la vida por poseer más de lo que necesitaba. Se sintió afortunada por tener un compañero con el que compartía tantas cosas. No tenían hijos porque ambos se debían a su profesión y no hallaban el momento de ser padres, pero eran felices porque su trabajo era vocacional y les llenaba plenamente.

Paco era tierno, cariñoso y con mucho sentido del humor, la hacía reír y no necesitaba más, si a todo eso se sumaban su sentido de la responsabilidad y su inteligencia, se creaba el cóctel perfecto para una relación de pareja que rozaba lo idílico. Eso era lo que más envidiaban sus amigas de ella.

El agua caliente le caía por la espalda como una bendición ¡Qué buena está una ducha calentita...! -dijo en voz alta-. Y se quedó un rato con la cabeza hacia atrás sin pensar en otra cosa que en el placer que eso le producía. No podía entender que hubiese gente a la que no le gustaba lavarse, < no sabían lo que se perdían...>.
Salió de su letargo y se dispuso a jabonarse el cuerpo cuando vio que un reguero de sangre corría hacia el desagüe, no podía ser la regla porque hacía una semana que la había tenido, sería un desarreglo hormonal, pensó, y no le dio importancia, pero ello le trajo a la memoria el recuerdo de la noche que se le ocurrió hacer para cenar sangre de cerdo encebollada. Había leído en una revista que a parte de estar buenísima y proporcionar gran cantidad de hierro, tenía efectos afrodisíacos. Se la preparó a Paco como plato sorpresa ¡Seguro que esa noche había polvo...! Llevaba poco tiempo viviendo en pareja y todavía estaba llena de pasión, pero su marido con el estrés andaba de pene caído y quería levantarle el ánimo...
Todo estaba listo para la cena: mantel nuevo, vajilla nueva, buen vino, velas, regalo sorpresa...¡ sangre encebollada! ¿Le gustaría a él la idea de ese afrodisíaco ? Todo pintaba perfecto. Todo salió pefecto. 

Al día siguiente, a eso de las doce del mediodía, fue al baño a hacer sus necesidades. Se alarmó, cuando al limpiarse, vio el papel lleno de sangre. Para asegurarse si era de las heces, miró el inodoro y se asustó muchísimo al comprobar que estaba todo rojo. Se mareó al ver aquello. Se sentó en el suelo, para evitar darse un golpe grande si se desmayaba. Cuando estuvo mejor se dio una ducha antes de llamar al sevicio de urgencias. Pensó que a lo mejor podría tratarse de algo maligno y sintió cómo el cuerpo se le aflojaba a causa del miedo .

El médico de guardia le aconsejó por teléfono que fuese al hospital para hacerle algunas pruebas y comprobar su estado. Llamó a Paco ,que estaba reunido con un productor de teatro , para ponerle al tanto de la situación. Cuando estuvo arreglada, recogió algunas cosas de aseo y avisó a un taxi. Su marido llegó a la clínica Espejo una hora después de que ella le llamase, pero no la encontró allí. Le dijeron en el mostrador que Ana Soloír acababa de marcharse. Se relajó. Si hubiese sido grave estaría todavía aquí -pensó-. La llamó al móvil y ésta lo tranquilizó con una pregunta.: -Cariño, ¿Has ido hoy al baño?.

-No -le respondió él- ¿Por qué?

-Para que cuando vayas no te asustes si la caca te sale ensangrentada, es de lo que cenamos anoche. No te puedes imaginar lo ridícula que me he sentido cuando el médico me preguntó por lo que había comido en las últimas venticuatro horas. Le dije que lo último que comí fue sangre encebollada , no te imaginas lo ridícula que me sentí cuando con tono de superioridad me dijo que yo era hipocondríaca y que me tomase un valium para relajarme. Soy una idiota ¡Mira que no haberme dado cuenta...!

-No eres idiota -le dijo Paco riéndose a carcajadas- . Si no me lo llegas a contar , yo me habría asustado también. Tú lo que eres es mi pequeña princesa a la que adoro y de la que estoy muy enamorado. Y a la que esta noche, cuando vuelva a casa, le voy a hacer el amor como nunca antes te lo habían hecho. ¡Vampiresa comedora de sangre...! ¡Te quiiero

-Pues no vayas a tardar mucho esta noche porque no podré soportar tanta espera -le dijo Ana con arrumacos- Yo también te quiero, tesoro mío, ya te diré cómo quiero que me lo hagas...

Se dijeron hasta luego. Ana se fue a su despacho a terminar un trabajo que tenía que entregar el lunes siguiente, sin dejar de reírse por la anécdota tan subrealista que acababa de sucederle. Lo mejor es vivir el presente minuto a minuto -pensó- porque de repente se se te puede presentar algo que te lo trastoque todo. En esta ocasión tuvo suerte .


Volvió al presente y se alertó cuando vio que la hemorragia continuaba y el agua de la ducha resbalaba por sus piernas cada vez más roja. Se pasó la mano por la vagina, aquello parecía una tubería rota por cuya ranura se escapaba el líquido. Intentó salir apretando la esponja contra la vulva, pero al levantar la pierna para abandonar la bañera sintió cómo algo espeso le salió del cuerpo de un taponazo. Sentía mucho frío. Los oídos le sonaban como un nido de chicharras. Como pudo cogió el móvil que lo tenía sobre el lavabo y llamó al primer número que salió en la agenda.

-¡Diga! -contestó Purificación medio dormida, también ella estuvo de vierninis y le apetecía pasarse el día en la cama-.

-¡Me muero...ayuda! -dijo y se desmayó-.

-Purificación se puso las gafas, que las tenía sobre un libro, en la mesilla de noche , para identificar el número de la llamada. Saltó de la cama al ver que era Ana quien pedía ayuda. La llamó para asegurarse, pero el teléfono daba comunicando. Sin detenerse a pensar se puso lo primero que vio y sin ni siquiera peinarse, cogió el bolso y salió disparada. Para no entretenerse en ir a buscar su coche, cogió un taxi que vio al salir del portal.. Casi se desmaya cuando , al llegar, se encontró con un cuerpo inerte envuelto en sangre.. Ahogó un grito con ambas manos y estuvo a punto de caer al suelo cuando al acercarse a su jefa para ver si estaba viva, resbaló con una bola de sangre que había junto a la bañera.. Comprobó que aún respiraba y sin detenerse a nada más, pidió una ambulancia.

