martes, 9 de julio de 2013

CAPÍTULO OCHO

Ismael Castillo nació en Buenos Aires en el barrio porteño de La Boca, la cuna del tango. Un barrio multicolor de calles empedradas.
Sus abuelos paternos junto con sus hijos emigraron a La Argentina desde Génova en la época en que miles de familias italianas y españolas embarcaban rumbo a aquellas tierras huyendo de la miseria y del fascismo.
Muchos se instalaban cerca del puerto y construían sus viviendas con restos de madera y chapas que pintaban con los restos , de distintos colores, que les sobraba a los marineros después de pintar sus barcos . Allí , junto al mar, en la calle Caminito, vivió los años más inolvidables de su vida, allí hambre y sensualidad, baile y miseria, se juntaban los domingos para ir juntos de la mano. En medio de la calle aprendió a bailar el tango, el baile más sexual de todos los tiempos.

Su abuelo paterno del que heredó su nombre , su valentía y su atractivo, era un intrépido español que tuvo la suerte de escapar con vida de un pelotón de fusilamiento en un pueblo de Córdoba,al sur de España. Su astucia lo llevó , a hacerse el muerto cuando el tiro que le estaba destinado erró el camino y fue a dar en el brazo derecho del compañero que tenía a su izquierda. Nadie se dio cuenta porque se tiró al suelo haciéndose el muerto justo en el instante en que todos los demás cayeron inertes. Se quedó allí tumbado, sin apenas respirar, hasta que se hubieron marchado los fascistas que cometieron la escalofriante carnicería en la que murieron cincuenta hombres. Avanzada la noche, cuando el silencio de los muertos era lo único que se escuchaba en el tétrico cementerio, se levantó y corrió campo a través como alma que llevaba el diablo. Anduvo en dirección sur durante la noche y se escondía donde pillaba cuando comenzaba a clarear comiendo hierbas y bebiendo en los arroyos. Llegó a Málaga y desde allí partió como polizón en un buque mercante granelero que se dirigía al sur de Italia. Desembarcó en Génova y allí contactó y se unió al Comité de Liberación Nacional.
Fue en la CLN donde conoció a la que sería su mujer, Lucrecia, una guapa genovesa que estuvo muy ligada a la resistencia contra el fascismo y la ocupación nazi.
Se casaron en el año cuarenta y dos y cuando acabó la guerra en el cuarenta y cinco ya habían nacido sus dos hijos mayores. Luciano y Federico Castillo. En el cuarenta y se marcharon a Argentina , cuando Perón estaba en el poder.
Su familia trabajó muy duro en aquel país que a pesar de ser tan lejano tenía el carácter abierto y hospitalario de los italianos.
Su abuelo tuvo la suerte de dedicarse a la construcción durante los primeros años hasta que la cosa fue a peor y tuvieron que trabajar sus dos hijos mayores, con catorce y dieciséis años, ya que nacieron tres más y con el sueldo del padre no era suficiente para dar de comer a tantas bocas. La abuela, durante cuatro horas al día , cosía para un almacén especializado en trajes para para bailarinas de tango. Del dinero que sacaba iba guardando un poco en una hucha con la esperanza de poder regresar un día a Italia. Su marido ni mencionaba el volver a España, no sólo por que Franco gobernase allí, si no por una cosa que le ocurrió con su madre antes de la Guerra Civil.
Por las noches, después de cenar se sentaban al fresco recordando cosas de sus respectivas tierras. Ismael le pidió a su abuelo que le contase el motivo por el que no quería volver a España y éste en un momento de nostalgia y añoranza, de esas veces que se ponía triste y echaba terriblemente de menos a su madre,abrió su alma y echó fuera todo el dolor que le recomía por dentro y le arañaba las entrañas desde su juventud. 
Les contó con un tono amargo que cuando era muy joven en su pueblo, se iluminaban con la luz de un candil. Todo era oscuridad incluso en el alma de la gente por la precariedad en la que vivían. Él era uno de los muchachos más hermosos y gentiles que habitaban en su pueblo. Tenia dieciocho años, era el menor de cuatro hermanos e hijo de una familia de las menos desfavorecidas del lugar. Su padre tuvo la suerte de heredar unas tierras de sus abuelos, gracias a lo cual tenían las necesidades básicas cubiertas. 
Su madre, Encarna, era una atractiva mujer de pelo negro como el azabache, una hembra como las que pintaba Romero de Torres. A pesar de sus cuarenta y cinco años años era poseedora de una belleza que enloquecía a todo hombre que la viera por primera vez. Les dijo que más de uno abandonaron a sus novias o esposas para nunca más volver al pueblo porque no podían soportar el daño que les causaba contemplar la belleza embriagadora y cordobesa de la "Encarna". 
