martes, 9 de julio de 2013

Catalina Rivas: Faldas

Catalina Rivas: Faldas: Soy Catalina Rivas  y vas a oir hablar de mí.


CAPITULO UNO

Me levanté temprano. Más que de costumbre. Desde que me encuentro así, raro es el día que no tengo alguna prueba. Mi estado ha cambiado la vida de toda mi familia. Me siento culpable porque no quiero ser una carga para ellos. Sé que están a mi lado y lo hacen con mucho amor, pero cómo explicarles que soy responsable de lo ocurrido. Que todo comenzó el día que cogí el coche sin haber dormido en varias noches. Estaba cansada. Debí quedarme en casa. Tal vez hubiese sido la única manera de evitar el desastre que se me venía encima. Pero fue inevitable. En tan sólo unos segundos te cambia la vida. Muchas veces se cruzan cosas en nuestro camino sin que vayamos a buscarlas. Sé que no dormí, que no debí conducir. Si pudiese dar marcha atrás en el tiempo, lo haría un millón de veces. No puedo sacar de mi mente aquella madrugada lluviosa.

Carlos me dijo que me esperaba en Sevilla. Siempre dispuesta a cumplir sus deseos, me puse en marcha rumbo a Andalucía sin tener en cuenta que eran las cuatro de la mañana y que diluviaba. En ese momento no me importaba lo que estaba cayendo. Quería reencontrarme con él. ¡Deseaba tanto volver a verle!. Puse mi CD preferido de U2. En mi mente sólo tenía una cosa. Ese secreto tenía que acabar. Tanto misterio estaba acabando con mi salud física y mental. No podía seguir ni un día más con aquello. Cuando comenzó fue como un juego, pero se fue alargando hasta apoderarse de mi voluntad. ¿Quién puso en marcha aquella maquinaría aniquiladora?. no creo en el destino, por tanto, no puedo afirmar que fue éste quien pulsó el botón que la accionó para embuírme en una pesadilla de la que no podía escapar, abundantes mariposas sonámbulas que revoloteaban en mi estómago, pugnando por encontrar la salida, se encargaban de recordármelo.

-Bien, Paquita. Vamos a dejarlo por hoy. Mañana continuamos con la lectura de Mariposas. Es un libro muy lindo que habla de cosas lindas e inolvidables. Tuve que recurrir a la vecina Rufa para que le confirmara que para nada la rara soy yo -dijo doña Carmen a la lectora.

Paquita se asustó. Cada vez el alzheimer estaba más presente. Esas palabras inconexas y sin sentido, la inquietaban· Decidió seguir leyendo, alegando que la novela estaba tan interesante que no había motivo para dejar de leer tan pronto.

-Como quieras hija -contestó la escuchante estusiasmada-. Sigue leyendo. Si lo decía por ti. Te tienes que marchar y no quiero que se te haga tarde. Tu marido y tu hijo te esperan. Porque tú estás casada ¿Verdad?.

-No se preocupe doña Carmen. Yo leo y usted escuche tranquila, que la historia engancha. Y además, aún no tengo que irme, mi marido y mis hijos hace tiempo, que ya, no me esperan. Atenta que sigo.
-Sigue, sigue, que me encanta este libro -dijo doña Carmen ilusionada como una niña pequeña-.

Maldigo el día que dejé dormir en mi casa a mi sobrino Carlos. Acababa de llegar de París, ciudad en la que estuvo trabajando durante dos años. Paró en Madrid para verme. Siempre estuvimos muy unidos. De pequeño pasaba sus vacaciones escolares conmigo. Su madre, mi hermana, trabajaba y me lo endosaba a mí en agosto. No tenía con quién dejarlo y coincidía con mis vacaciones en el trabajo. Tuvo suerte de que yo no fuese aficionada a los viajes, porque así le podía dedicar todo mi tiempo. Era un niño encantador. Disfrutaba mucho visitando museos. Y yo más, porque los museos eran lo mío. Podía pasarme horas frente a un cuadro. Carlos debió heredar eso de mí. Juntos recorríamos museos, galerías de arte y cualquier exposición que hubiese en Madrid. Algún verano lo llevé a Toledo, Segovia, Ávila... Era como ir acompañada por una persona adulta. Su madurez me enorgullecía y a la vez me confundía. Hablaba con él de cosas que a lo mejor no eran muy apropiadas para un chico de su edad, tenía solamente dieciséis años cuando fuimos a Cuenca, parecía todo un hombre,alto, fuerte y con pelo barba incluido, por eso mi confusión me llevó a tratarlo de igual a igual. Nunca tuve claro dónde estaba la barrera de lo correcto y lo incorrecto. Como siempre fui muy díscola, no me paraba a pensar sobre qué era conveniente, o no, hablar con un adolescente. Me dejaba llevar por la pasión que Carlos ponía en las cosas y me contagié de su vitalidad y juventud. Mi sobrino siempre me tuvo muy cautivada.