Habían pasado ya tres horas, desde que Paco llamó a su mujer, para decirle que no limpiase la casa, que él se encargaría de hacerlo por la tarde. Los ensayos estaban saliendo muy bien y estaría listo para la hora del almuerzo. No se alertó porque no le cogiese el teléfono, seguramente estaría dormida, pensó, así que no volvió a insistir para no despertarla. Limpiaría todo y cuando ella se levantase, se llevaría la sorpresa al ver todo reluciente.

A Purificación, con el ataque de nervios, se le quedó olvidado el teléfono en casa de Ana.. No quiso moverse del hospital hasta conocer el estado en que se encontraba. Su ansiedad aumentaba por minutos porque era consciente de que aún no había llamado a Paco y éste se enfadaría mucho cuando le dijese, después de varias horas, que su mujer había sufrido un aborto acompañado de una fuerte hemorragia.

Dos horas después de la llegada al hospital y de que Ana fuese llevada a la sala de opraciones, salió el médico preguntando por familiares de ésta. Purificación se acercó al cirujano presurosa e inquieta:

-Buenas tardes, doctor, no hay ningún miembro de su familia aquí, pero trabajo para ella y fui yo quien la encontró en su casa inconsciente. ¿Cómo está? -Preguntó ansiosa por conocer su estado-.

-Está bien. Ha sufrido un aborto de ocho semanas. La hemorragia ha sido considerable. Hemos tenido que ponerle dos litros de sangre. Y practicarle un legrado para limpiar todo bien. Si la evolución es adecuada, el lunes estará en casa.

-Pero ella cómo está? -quiso saber la empleada-..

-En estos momentos está en observación y dentro de media hora la pasaran a planta. No se preocupe, todo ha quedado en un susto -explicó el médico amablemente-.

-Muchas gracias, doctor. Yo voy a ir a casa a recoger mi teléfono, que se me quedó olvidado con las prisas, para poder llamar a su marido, si hay alguna novedad llamen al dieciséis y me localizarán enseguida. De todas formas no tardaré mucho en volver.

-No se preocupe, la paciente está en buenas manos, no es necesario que esté usted aquí. Váyase tranquila y, buenas tardes - dijo el médico, marchándose hacia la zona de observación-.

-Buenas tarde y gracias por todo -dijo ella nuevamente y se marchó a toda prisa para localizar a Paco cuanto antes.

Paco había llegado a casa sin hacer ruido. Cerró la puerta del salón que daba al pasillo en el que se encontraban los baños y el resto de las habitaciones para no despertar a su mujer. Dejó las llaves sobre el mueble que estaba en la entrada y colgó el maletín en el perchero. Entró en la cocina que estaba al otro lado del salón y se sirvió un vaso de “Aguas de Carcajadas” algo revolucionario que habían descubierto unos científicos de la Universidad de Málaga, gracias a lo cual se curaban la mayoría de las enfermedades y se retrasaba el envejecimiento. El índice de mortalidad bajó un ochenta por ciento, en muy poco tiempo y la edad media de vida se puso en ciento diez años, fue un auténtico milagro tal descubrimiento. Los padres de la fórmula seguían trabajando para mejorarla., pues su pretensión era eliminar completamente el deterioro físico que se producía con los años. No comió nada. Prefirió limpiarse el hígado y el colon con el agua y eliminar la toxina acumulada durante toda la semana y por el exceso del vierninis. Se quitó la ropa y la echó en la cesta que estaba en el lavadero, se colocó una camisola y se dispuso a ordenar el desaguisado que dejaron él y sus amigos la noche anterior. Lo primero que hizo fue meter los cacharros en el lavavajillas y programar el "Limpiabot" , una máquina con varios brazos de distintos tamaños y funciones, para limpiar la cocina. Las manos electrónicas debidamente informatizadas, comenzaron a trabajar como si fuesen humanas, dejando todo impecable. El Limpiabot era algo tan imprescindible en las casas como la lavadora o el televisor, este último también evolucionó muchísimo, físicamente, ya no existía la pantalla como tal, a través del mando se proyectaba en la pared, la programación,al tamaño deseado. Toda una revolución tecnológica que a Paco le fascinaba, no se hacía a la idea de vivir sin su súper máquina a la que bautizó con el nombre de Paca. Estaba observando cómo su adorable Paca frotaba los azulejos cuando escuchó la cerradura de la puerta de la calle. Se sorprendió al ver aparecer a Purificación porque ésta, los fines de semana no trabajaba. Llegó muy acelerada y aunque se alegró al ver allí a su jefe, no pudo evitar estallar en un llanto nervioso.

-¡Dios, cómo me alegro de encontrarte aquí! -dijo con la garganta seca de tanto como había corrido para ir a buscar su teléfono y poder llamar a Paco, afortunadamente no haría falta-.

-¿Qué es lo que te pasa Puri? Siéntate aquí y te calmas - le dijo Paco alarmado ofreciéndole una silla.

-¡Ay, dame un vaso de agua, por favor, que vengo con la boca traspillada y ahora te cuento lo que ha ocurrido.

Paco abrió una botella y le llenó un vaso, se lo puso en la mano y ésta se lo bebió del un tirón. Tomó aire y comenzó a relatarle lo sucedido sin dejar de llorar, se estaba descargando de tanta tensión acumulada durante todo el día. A pesar de que la situación era delicada, no pudo soportar que Paco le dijese "Puri", odiaba que la llamaran así. Le recordaba una maestra de la infancia que le hizo la vida imposible., en la escuela.

-Por cierto, no me vuelvas a llamar Puri que me pongo histérica , me bloqueo y no doy pie con bolo.

-Perdona, no me he dado cuenta, a lo mejor ha sido por abreviar -le dijo Paco delicadamente-. ¡Sigue., sigue, por favor!

Sonó el móvil de Paco y en ese instante Purificación se dio cuenta de que tenía que coger el suyo no fuera a ser que se le olvidase otra vez. Mientras Paco atendía la llamada, ella fue al salón a buscarlo y no lo encontró, de repente se acordó que lo dejó sobre el lavabo, después de llamar a urgencias. Al cogerlo vio que junto al suyo estaba también el de Ana todo manchadio de sangre. No podía volver al hospital. Tenía que limpiar todo aquello. Quería mucho a su jefa, pero ésta tenía a su familia y ella hacía falta en la casa para ponerla en orden, de lo contrario el lunes , estaría todo seco y el hedor sería nauseabundo.