Además de su hermosura poseía un corazón inmenso, tan grande que era incapaz de echarse nada a la boca si sabía que algunos de sus vecinos tenían el estómago vacío. Cada día cocinaba una olla de comida y la repartía entre los necesitados.
Era una madre maravillosa, decía el abuelo, con lágrimas en los ojos, volcada en sus hijos, que eran su vida, especialmente en él que era el más sensible de los cuatro, todos varones. Felipe, el padre era un hombre bueno y trabajador, honrado e íntegro que nunca se oponía a los deseos de su familia.
Era atractivo y corpulento. Un andaluz de pura raza. A pesar de todo, Encarna no era todo lo feliz que se podía esperar dada su situación. 
Felipe se pasaba el día de sol a sol trabajando en el campo, junto con sus hijos Manolo y Mateo, el mayor, Diego, estaba casado y vivía en otra casa con su mujer y sus dos hijas.
Ismael,el abuelo, estaba en el molino de aceite donde la mayoría de las veces trabajaba hasta muy tarde. Cuando salía más temprano, después de cenar, se acomodaba junto a su madre delante de la chimenea y ésta le contaba historias de antepasados. En verano,cada noche, acudían a casa de su vecina Remedios y se sentaban al fresco debajo de la parra. Muchos días les amaneció a él y a sus vecinos recostados sobre los aparejos de los mulos devorados por las picaduras de los mosquitos.
Como no tenían televisión, ni radio, ni libros, buscaban la diversión de la manera que mejor sabían: Contar historias de espíritus y almas en pena. Eran tales las anécdotas de fantasmas que contaba la gente del lugar, que despertaban una curiosidad morbosa. Muchos eran adictos a los relatos de miedo, les gustaba la sensación que les producía escucharlos. Además, a qué se iban a aficionar si no existía en el pueblo otro entretenimiento y el miedo era gratis, así que se inyectaban una dosis de terror y a escuchar sus corazones acelerados por la carga de adrenalina.
Una noche, a las dos de la mañana volvía Ismael a su casa, después de haber estado trabajando en el molino de aceite todo el día, Ismael se paró en seco porque vio a lo lejos un bulto blanco, él era miedoso, pero su miedo se vio más acrecentado cuando aquella cosa anónima, por momentos encendía una minúscula luz que se hacía visible durante unos segundos. Ni las mejores historias de terror que le contara su madre, obtuvieron nunca resultados tan alucinógenos. El corazón se le salía por la boca, el miedo lo paralizó. Después de mucho dudar si seguir adelante o volverse en el camino, decidió avanzar y jugársela. Al llegar a la altura de aquella cosa una voz enérgica le dio el alto -¡Alto ahí, infiel! ¿Quién va? Las ánimas del purgatorio te ordenan que te vuelvas y te vayas por donde has venido.
No le cabía la menor duda de que se trataba de un fantasma y decidió hacerle frente diciéndole que no pensaba volverse y que diese la cara si tenía valor. Notó una sensación de orgullo desconocida en su interior, las endorfinas que se liberaron en su cuerpo le produjeron un bienestar adictivo cuando presenció la huida despavorida del fantasma cuesta arriba como un lobo malherido que corre hasta su refugio. Comenzó a reírse triunfante. ¡Un fantasma cobarde! -pensó- y se paró a encenderse un cigarro. 
Estaba deseoso de llegar a su casa para despertar a su madre y contarle lo ocurrido. Se quedó perplejo al ver que el fantasma estaba golpeando la puerta de su casa. ¿Qué está pasando aquí -pensó- ¿Qué hace llamando a mi casa? ¿Será que va a llevarse a alguien de mi familia por haberme atrevido a plantarle cara a un ánima del purgatorio? Jamás oyó decir a nadie que se hubiese enfrentado a un espíritu vagabundo y él, hombre de pocas luces, osó hacerlo. Escuchó cómo abrían el cerrojo de la puerta y se quedó atónito cuando apareció su madre y se abrazó al ente. No le cabía duda de que era ella porque nadie en su casa usaba camisón y ésta abrió la puerta en traje de dormir. Un escalofrío mortuorio lo sacudió. No podía dar crédito a lo que estaba presenciando, su madre y el fantasma se fundían en un abrazo prohibido, El espectro se convirtió en ser humano vivo y coleando, se quitó la túnica blanca y estuvo besando a su madre en el escalón de la puerta hasta que ella cauta miró a ambos