-¡Dejamos los ensayos por hoy! -ordenó una voz masculina-. Mañana corregiremos algunas cosas. Tú, María, no te olvides de poner más más pasión y tristeza al leer, ten en cuenta que Mariposas es un drama de amor. Ahora me voy rápido porque tengo mucho que hacer. Nos vemos mañana a la misma hora.

Paco se despidió de sus actores y salió a la calle a toda prisa. Tenía que hacer unas compras y no quería que le cerrasen los comercios. Se dirigió a la Calle Preciados a comprar una falda que había visto el día anterior en una tienda india. Era una maxi y le vendría muy bien para esa noche. No tenía ganas de ponerse con la Sílkepil y esa falda hasta los pies le taparía la pelambrera. A pesar de haber sido uno de los impulsores de la campaña, Faldas, en la que se defendía la igualdad en el vestir entre ambos sexos, a aparte de otras muchas cosas, en ocasiones se arrepentía cuando se trataba de depilarse. En ese manifiesto defendían algo más que la metrosexualidad. Si las mujeres adoptaron en su día los pantalones, como símbolo reivindicativo, ellos tenían que llevar faldas. Después de meses de lucha y manifestaciones, lo consiguieron. Dicha tendencia conquistó el mercado de la moda con todas sus consecuencias.







CAPÍTULO DOS


Ana estaba en casa de Carla. Cada viernes se reunían en la de una de las amigas y esta vez lo hicieron en el chalet de la modista, aunque no era allí donde tocaba la cena,, pero, Paco, su marido, también tenía el encuentro de los viernes con sus amigos y coincidió, cosa que no solía ocurrir, que a ambos les tocaba en su casa. Para Ana no fue un problema cederle el apartamento a él. Así no tendría que limpiar al día siguiente. Si por algo odiaba esos festejos, es por cómo se quedaba todo. Al principio acordaron limpiar todas juntas antes de que el grupo se marchara, pero como estaban tan a gusto en sus tertulias, decidieron que cada una se encargase de limpiar la suya. Así se alargaba un poco más la fiesta. Claro que, de lo que Ana no se acordó hasta bien pasada la noche era de que Paco tenía ensayo en el teatro al día siguiente. Sin duda alguna, le tocaría limpiar, si no quería tener la casa revuelta todo el fin de semana, hasta que el lunes llegase Purificación , la gestora del orden y acomodación del hogar, ya lo decidiría al día siguiente.

Todas estaban en la cocina. Carla controlando el asado. Lourdes que era peluquera, por deformación profesional, le estaba criticando el pelo a Maribel, sugiriéndole un cambio de color y un nuevo corte. Maribel, a su vez, controlaba a Trini que, con su mirada lasciva de perra en celo, le estaba suplicando a gritos a ésta que le comiese el coño. Alfonsa, administrativa, consultaba a Lucía que era psicóloga un asunto sobre su hijo Nando. Todas entre sartenes, pero con la cabeza puesta en distintos temas. Sólo Ana se dedicaba de lleno a ultimar los detalles de la cena junto con la anfitriona. Se fueron al salón a tomar un aperitivo. Todo estaba preparado, pero querían entonar el estómago un poco, antes del habitual atracón semanal. Maribel se fue como una bala a sentarse junto a Trini, antes de que nadie le quitase el sitio. Aunque ella no tenía problemas en que todas supieran que quería enrollarse con su amiga, prefirió trabajársela más sutilmente, para darle un poco de emoción a la cosa.

-Te juro que de esta noche no pasa que te dé un muerdo en esos morros de fresa que tienes -le dijo al oído y metiéndole la punta de la lengua en el orificio de la oreja-.

A Trini se le puso el coño como la Fontana de Trevi. Le salía el agua a chorros. Estaba felizmente casada con Rafael, pero todo lo relacionado con el folleteo la ponía muy cachonda. Tenía muy claro que todo era sexo y le daba igual con quién lo practicara, claro, siempre que fuese humano. Amaba a su marido, pero eso no tenía nada que ver, el sexo era otra cosa. Consideraba que el ser humano en el fondo era polígamo.