Después de hablar con el dueño del teatro, Paco llamó a su suegra para contarle lo de Ana y quedaron en que él la recogería camino del hospital.
Cuando Purificación volvió a la cocina, se lo encontró vestido, se había puesto la misma ropa que hacía un rato depositó en el cesto , estaba limpia y no quiso entretenerse en buscar otra. Ella le dijo que no le acompañaría porque era necesario limpiarlo todo. Él estuvo de acuerdo y fue al baño antes de marchar . Se impactó al ver todo ensangrentado y se dirigió raudo al del cuarto de al lado. Se lavó la cara,; se peinó; se cepilló los dientes y dio un puñetazo sobre el mármol del lavabo mientras ahogaba sus palabras entre sollozos -¿Por qué... por qué...?-. Respiró profundo, se secó los ojos y se despidió de Purificación con un beso de agradecimiento.

Cuando llegaron al hospital , Ana, ya estaba en la habitaciión. Gracias a la transfusión había recuperado las fuerzas y el color rosado de sus mejillas. Gracias a las nuevas técnicas no sentía molestias por la operación. Le estaban colocando un suero y se emocionó al ver entrar a su madre y su marido.

-¿Cómo estás, cielo? -le dijo Paco besándola tiernamente -.

    -Viva -le contestó ella con el humor y la ironía que la caracterizaban-.
    -¡Hija, qué susto me he llevado cuando me ha llamado Paco! ¿Qué ha pasado? ¿Cómo no me habías dicho que estabas embarazada? -le dijo su madre dándole un abrazo-.

-Porque yo tampoco lo sabia, mamá-. Tú sabes que no queremos hijos, tenderemos que ver qué ha pasado porque yo estoy esterilizada.

Paco se sentó a su lado y le cogió la mano. La amaba tanto que no quería imaginar cómo sería de su vida sin ella.

A las diez, después de andar debatiendo sobre quién se quedaría acompañando a Ana se pusieron de acuerdo en que lo hiciese Enriqueta, la madre de ésta, así tendría la oportunidad de estar más tiempo con su hija. A Paco no le agradaba mucho la idea, pero se resignó pensando que podría dormir mejor en su casa, ya que no habia dado ni una cabezada desde el jueves. De paso aprovecharía para informar a los amigos y a Ismael Castillo, al que habían invitado a pasar el domingo en el campo con ellos.

A la mañana siguiente, sobre las ocho, antes de que llegase Paco, Ana ,se dio una ducha y se arregló un poco el pelo, realmente, no daba la impresión de estar hospitalizada. Después de salir ella, entró su madre para refrescarse la cara y peinarse, no necesitaba mucho para estar guapa, era bellísima y de cualquier manera deslumbraba. Tuvo suerte de recoger algunas cosas de aseo mientras Paco llegaba a recogerla y gracias a eso pudieron cepillarse los dientes y el cabello. A las nueve les trajeron el desayuno y a las diez , cuando Paco llegó, estaban las dos sentadas charlando sobre sus cosas.

-Buenos días ¿Cómo está la mujer más guapa del mundo? - dijo Paco portando un ramo de rosas y una caja de bombones.-.

-¡Vaya, qué detalle! -dijo Ana-. Estoy estupenda, como si no me hubiese pasado nada. Ojalá me diesen el alta hoy.

-Eso depende de cómo te vea el médico por dentro, cariño, no tengas prisa por marchar, te imaginas que estás en un hotel y de paso te relajas -le dijo él dándole otro beso cargado de ternura.

-Enriqueta y tú... ¿cómo has pasado la noche? -preguntó a su suegra que miraba embobada , la delicadeza , con que su yerno trataba a su hija-.

-De maravilla, desde que los acompañantes tienen derecho a cama, es un gustazo quedarse con un enfermo. Parecía en el dos mil doce que la Seguridad Social se iba a acabar y gracias al Mnifiesto ha mejorado más todavía. -le contestó Enriqueta-. Eso se lo debemos a vuestra iniciativa.

-Es que tienes un yerno que no te lo mereces, mami -dijo Ana sin soltar la mano a su marido y haciéndole un guiño-.

-Creo que deberías irte a casa y descansar ya que estoy aquí. Te prometo que cuidaré bien de tu hija – le dijo Paco a Enriqueta , bromeando, sin parar de acariciarle el pelo y besar a su mujer.

-Me parece genial, tortolitos, así os dejo un rato solos para que os hagáis carantoñas. No hay mal que por bien no venga. Siempre os quejáis del poco tiempo que tenéis para estar juntos y mira por donde se ha presentado esto para que paséis el día solitos -dijo Enriqueta con complicidad.

Mejor que no hubiese abierto la boca, porque en cuanto terminó la frase, llamaron a la puerta y entraron las amigas de Ana cargadas de flores y chucherías.

-¡Buenas, ¿Cómo está nuestra reina? - preguntó Trini que fue la primera en pasar.

-Hola, guapas, estoy como una rosa -dijo Ana muy contenta al ver aparecer a sus amigas- ¡Qué alegría que hayáis venido!

-Oye, qué calladito te tenías lo del embarzo -le dijo Carla.

-Tan calladito que no lo sabía ni yo -contestó Ana con humor.

-Nos hemos llevado un susto de muerte, pero ya pasó todo, afortunadamente todo ha salido bien -dijo Enriqueta, su madre, mientras saludaba al resto de las chicas.

-Cuéntanos lo ocurrido -le dijo Pilar-. Porque tu marido no ha sido muy explícito, por teléfono, por cierto Paco, los chicos están en la sala de espera, baja a tomar un café con ellos, y luego subís que hoy hacemos aquí el picnic. Hemos traído bocadillos y los niños hacen extra de hotel, ya los recompensaremos otro día y ahora tenemos que hablar cosas de mujeres, bájate con tus amigos.

-Sí, sí baja y que luego suba también el morenazo argentino uno que venía con Eugenio y que quita el hipo, un tal Ismael...-dijo Lourdes sin poder acabar la frase porque fue interrumpida por la risa guasona de sus amigas.

-Vaya, vaya, con Lourdes, el viernes nos pedía tiempo para vivir el duelo de su separación y le ha bastado ver un tío macizorro para que se le quiten las penas de golpe.

-¿De quién habláis? -preguntó Ana.