lados de la calle y lo invitó a pasar. Cerró la puerta tras de sí y condenó a su hijo pequeño a permanecer a la intemperie hasta antes de que su marido y sus otros dos hijos llegasen del campo de coger garbanzos, a Ismael lo suponía en el molino, pero los cálculos le salieron mal, ni a soñar que se hubiese echado, podía haber imaginado, que su hijo preferido la estaría observando desde la esquina, en brazos de su amante. A la mañana siguiente no fue capaz de mirarla a la cara. Estaba callado y ausente. Por más que su madre le preguntó qué le ocurría, no fue capaz de salir de su mutismo, el mazazo de la noche anterior lo había dejado lelo. Su mito, su diosa, le había decepcionado. La persona a la que más quería en el mundo era a su madre y ésta se le cayó del pedestal en el que la tenía. ¿En quién confiaría a partir de ese momento fatídico? Maldijo la hora en que osó retar a aquel bastardo que lo llevó al silencio y a la amargura.
A la semana lo llamaron a filas. Liberado por fin del miedo que había albergado siempre y que lo hizo vivir con el corazón encogido, dándose cuenta que los verdaderos fantasmas son aquellos que llevamos en nuestro interior y nos paralizan impidiéndonos ser felices. Después de aquello se juró que nunca más se dejaría seducir por éstos, pero eso no le fue posible porque cada vez que se acordaba de su madre, se le aparecían los espectros de la añoranza y el remordimiento de no haberle escrito nunca ni una sola carta. Eso le reconcomía hasta lo más profundo de su ser.Es que no podía escribir ni una sola letra porque sólo de pensar que engañaba a su pobre padre con lo bueno que era no la podía perdonar. 
Por las noches, después de cenar, se sentaban al fresco recordando cosas de sus respectivas tierras. Ismael le pidió a su abuelo que le contase el motivo por el que no quería volver a España y éste en un momento de nostalgia y añoranza, de las veces que se ponía triste y echaba terriblemente de menos a su madre,abrió su alma y echó fuera el todo el dolor que le recomía por dentro arañándole las entrañas desde su más tierna juventud. 
Les contó con un tono amargo que cuando era muy joven en su pueblo se iluminaban con la luz de un candil. Todo era oscuridad incluso en el alma de la gente por la precariedad en la que vivían. Él era uno de los muchachos más hermosos y gentiles que habitaban en su pueblo. Tenia dieciocho años, era el menor de cuatro hermanos e hijo de una familia de las menos desfavorecidas del lugar. Su padre tuvo la suerte de heredar unas tierras de sus abuelos, gracias a lo cual tenían las necesidades básicas cubiertas. 
Su madre, Encarna, era una atractiva mujer de pelo negro como el azabache, una hembra como las que pintaba Romero de Torres. A pesar de sus cuarenta y cinco años años era poseedora de una belleza que enloquecía a todo hombre que la viera por primera vez. Contaba que más de uno abandonaron a sus novias o esposas para nunca más volver al pueblo porque no podían soportar el daño que les causaba el contemplar la belleza cordobesa y embriagadora de la "Encarna". 
Además de su hermosura poseía un corazón inmenso, tan grande que era incapaz de echarse nada a la boca si sabía que algunos de sus vecinos tenían el estómago vacío. Cada día cocinaba una olla de potaje y lo repartía entre los necesitados.
Era una madre maravillosa, decía el abuelo, con lágrimas en los ojos, volcada en sus hijos, que eran su vida, especialmente en el más pequeño, que era el más sensible de los cuatro, todos varones. Felipe, el padre era un hombre bueno y trabajador, honrado e íntegro que nunca se oponía a los deseos de su familia
.
Todos se quedaban acongojados escuchando las historias que contaba el abuelo sobre su familia española. Qué dolor para esa madre no volver a ver ni abrazar nunca más a su Ismael de alma, como solía decir al referirse al hijo que tanto quería y al que tan unida estaba. Y qué soledad la de él, lejos de todos los suyos. 
Su resentimiento pudo más que el amor hacia la que lo parió, pero a pesar de ello estuvo siempre en contacto con su amigo de la infancia, Antonio Luque, Antoñito para los amigos que lo mantenía informado sobre el estado de ella y del resto de la familia, prefería permanecer alejado de cualquier tentativa que pudiese ponerlo en contacto con su madre. Fue Antoñito quien le comunicó la la muerte de su madre y que ésta dejó en el notario una carta para él o, en su falta, para sus herederos.

