martes, 9 de julio de 2013


CAPÍTULO DIEZ

Antonio Hidalgo esperaba inquieto en la habitación doscientos diez del Hotel Emperador Palace.No dejaba de mirar el reloj. Tenía que dar una clase de informática y Enriqueta se estaba retrasando demasiado, era la primera vez en cinco años que no llegaba puntualmente a la cita y si en media hora no se presentaba, tendría que marcharse sin verla. Estaba locamente enamorado de ella. Nunca antes había tenido relación con una mujer mayor que él, le sacaba quince años, pero le daba lo mismo, lo tenía cautivado con su belleza natural, su cutis limpio, sin maquillar, sin una sola capa de carmín en los labios. Al contrario de lo que solía suceder a la mayoría de los hombres, a él le excitaba muchísimo más, una cara limpia, sin aditivos. De todas las mujeres jóvenes con las que había tenido relación, ninguna lo enloqueció tanto como Enriqueta. Era, la mujer de su vida, la que siempre anduvo buscando, sin saberlo. Su belleza interior lo tenía cautivado,era tremendamente inteligente y eso era lo que más admiraba de una mujer. Sabía que con el tiempo el físico pasaba a un segundo plano, pero la esencia de la persona permanecía viva en el tiempo, claro que, en el caso de ella, se juntaban todos los elementos para ser perfecta porque poseía también una belleza física muy serena.
Se conocieron cuando ella se apuntó a un curso de Informática que él impartía y desde el primer momento saltó la chispa que los llevó al viaje de una pasión sin retorno. Ella estaba casada y en el momento que se enamoró de él se lo dijo a su marido y le pidió el divorcio, pero ambos llegaron a un acuerdo, porque a raíz de esto, su marido le confesó que hacía años se veía con otra veinte años más joven y se estaban planteando vivir juntos y formar una familia. A Enriqueta se le heló la sangre de inmediato. Llevaba años siendo una cornuda y ni se había dado cuenta. Cierto era que a veces lo notaba serio y distante, pero se lo achacaba al estrés del trabajo, mas cuando él le contó todo, se dio cuenta que quien le producía el mal humor era ella, ya que la amante trabajaba con él y más que estresarlo, le quitaba los nervios a fuerza de polvos. No se sintió culpable de haberse enamorado de Antonio, porque si eso ocurrió es porque el distanciamiento entre ambos ya era palpable. Hacía tiempo que era invisible para su marido y bastó un gesto caballeroso, por parte del profesor, para caer en sus redes perdida y despistada como un barbo.
Suerte tuvo de no hacer caso de la hostilidad encubierta y envidiosa de su compañera de curso, una tal Manuela que se se pasaba toda la clase riendo y haciéndose la simpática para enamorar al profesor, pero a Antonio no le gustaban las mujeres de vulgares y poco elegantes, charlatanas y molestando todo el tiempo con risas estentóreas, la falta de discreción de esa mujer, más que atraerlo por su atractivo, lo que hacía es incomodarle. Enriqueta se sentía la mujer más afortunada del mundo al haber sido elegida por él entre sus compañeras jóvenes y maduras. Todas se sentían perturbadas con la presencia del profesor, y a pesar de no tener ningún interés en la Informática, hubo una que quiso entrar en el grupo de las féminas para mostrar sus habilidades seductoras frente a las demás, pero no lo consiguió porque Antonio ya se había enamorado, hasta la médula, de Enriqueta.
Antonio se tomaba muy en serio las clases, era ameno, algo obstinado, pero inteligente y sencillo, una persona íntegra que quiso devolver a la sociedad lo que ésta le había dado "Cultura". Esas cualidades y su atractivo físico abanderado, moreno andaluz y algo asilvestrado, las traía a todas de cabeza.
Antonio fue a coger su chaqueta que estaba encima de la cama, para marcharse, cuando la puerta se abrió y entró Enriqueta sofocada pidiendo disculpas por la tardanza.

-Lo siento, cariño, no he podido llegar antes. Había mucho tráfico y, para colmo, el taxista que me ha traído se equivocó de carril y casi me lleva a Extremadura.

-Por favor, preciosa, ven aquí y dame un beso que he de marcharme. Tengo clase enseguida y sabes que no puedo cancelarla -dijo Antonio abrazándola apasionadamente y besándola con el deseo del que besa por primera vez.

-Lo siento, tesoro -dijo Enriqueta, mimosa-. Debí haber venido directamente desde el hospital, pero no quería que mi hija sospechase nada, y no tenía coartada creíble.

-No te preocupes, puedes esperarme aquí hasta que termine y luego vuelvo -dijo Antonio-. Tú sabes que me debo a mis alumnos, morena.

-Lo sé cielo, si me gustas más es por eso, tu integridad y tu compromiso, me excitan todavía más, pero hoy podías pasar de todo y quedarte aquí acurrucado a mi lado ¿No te parece? - Y lo besó apasionadamente metiéndole la mano por debajo de la camisa y acariciándole en círculo los pezones,cosa que a él le volvía loco que le hiciera.

-Suelta, suelta, no me líes que me voy a poner muy cachondo y no voy a poder concentrarme en la clase. Prometo volver pronto y si quieres podemos pasar aquí la noche...-dijo tierno y meloso.