-De Ismael Castillo, -dijo Paco interrumpiendo a las féminas mientras se ponía la chaqueta-. Es un periodista argentino, amigo de Eugenio desde hace años, se encontraron, por casualidad , el viernes en la calle , le propuse que lo invitase a pasar el vierninis con nosotros y aceptó. Viene a hacer un trabajo sobre el Manifiesto y a arreglar asuntos familiares, por lo visto su abuelo era español.

-¡¡¿Quéeeee?!! - dijeron todas al unísono-. Cuenta, cuenta, Paquito, cómo es ese bombón .

-Os vais a tener que esperar hasta que suba porque ahora tenéis que hablar de cosas de mujeres . Chaíto y quedaos con la intriga.-dijo Paco socarrón y salió de la habitación.

Enriqueta decidió quedarse, a petición de las chicas, de todas formas no tenía nada más importante que hacer que estar con su hija y como se llevaba estupendamente con las amigas de ésta, sería un buen momento para disfrutar de su agradable compañía, con ellas la diversión, siempre estaba asegurada. El vierninis lo pasó en casa de su cuñada, como la suya estaba limpia y nadie la esperaba, porque su marido estaba de viaje, por motivos de trabajo, no tenía excusa para irse, además, no estaba cansada porque durmió bien la noche anterior y ya tendría tiempo, más tarde, de ponerse ropa limpia y tomar un buen baño. Cerró la puerta para que no les llamasen la atención si subían el tono de voz y se integró en la charla como una amiga más.


En poco más de una hora departieron sobre varios temas, embarazos, cine, libros, actualidad, el inesperado aborto de Ana y el susto vivido por todos, pero lo que más hicieron fue, especular a sus anchas sobre el atractivo periodista y de las ganas que tenían de que subiera a la habitación para recrearse con él. Así que, con la excusa de que Ana estaba agotada y querían dejarla descansar, llamaron a los chicos para comer un sandwich con ella y marcharse pronto.
Inmediatamente, después de la llamada, subieron todos. Eugenio presentó Ismael a las chicas y si Ana se encontraba mejor, se curó del todo al contemplar semejante monumento. La presencia del argentino iluminó ,no sólo la habitación, el hospital y Madrid entero. Al llegar el turno de Enriqueta, ésta tuvo la sensación de que ese aura le recordaba a alguien , era como si lo hubiese visto antes y no recordaba dónde.

-Encantado, señora, Ismael Castillo, para servirle -dijo éste con gentileza.

-Igualmente, señor, Enriqueta Castillo para servirle -dijo ella sonriendo amable-. ¡Vaya casualidad...! Los dos nos apellidamos lo mismo.

-Sí, es casualidad, pero teniendo en cuenta que mi abuelo era español, no debería serlo tanto. Él también se llamaba Ismael Castillo como yo, bueno, más bien al revés, yo me llamo como él.

-A lo mejor sois parientes -dijo Lucía haciendo un guiño picaron a Enriqueta que inmediatamente contestó-.

-Dios mío, mi padre tenía un hermano que se fue de España muy joven y del que siempre nos hablaba mucho, pero no recuerdo el nombre. Cuando llegue a casa llamaré a mi prima Lucrecia a ver si ella se acuerda del nombre. Por apellidarnos igual no tenemos por qué ser de la misma familia, pero en esta vida todo es posible, mayores casualidades se dieron ¿No le parece? - le dijo Enriqueta_.

-Sin duda, y además, a mí me haría usted un enorme favor porque yo , entre otras cosas, he venido a España a buscar a la familia de mi abuelo. Se lo debo. Siempre me contaba cosas de su país y murió con la pena de no volver a ver a los suyos, sobre todo a su madre a la que adoraba -dijo Ismael-.

-Si le parece, como ahora no es el momento de esta conversación, no quiero acapararle para mí sola, podría darme su teléfono y si averiguo algo le llamo y quedamos para para hablar -dijo Enriqueta con amabilidad y encantada de poder ayudarle en su búsqueda-.

-Perfecto -dijo Ismael ilusionado ante la posibilidad de que pudiera ocurrir ese milagro, le dio su número de teléfono y se integraron en la conversación con los demás.


-Mi abuela -dijo Trini-, tenía familia en Argentina. Una vez vino al pueblo el hijo de su primo para visitar España y conocer a los parientes. Era un hombre joven y soltero, muy atractivo. Mi tía, que también estaba soltera, se enamoró de él nada más verlo. Todos en casa se hicieron ilusiones, pensaban que tenía dinero y que sería un buen partido para mi tía, daban por hecho que se había fijado en ella por la delicadeza con que la trataba, lo que no sabían es que todos los argentinos tenían ese toque meloso. Mi abuela vendió diez sacos de trigo que tenía almacenados y un bidón lleno de aceite hasta el filo, habían molido dos tareas de aceitunas y se deshizo del oro líquido, la reserva de aceite para todo el año, para camelar al garañón. Necesitaban demostrar a su primo que su hija era un buen partido. Se gastaron un dineral en ponerle en la mesa los mejores platos y comprar regalos para que se los llevase a los suyos. Como era un vividor, se dejó querer y oliéndose lo que se le venía encima, con el pretexto de que tenía que arreglar unos papeles urgentemente, se marchó cargado y nunca más le vieron el pelo.

-¿Qué pasó con tu tía? -preguntó Ana-.

-Mi tía se casó con un viudo que tenía dos hijos, porque cuando quiso darse cuenta, después de pasarse los días esperando, aunque fuese una postal de Argentina, ya se le había pasado el arroz y tuvo que casarse con el primero que estuvo dispuesto a convertirse en su esposo. El pobre hombre se murió al año de casados de un infarto, así que, ella no tuvo que fingir durante mucho tiempo un amor que no sentía, eso es lo único bueno que sacó de toda esa historia -contestó Trini-.

-Ay hija, no seas bruta -le dijo Lucía- ¡Pobre hombre!

-Peor es que se casen contigo sin quererte, para eso mejor morirse - dijo Trini-.

-No divagues, Trini -dijo Paco- por encima de todas las cosas, lo mejor es estar vivo.

-Y casarse enamorada, pienso yo. Si ese cabrón no la hubiese ilusionado, mi tía no se habría casado con un viudo, sin quererlo y habría tenido sus propios hijos -dijo Trini resentida, como si hubiera sido ella la despechada-.