-No entiendo a qué viene toda esta historia que me estás contando –dijo María interrumpiendo el relato de su compañera-.

-Calla –le respondió Lola-, no me interrumpas.

-Hija, pero es que te gusta tanto recrearte en los detalles... cuéntame ya de una vez, qué pasó después del polvo y por qué estabas llorando cuando llegué. 

-María, es muy fuerte lo que te tengo que contar. No sé si voy a tener fuerzas para hacerlo.

-Venga mujer, cuéntamelo, que me tienes con el alma en vilo

(En ese momento el reloj del cuco comenzó a dar las doce)

-Ya es tarde, mañana te lo cuento -dijo Lola-.

-¡De eso ni hablar! –gritó María- Tú no te mueves de aquí hasta que no me lo hayas contado todo!

-Ay… a ver… por dónde empiezo… (Lola se tapó la cara con las manos y, después de vacilar un rato, sacó fuerzas y empezó a hablar, serena). Verás, después de haberme llevado varias veces a las cumbres del placer… después de devorarme entera, de lamer cada centímetro cuadrado de mi piel… después, en fin, del desenfreno, Ismael encendió un cigarro y comenzó a contarme la historia de su familia. Yo lo escuchaba pacientemente hasta que, llegado un momento, pegué un salto de la cama, me vestí corriendo y salí de la habitación sin despedirme.

-Pero qué burra eres, Lola –dijo María riéndose-. ¿Tanto te aburrió la historia? Podrías haber sido un poco más sutil…

-Todo lo contrario –respondió Lola-. La historia que me contaba Ismael… era la de mi propia familia...

-¿Qué me estás contando? –Los ojos de María se abrieron como platos

-Lo que oyes, María, que mi abuela Encarnita dejó antes de morir una carta escrita para que algún día pudiera leerla su hijo Ismael, que se fue de casa y nunca supo más de él. 

-O su biznieto Ismael –María terminó de atar cabos mientras contemplaba cómo Lola se derrumbaba, hundiéndose en un llanto desconsolado-. Yo no veo la razón para llorar, después de todo Encarna era vuestra bisabuela y ni siquiera sois primos hermanos.

-El problema no es ese. La cosa es aún más seria -dijo Lola-. Mi bisabuela Encarna se quedó viuda seis meses después de marchar su hijo Ismael, estando embarazada de siete meses. El bisabuelo Felipe murió de pronto , la marcha de su hijo lo dejó muy deprimido y ahogaba las penas en vino y aguardiente. Un día que,tardaba demasiado en regresar del campo, todos los vecinos lo estuvieron buscando hasta pasada la medianoche que fue hallado debajo de un olivo, tieso como un palo, con los ojos abiertos y la cara morada. El médico dijo que el exceso de alcohol y pena habían debilitado demasiado su corazón. Dos meses después de enviudar, mi bisabuela tuvo una niña a la que llamó Dolores, que era mi abuela,por ella me llamo Lola. Sé que no es grave que Ismael y yo seamos parientes, lo grave es que él es el padre de mi hijo Andrés y mi hijo no lo sabe. 

-¿Por qué lo has mantenido en secreto tanto tiempo y no me lo habías contado, bruja? ¿Cómo has podido guardarte eso para ti sola -preguntó María alucinada-.¡Cómo eres, Lolita...!

-Nunca he querido recordar aquella historia, era demasiado dolorosa para mí, pero hoy se ha removido todo en mi interior porque Ismael está en España. Lo vi esta mañana en la estación de Lavapiés. Nos saludamos brevemente porque yo tenía prisa. Me dijo que había venido para hacer un reportaje sobre el Manifiesto y de paso ir al notario a recoger la carta de la bisabuela Encarna -dijo Lola preocupada-. 

-Pero Ismael no sabe que sois familia, ni que tu hijo es suyo ¿a qué viene tanta preocupación? -preguntó María-.

-Ya, pero es que si en esa carta se habla de la herencia, no sería buena madre si privo a mi hijo de lo que le pueda corresponder por parte de su padre?

-Mejor que ensayemos y me cuentas todo esto con pelos y señales otro día, ya son las dos de la mañana y no hemos hecho nada -dijo María-. Y no te crees que me voy a olvidar del tema, que en cuanto tengamos un rato, quiero saber qué pasó después del polvo que todavía no me lo has contado.

El reloj de la pared entonó dos veces: cucú
cucú...

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