-Mejor me voy porque según está el tráfico podrías venir muy tarde y estoy cansada, seguro que si te espero me encontrarías dormida. Dame un toque cuando salgas y hablamos para ver cuándo nos vemos. Mañana tengo que ir a casa de mi hija, no puedo, cariño, te echaré de menos... llámame esta noche y nos contamos -dijo Enriqueta cariñosa.

-¡Qué pena, preciosa, que tengamos que dejar la cama tan solita y triste...anda vamos que se hace tarde, ya le daremos alegría en otro momento -dijo Antonio y besándola apasionadamente y cogiéndola por la cintura se dirigieron a la puerta y apagando la luz a su paso, salieron en dirección al ascensor como si no se conocieran.

Enriqueta llegó a casa antes de lo que se hubiera imaginado, frustrada por no haber podido pasar la tarde con Antonio. Después de estar todo el día pensando en verlo, derretirse en sus brazos bajo calor de su masculinidad , al final, se fastidió todo por culpa del maldito tráfico y de la integridad de él. ¡Cómo odiaba que fuese tan legal y cómo la enamoraba a la vez que fuese así de comprometido con sus propios valores. Dejó las llaves sobre el mueble de la entradita. Se descalzó y fue directa a la cocina a prepararse un café y fumarse un cigarrillo. Dejó el bolso sobre la mesa de la cocina y al coger el paquete de tabaco tocó el móvil y pensó que sería un buen momento, para hacer una llamada que tenía pendiente, llamaría a su prima Lucrecia. Pero antes haría otra cosa. Sabía que cuando hablaba con Lu, así la llamaban todos en la familia, se podían pasar horas al teléfono, así que mientras se hacía el café se dio una ducha rápida y se puso cómoda para la plática. Se fue al sofá con su café y su cigarro y se acurrucó, cómodamente entre cojines, después de todo, ese ratito de cháchara con su prima a la que tanto quería,le vendría muy bien.
Marcó el número y enseguida sonó la voz de Lucrecia Castillo.

-¡Dígame!

-Hola, guapísima, soy Enri ¿Cómo está mi reina?

-¡Bruja, qué alegría me has dado! ¿Dónde te metes que hace más de un mes que no me llamas? Bueno, la verdad es que, yo tampoco te he llamado a ti. Me disculpo por la queja.

-Más te vale. Tú tan atareada como siempre. No hace falta que digas nada, si ya te conozco, si no es por una cosa es por otra, pero al final la que llama siempre soy yo.

-Vale, vale, lo sé. ¿Cómo estás, hija?

-Mejor que nunca. He estado unos días liadilla porque Ana ha tenido un aborto y no me he querido mover de su lado en el hospital.

-¡¿Qué me dices?! ¿Cómo está?

-Ya está en casa. Hoy le han dado el alta. Tuvo una fuerte hemorragia y al pillarle sola en casa casi no las cuenta, pero está estupenda. Le hicieron una transfusión y un legrado y a hacer vida normal.

-Yo pensé que ellos no querían ser padres.

-Ni quieren, lo que pasa es que se despistaron, confiaron demasiado en su método y ya sabes lo que pasa con esas cosas. El caso es que ni ella lo sabía.

-¿No echó de menos la regla?

-Mi hija es tan despistada que ni le echó cuenta. Anda siempre tan liada con su trabajo que pensó que era de la vida tan estresada que lleva. Pero, vamos, que está muy bien. No me he quedado esta noche con ella porque tiene allí a sus amigas y yo había quedado con Antonio.

-¡Qué suerte tienes, condenada! ¿Cómo está tu petit suise?

-Mejor que el yogur, sin azúcar, de mi marido. Me tiene loca. Para que luego digan que las maduritas ya no servimos para nada y que estamos muertas... Muertos, los del cementerio.

-No sigas que me vas a poner los dientes largos y me voy a tener que buscar yo otro yogurcín.

-No se trata de que sea o no un yogurcín, tú sabes que es lo de menos. Tu marido es un encanto y tiene sus añitos. Eso va con la persona. Antonio es muy maduro y muy inteligente, si tuviese veinte años más, también estaría enamorada de él. Claro que si a eso le sumas su cuerpo serrano...

-¡Cállate, no sigas …!

-Bueno, cambiando de tema. Hace unos días conocí un periodista argentino, por cierto, éste sí que está para mojar pan y chuparse los dedos, es de los que perturban a la más casta. Dijo que había venido a España para un trabajo sobre el Manifiesto y para buscar a su familia española. La cosa no tendría mayor trascendencia si no fuera porque se llama Ismael Castillo.

-¡Vaya, como nuestro tío el que se fue de joven fuera y nunca volvió! -dijo Lucrecía-. Mira que si es pariente nuestro.

-Por eso te he llamado, porque no estaba segura del nombre del tío. Ahora que ya sé cómo se llamaba estoy segura que es su nieto porque al verlo, su cara me resultaba familiar y debe ser que entre las fotos antiguas que tengo hay alguna del tío Ismael. Es más, espera que voy a coger el album de familia que está en la estantería y salimos de dudas.

Enriqueta se dirigió al cuarto en el que tenía el ordenador y los libros y cogió las fotos. Se dirigió al salón y mientras hablaba con su prima iba pasando las hojas hasta que apareció la fotografía que estaba buscando.

-¡Me he quedado helada! Ismael Castillo es indéntico al tío Ismael. No cabe duda que somos la familia española que él anda buscando.

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