-Pero ¿Tú estás segura de que el pariente argentino alimentó sus esperanzas antes de marchar, o las ilusiones y fantasías sólo estaban en la mente de tu tía? -preguntó Alfonsa-.

-A mí me contó mi madre que lo que es decir, él nunca le dijo nada, pero que todos notaban cómo la miraba y le gastaba bromas todo el tiempo -le contestó Trini-.

-Pero eso no quiere decir nada. Cuando alguien nos gusta o nos enamoramos, automáticamente, pensamos que somos correspondidos, nos sentimos como adolescentes tengamos la edad que tengamos y fantaseamos, nos formamos tal película en nuestra mente que nos impide ver la realidad. Yo no digo que ese pariente vuestro no fuese un cara dura, pero a lo mejor tu abuela se excedió como anfitriona y él no hizo más que recibir lo que le ofrecían -dijo Ana -.

-A lo mejor el pobre hombre se asustó cuando olió el percal y
salió pitando sin decir nada para no hacer daño a quienes tan bien lo habían tratado. Todo esto es hablar por hablar, la verdad sólo la sabe él -dijo Carla-.

-Yo espero que no me suceda algo igual cuando encuentre a mi familia española, no he venido, ni mucho menos a abusar de ninguna mujer -dijo Ismael tímido y sonriendo-.

-Eso es lo que quisieran muchas, que abusara de ellas un argentino tan guapo -dijo Paco irónico, rascándose la ceja y frunciendo el ceño-.

-Bueno, vamos a dejar esta conversación porque vamos a asustar al pobre hombre, que nos hable un poco de las razones por las que ha venido a España y no cuente cosas de su adorable tierra -dijo Enriqueta apaciguando al personal-.

Ismael le contó cosas de su familia, de su trabajo, de su abuelo y todos, mejor dicho, todas, escuchaban embobadas la boca tan apetecible de la que salían unas palabras que ni siquiera escuchaban porque lo único que pasaba por sus cabezas era que desde ese mismo instante ya no habría paz para sus hormonas. 



-Y casarse enamorada, pienso yo. Si ese cabrón no la hubiese ilusionado, mi tía no se habría casado con un viudo, sin quererlo y habría tenido sus propios hijos -dijo Trini resentida, como si hubiera sido ella la despechada-.

-Pero ¿Tú estás segura de que el pariente argentino alimentó sus esperanzas antes de marchar, o las ilusiones y fantasías sólo estaban en la mente de tu tía? -preguntó Alfonsa-.

-A mí me contó mi madre que lo que es decir, él nunca le dijo nada, pero que todos notaban cómo la miraba y le gastaba bromas todo el tiempo -le contestó Trini-.

-Pero eso no quiere decir nada. Cuando alguien nos gusta o nos enamoramos, automáticamente, pensamos que somos correspondidos, nos sentimos como adolescentes tengamos la edad que tengamos y fantaseamos, nos formamos tal película en nuestra mente que nos impide ver la realidad. Yo no digo que ese pariente vuestro no fuese un cara dura, pero a lo mejor tu abuela se excedió como anfitriona y él no hizo más que recibir lo que le ofrecían -dijo Ana -.

-A lo mejor el pobre hombre se asustó cuando olió el percal y
salió pitando sin decir nada para no hacer daño a quienes tan bien lo habían tratado. Todo esto es hablar por hablar, la verdad sólo la sabe él -dijo Carla-.

-Yo espero que no me suceda algo igual cuando encuentre a mi familia española, no he venido, ni mucho menos a abusar de ninguna mujer -dijo Ismael tímido y sonriendo-.

-Eso es lo que quisieran muchas, que abusara de ellas un argentino tan guapo -dijo Paco irónico, rascándose la ceja y frunciendo el ceño-.

-Bueno, vamos a dejar esta conversación porque vamos a asustar al pobre hombre, que nos hable un poco de las razones por las que ha venido a España y no cuente cosas de su adorable tierra -dijo Enriqueta apaciguando al personal-.

Ismael le contó cosas de su familia, de su trabajo, de su abuelo y todos, mejor dicho, todas, escuchaban embobadas la boca tan apetecible de la que salían unas palabras que ni siquiera escuchaban porque lo único que pasaba por sus cabezas era que desde ese mismo instante ya no habría paz para sus hormonas. 


El martes, después de tres días en el hospital, Ana, fue dada de alta bajo la cálida y cariñosa compañía de su madre. Se encontraba estupendamente, dispuesta a retomar su actividad profesional. No estaba, en absoluto, traumatizada ni deprimida por el repentino aborto que la cogió por sorpresa y desprevenida. Fue un embarazo no deseado e inesperado, un hecho fortuito como cualquier otro que le hubiera podido acontecer, no dejaba de ser un caso aislado que no tendría trascendencia alguna en su vida individual ni de pareja, ya que los dos tenían muy claro que ser padres no estaba en sus planes.
Paco estaba en el teatro, faltaba poco para el estreno de la obra y andaba de cabeza, así que fue Pilar quien se encargó de ir a recogerlas a ella y a su madre, que no se había separado de su hija ni un momento.
Purificación estaba esperando en casa con la comida preparada porque las chicas quedaron para ir a comer todas juntas y así, celebrar el alta de Ana. Cualquier momento era bueno para quedar a comer, pero en esa ocasión había motivo más que suficiente, para brindar por la pronta recuperación de su amiga. Enriqueta no quiso quedarse, su hija estaba bien acompañada y ella necesitaba arreglar un asuntillo que tenía pendiente, así que, después de tomar un té con Purificación y admirar la cantidad de flores que habían enviado a casa amigos y compañeros, de Ana, sin demorarse más, se dispuso a llamar un taxi.

-Ni se te ocurra llamar un taxi que yo te acerco a tu casa en un santiamén -le dijo Pilar, insistiendo sinceramente-.

--Te lo agradezco de corazón, pero me voy más tranquila si te quedas con Ana mientras vienen las chicas, que Purificación bastante tiene con organizarlo todo.

-Mamá , que estoy bien, no soy una nena pequeña. Deja que Pilar te acompañe., no seas tonta, que lo hace con voluntad la pobre mía -dijo Ana -.

  • -Ni tu eres una niña ni yo una vieja, así que, cojo un taxi y no se hable más, de sobra sabe Pilar que se lo agradezco mucho pero, me sentiré mejor si se queda. ¿De acuerdo? -dijo Enriqueta con firmeza marcando el número del teletaxi.

-De acuerdo, cabezota, si siempre has hecho lo que te ha dado la gana y lo vas a seguir haciendo para qué vamos a discutir. Dame un beso y llámame cuando llegues. Te quiero mami. _ dijo Ana abrazando tiernamente a su madre-.

-Yo también te quiero, reina mía. Luego te llamo y me cuentas cómo lo habéis pasado. Adiós Pilar y sigue así de buena gente, gracias de todas formas. -Besó a Pilar y se dirigió a la cocina para despedirse de Purificación -. Me voy guapa, si necesitas algo no dudes en llamarme-.

-No te preocupes, tengo todo contralado. Me quedaré esta noche a dormir porque Paco está llegando tarde estos días con la preparación del estreno y mientras Ana se pone más en forma no quiero dejarla sola. Vete tranquila. -le dijo Purificación-.

-Eres un cielo, pero sólo tendrás que quedarte esta noche porque tengo que mirar un asunto importante. No tienes por qué sacrificar tu tiempo estando yo aquí. Dame un beso y mañana nos vemos, cuidate. -se despidieron y justo sonó su teléfono, el taxi la esperaba fuera.












CAPÍTULO OCHO

Ismael Castillo nació en Buenos Aires en el barrio porteño de La Boca, la cuna del tango. Un barrio multicolor de calles empedradas.
Sus abuelos paternos junto con sus hijos emigraron a La Argentina desde Génova en la época en que miles de familias italianas y españolas embarcaban rumbo a aquellas tierras huyendo de la miseria y del fascismo.
Muchos se instalaban cerca del puerto y construían sus viviendas con restos de madera y chapas que pintaban con los restos , de distintos colores, que les sobraba a los marineros después de pintar sus barcos . Allí , junto al mar, en la calle Caminito, vivió los años más inolvidables de su vida, allí hambre y sensualidad, baile y miseria, se juntaban los domingos para ir juntos de la mano. En medio de la calle aprendió a bailar el tango, el baile más sexual de todos los tiempos.

Su abuelo paterno del que heredó su nombre , su valentía y su atractivo, era un intrépido español que tuvo la suerte de escapar con vida de un pelotón de fusilamiento en un pueblo de Córdoba,al sur de España. Su astucia lo llevó , a hacerse el muerto cuando el tiro que le estaba destinado erró el camino y fue a dar en el brazo derecho del compañero que tenía a su izquierda. Nadie se dio cuenta porque se tiró al suelo haciéndose el muerto justo en el instante en que todos los demás cayeron inertes. Se quedó allí tumbado, sin apenas respirar, hasta que se hubieron marchado los fascistas que cometieron la escalofriante carnicería en la que murieron cincuenta hombres. Avanzada la noche, cuando el silencio de los muertos era lo único que se escuchaba en el tétrico cementerio, se levantó y corrió campo a través como alma que llevaba el diablo. Anduvo en dirección sur durante la noche y se escondía donde pillaba cuando comenzaba a clarear comiendo hierbas y bebiendo en los arroyos. Llegó a Málaga y desde allí partió como polizón en un buque mercante granelero que se dirigía al sur de Italia. Desembarcó en Génova y allí contactó y se unió al Comité de Liberación Nacional.
Fue en la CLN donde conoció a la que sería su mujer, Lucrecia, una guapa genovesa que estuvo muy ligada a la resistencia contra el fascismo y la ocupación nazi.
Se casaron en el año cuarenta y dos y cuando acabó la guerra en el cuarenta y cinco ya habían nacido sus dos hijos mayores. Luciano y Federico Castillo. En el cuarenta y se marcharon a Argentina , cuando Perón estaba en el poder.
Su familia trabajó muy duro en aquel país que a pesar de ser tan lejano tenía el carácter abierto y hospitalario de los italianos.
Su abuelo tuvo la suerte de dedicarse a la construcción durante los primeros años hasta que la cosa fue a peor y tuvieron que trabajar sus dos hijos mayores, con catorce y dieciséis años, ya que nacieron tres más y con el sueldo del padre no era suficiente para dar de comer a tantas bocas. La abuela, durante cuatro horas al día , cosía para un almacén especializado en trajes para para bailarinas de tango. Del dinero que sacaba iba guardando un poco en una hucha con la esperanza de poder regresar un día a Italia. Su marido ni mencionaba el volver a España, no sólo por que Franco gobernase allí, si no por una cosa que le ocurrió con su madre antes de la Guerra Civil.
Por las noches, después de cenar se sentaban al fresco recordando cosas de sus respectivas tierras. Ismael le pidió a su abuelo que le contase el motivo por el que no quería volver a España y éste en un momento de nostalgia y añoranza, de esas veces que se ponía triste y echaba terriblemente de menos a su madre,abrió su alma y echó fuera todo el dolor que le recomía por dentro y le arañaba las entrañas desde su juventud. 
Les contó con un tono amargo que cuando era muy joven en su pueblo, se iluminaban con la luz de un candil. Todo era oscuridad incluso en el alma de la gente por la precariedad en la que vivían. Él era uno de los muchachos más hermosos y gentiles que habitaban en su pueblo. Tenia dieciocho años, era el menor de cuatro hermanos e hijo de una familia de las menos desfavorecidas del lugar. Su padre tuvo la suerte de heredar unas tierras de sus abuelos, gracias a lo cual tenían las necesidades básicas cubiertas. 
Su madre, Encarna, era una atractiva mujer de pelo negro como el azabache, una hembra como las que pintaba Romero de Torres. A pesar de sus cuarenta y cinco años años era poseedora de una belleza que enloquecía a todo hombre que la viera por primera vez. Les dijo que más de uno abandonaron a sus novias o esposas para nunca más volver al pueblo porque no podían soportar el daño que les causaba contemplar la belleza embriagadora y cordobesa de la "Encarna". 
Además de su hermosura poseía un corazón inmenso, tan grande que era incapaz de echarse nada a la boca si sabía que algunos de sus vecinos tenían el estómago vacío. Cada día cocinaba una olla de comida y la repartía entre los necesitados.
Era una madre maravillosa, decía el abuelo, con lágrimas en los ojos, volcada en sus hijos, que eran su vida, especialmente en él que era el más sensible de los cuatro, todos varones. Felipe, el padre era un hombre bueno y trabajador, honrado e íntegro que nunca se oponía a los deseos de su familia.
Era atractivo y corpulento. Un andaluz de pura raza. A pesar de todo, Encarna no era todo lo feliz que se podía esperar dada su situación. 
Felipe se pasaba el día de sol a sol trabajando en el campo, junto con sus hijos Manolo y Mateo, el mayor, Diego, estaba casado y vivía en otra casa con su mujer y sus dos hijas.
Ismael,el abuelo, estaba en el molino de aceite donde la mayoría de las veces trabajaba hasta muy tarde. Cuando salía más temprano, después de cenar, se acomodaba junto a su madre delante de la chimenea y ésta le contaba historias de antepasados. En verano,cada noche, acudían a casa de su vecina Remedios y se sentaban al fresco debajo de la parra. Muchos días les amaneció a él y a sus vecinos recostados sobre los aparejos de los mulos devorados por las picaduras de los mosquitos.
Como no tenían televisión, ni radio, ni libros, buscaban la diversión de la manera que mejor sabían: Contar historias de espíritus y almas en pena. Eran tales las anécdotas de fantasmas que contaba la gente del lugar, que despertaban una curiosidad morbosa. Muchos eran adictos a los relatos de miedo, les gustaba la sensación que les producía escucharlos. Además, a qué se iban a aficionar si no existía en el pueblo otro entretenimiento y el miedo era gratis, así que se inyectaban una dosis de terror y a escuchar sus corazones acelerados por la carga de adrenalina.
Una noche, a las dos de la mañana volvía Ismael a su casa, después de haber estado trabajando en el molino de aceite todo el día, Ismael se paró en seco porque vio a lo lejos un bulto blanco, él era miedoso, pero su miedo se vio más acrecentado cuando aquella cosa anónima, por momentos encendía una minúscula luz que se hacía visible durante unos segundos. Ni las mejores historias de terror que le contara su madre, obtuvieron nunca resultados tan alucinógenos. El corazón se le salía por la boca, el miedo lo paralizó. Después de mucho dudar si seguir adelante o volverse en el camino, decidió avanzar y jugársela. Al llegar a la altura de aquella cosa una voz enérgica le dio el alto -¡Alto ahí, infiel! ¿Quién va? Las ánimas del purgatorio te ordenan que te vuelvas y te vayas por donde has venido.
No le cabía la menor duda de que se trataba de un fantasma y decidió hacerle frente diciéndole que no pensaba volverse y que diese la cara si tenía valor. Notó una sensación de orgullo desconocida en su interior, las endorfinas que se liberaron en su cuerpo le produjeron un bienestar adictivo cuando presenció la huida despavorida del fantasma cuesta arriba como un lobo malherido que corre hasta su refugio. Comenzó a reírse triunfante. ¡Un fantasma cobarde! -pensó- y se paró a encenderse un cigarro. 
Estaba deseoso de llegar a su casa para despertar a su madre y contarle lo ocurrido. Se quedó perplejo al ver que el fantasma estaba golpeando la puerta de su casa. ¿Qué está pasando aquí -pensó- ¿Qué hace llamando a mi casa? ¿Será que va a llevarse a alguien de mi familia por haberme atrevido a plantarle cara a un ánima del purgatorio? Jamás oyó decir a nadie que se hubiese enfrentado a un espíritu vagabundo y él, hombre de pocas luces, osó hacerlo. Escuchó cómo abrían el cerrojo de la puerta y se quedó atónito cuando apareció su madre y se abrazó al ente. No le cabía duda de que era ella porque nadie en su casa usaba camisón y ésta abrió la puerta en traje de dormir. Un escalofrío mortuorio lo sacudió. No podía dar crédito a lo que estaba presenciando, su madre y el fantasma se fundían en un abrazo prohibido, El espectro se convirtió en ser humano vivo y coleando, se quitó la túnica blanca y estuvo besando a su madre en el escalón de la puerta hasta que ella cauta miró a ambos lados de la calle y lo invitó a pasar. Cerró la puerta tras de sí y condenó a su hijo pequeño a permanecer a la intemperie hasta antes de que su marido y sus otros dos hijos llegasen del campo de coger garbanzos, a Ismael lo suponía en el molino, pero los cálculos le salieron mal, ni a soñar que se hubiese echado, podía haber imaginado, que su hijo preferido la estaría observando desde la esquina, en brazos de su amante. A la mañana siguiente no fue capaz de mirarla a la cara. Estaba callado y ausente. Por más que su madre le preguntó qué le ocurría, no fue capaz de salir de su mutismo, el mazazo de la noche anterior lo había dejado lelo. Su mito, su diosa, le había decepcionado. La persona a la que más quería en el mundo era a su madre y ésta se le cayó del pedestal en el que la tenía. ¿En quién confiaría a partir de ese momento fatídico? Maldijo la hora en que osó retar a aquel bastardo que lo llevó al silencio y a la amargura.
A la semana lo llamaron a filas. Liberado por fin del miedo que había albergado siempre y que lo hizo vivir con el corazón encogido, dándose cuenta que los verdaderos fantasmas son aquellos que llevamos en nuestro interior y nos paralizan impidiéndonos ser felices. Después de aquello se juró que nunca más se dejaría seducir por éstos, pero eso no le fue posible porque cada vez que se acordaba de su madre, se le aparecían los espectros de la añoranza y el remordimiento de no haberle escrito nunca ni una sola carta. Eso le reconcomía hasta lo más profundo de su ser.Es que no podía escribir ni una sola letra porque sólo de pensar que engañaba a su pobre padre con lo bueno que era no la podía perdonar. 
Por las noches, después de cenar, se sentaban al fresco recordando cosas de sus respectivas tierras. Ismael le pidió a su abuelo que le contase el motivo por el que no quería volver a España y éste en un momento de nostalgia y añoranza, de las veces que se ponía triste y echaba terriblemente de menos a su madre,abrió su alma y echó fuera el todo el dolor que le recomía por dentro arañándole las entrañas desde su más tierna juventud. 
Les contó con un tono amargo que cuando era muy joven en su pueblo se iluminaban con la luz de un candil. Todo era oscuridad incluso en el alma de la gente por la precariedad en la que vivían. Él era uno de los muchachos más hermosos y gentiles que habitaban en su pueblo. Tenia dieciocho años, era el menor de cuatro hermanos e hijo de una familia de las menos desfavorecidas del lugar. Su padre tuvo la suerte de heredar unas tierras de sus abuelos, gracias a lo cual tenían las necesidades básicas cubiertas. 
Su madre, Encarna, era una atractiva mujer de pelo negro como el azabache, una hembra como las que pintaba Romero de Torres. A pesar de sus cuarenta y cinco años años era poseedora de una belleza que enloquecía a todo hombre que la viera por primera vez. Contaba que más de uno abandonaron a sus novias o esposas para nunca más volver al pueblo porque no podían soportar el daño que les causaba el contemplar la belleza cordobesa y embriagadora de la "Encarna". 
Además de su hermosura poseía un corazón inmenso, tan grande que era incapaz de echarse nada a la boca si sabía que algunos de sus vecinos tenían el estómago vacío. Cada día cocinaba una olla de potaje y lo repartía entre los necesitados.
Era una madre maravillosa, decía el abuelo, con lágrimas en los ojos, volcada en sus hijos, que eran su vida, especialmente en el más pequeño, que era el más sensible de los cuatro, todos varones. Felipe, el padre era un hombre bueno y trabajador, honrado e íntegro que nunca se oponía a los deseos de su familia
.
Todos se quedaban acongojados escuchando las historias que contaba el abuelo sobre su familia española. Qué dolor para esa madre no volver a ver ni abrazar nunca más a su Ismael de alma, como solía decir al referirse al hijo que tanto quería y al que tan unida estaba. Y qué soledad la de él, lejos de todos los suyos. 
Su resentimiento pudo más que el amor hacia la que lo parió, pero a pesar de ello estuvo siempre en contacto con su amigo de la infancia, Antonio Luque, Antoñito para los amigos que lo mantenía informado sobre el estado de ella y del resto de la familia, prefería permanecer alejado de cualquier tentativa que pudiese ponerlo en contacto con su madre. Fue Antoñito quien le comunicó la la muerte de su madre y que ésta dejó en el notario una carta para él o, en su falta, para sus herederos.

-No entiendo a qué viene toda esta historia que me estás contando –dijo María interrumpiendo el relato de su compañera-.

-Calla –le respondió Lola-, no me interrumpas.

-Hija, pero es que te gusta tanto recrearte en los detalles... cuéntame ya de una vez, qué pasó después del polvo y por qué estabas llorando cuando llegué. 

-María, es muy fuerte lo que te tengo que contar. No sé si voy a tener fuerzas para hacerlo.

-Venga mujer, cuéntamelo, que me tienes con el alma en vilo

(En ese momento el reloj del cuco comenzó a dar las doce)

-Ya es tarde, mañana te lo cuento -dijo Lola-.

-¡De eso ni hablar! –gritó María- Tú no te mueves de aquí hasta que no me lo hayas contado todo!

-Ay… a ver… por dónde empiezo… (Lola se tapó la cara con las manos y, después de vacilar un rato, sacó fuerzas y empezó a hablar, serena). Verás, después de haberme llevado varias veces a las cumbres del placer… después de devorarme entera, de lamer cada centímetro cuadrado de mi piel… después, en fin, del desenfreno, Ismael encendió un cigarro y comenzó a contarme la historia de su familia. Yo lo escuchaba pacientemente hasta que, llegado un momento, pegué un salto de la cama, me vestí corriendo y salí de la habitación sin despedirme.

-Pero qué burra eres, Lola –dijo María riéndose-. ¿Tanto te aburrió la historia? Podrías haber sido un poco más sutil…

-Todo lo contrario –respondió Lola-. La historia que me contaba Ismael… era la de mi propia familia...

-¿Qué me estás contando? –Los ojos de María se abrieron como platos

-Lo que oyes, María, que mi abuela Encarnita dejó antes de morir una carta escrita para que algún día pudiera leerla su hijo Ismael, que se fue de casa y nunca supo más de él. 

-O su biznieto Ismael –María terminó de atar cabos mientras contemplaba cómo Lola se derrumbaba, hundiéndose en un llanto desconsolado-. Yo no veo la razón para llorar, después de todo Encarna era vuestra bisabuela y ni siquiera sois primos hermanos.

-El problema no es ese. La cosa es aún más seria -dijo Lola-. Mi bisabuela Encarna se quedó viuda seis meses después de marchar su hijo Ismael, estando embarazada de siete meses. El bisabuelo Felipe murió de pronto , la marcha de su hijo lo dejó muy deprimido y ahogaba las penas en vino y aguardiente. Un día que,tardaba demasiado en regresar del campo, todos los vecinos lo estuvieron buscando hasta pasada la medianoche que fue hallado debajo de un olivo, tieso como un palo, con los ojos abiertos y la cara morada. El médico dijo que el exceso de alcohol y pena habían debilitado demasiado su corazón. Dos meses después de enviudar, mi bisabuela tuvo una niña a la que llamó Dolores, que era mi abuela,por ella me llamo Lola. Sé que no es grave que Ismael y yo seamos parientes, lo grave es que él es el padre de mi hijo Andrés y mi hijo no lo sabe. 

-¿Por qué lo has mantenido en secreto tanto tiempo y no me lo habías contado, bruja? ¿Cómo has podido guardarte eso para ti sola -preguntó María alucinada-.¡Cómo eres, Lolita...!

-Nunca he querido recordar aquella historia, era demasiado dolorosa para mí, pero hoy se ha removido todo en mi interior porque Ismael está en España. Lo vi esta mañana en la estación de Lavapiés. Nos saludamos brevemente porque yo tenía prisa. Me dijo que había venido para hacer un reportaje sobre el Manifiesto y de paso ir al notario a recoger la carta de la bisabuela Encarna -dijo Lola preocupada-. 

-Pero Ismael no sabe que sois familia, ni que tu hijo es suyo ¿a qué viene tanta preocupación? -preguntó María-.

-Ya, pero es que si en esa carta se habla de la herencia, no sería buena madre si privo a mi hijo de lo que le pueda corresponder por parte de su padre?

-Mejor que ensayemos y me cuentas todo esto con pelos y señales otro día, ya son las dos de la mañana y no hemos hecho nada -dijo María-. Y no te crees que me voy a olvidar del tema, que en cuanto tengamos un rato, quiero saber qué pasó después del polvo que todavía no me lo has contado.

El reloj de la pared entonó dos veces: cucú
cucú...