-Chicas. Ya tengo la colección de esta temporada casi lista. Para todo tipo de caderas. Me encanta. Ahora vendemos más que antes. La verdad, es que, no me queda más remedio que admitir que todos hemos salido ganando con el acuerdo Jerbre -dijo Carla que era diseñadora, mientras se tragaba ansiosa un canapé de morcilla de arroz con cebolla confitada-. Esa es una de las cosas que tengo que admitir, que estoy en total acuerdo con los hombres.

-¡Por los hombres y por Faldas! -brindaron todas-. ¡Vivan los hombres!.

-Por cierto, ¿Por qué el Manifiesto se llama Faldas y el acuerdo Jerbre? -preguntó Lourdes que desde que se separó andaba siempre en un mundo paralelo-.

-Faldas fue el Manifiesto que impulsaron los hombres, pero después se tuvieron que firmar muchas cosas. Nosotros, los diseñadores, nos teníamos que comprometer a cambiar el patronaje y no todos querían. Después de muchas deliberaciones, se firmó el acuerdo y decidimos llamarle Jerbre porque los nuevos patrones incluían tallas de mujer (jer) y de hombre (bre) indistintamente. De ahí surgió la palabra. -explicó Carla elocuentemente-. Cada acuerdo dentro del Manifiesto tiene un nombre diferente, querida Lourdes, tienes que salir al mundo y enterarte de las cosas. Olvídate ya de Fran.

-Ya lo olvidaré. Ahora dejadme vivir duelo a mi manera -dijo Lourdes lastimosa-.

Carla le dio un beso y acto seguido comentó Lucía.

-Yo os aseguro por experiencia, que es el mejor manifiesto que se haya podido redactar. Nosotros, ahora, ahorramos más en ropa. Fíjate que paradoja, Carla, los clientes ahorramos y los diseñadores vendéis más. En mi caso, me compro un vestido y Manuel una falda que nos va bien a los dos. Si me tenía que comprar ambas prendas, me compro sólo una y sin embargo, tengo más fondo de armario, porque cuento con la ropa de mi marido también.

-Una de las cosas que más me gusta de todo esto, es que a mi marido no le apetece follar tanto como antes, que tenía ganas a todas horas. Ahora, a parte del trabajo, las tareas de la casa y demás, tiene un añadido, la depilación. Cuando llega a la cama no está para juegos eróticos y yo encantada -dijo Ana con una sonrisa victoriosa-.

Alfonsa estaba a punto de abordar a Maribel, que era abogada, para una consulta jurídica sobre un problema profesional que tenía su marido, Ignacio. Antes había consultado con Lucía, luego con Maribel y más tarde lo haría con las demás. La noche era larga y ella nunca se marchaba sin exprimirlas a todas. Cada una de ellas le aportaba sus conocimientos. Pero justo en ese momento llamaron al timbre. Las amigas gritaron al unísono cuando Carla abrió y apareció Pilar.

-¡Ya era hora, Pilarcita!

-Chicas, perdonad el retraso -dijo Pilar eufórica-. He tenido que dejar a los niños en el alvierni. ¡Qué maravilla de alvierni! Me he demorado más porque la directora me ha estado enseñando todas las dependencias y se ha enrollado como una persiana. Estoy encantada de tenerlo al lado de mi casa. Qué subidón tengo niñas. Hay que ver cómo ha cambiado todo en tan sólo ocho años. Dos mil veinte y toda la mierda de la crisis que vivimos en dos mil doce, está olvidada. Salvo algunas cosillas que vamos eliminando poco a poco, esto es una maravilla. Hoy estoy pletórica, no os vayáis a reír y dejadme disfrutar mi optimismo.

Se dirigió a la mesa. Se sirvió una copa de vino y se la bebió de un solo trago. Tomó aire para seguir hablando, pero las demás no le dejaron abrir la boca. Sabían que si cogía carrerilla no pararía en toda la noche.

Los alviernis eran unos hoteles infantiles gratuitos para los viernes por la noche. Otra de las cosas que se acordaron en el manifiesto, fue el derecho de los padres a disfrutar en libertad, sin niños, una noche a la semana. Escogieron los viernes por la noche por unanimidad. El sábado lo dejaron para ir de compras y potenciar el consumo y así los comerciantes corrían con los gastos de los hoteles. En cada compra que se hacía se adquirían una serie de puntos que luego se canjeaban por noches de alviernis. Los que no tenían hijos, podían elegir el regalo. Esto dio un gran impulso a la economía porque se abrieron muchos alviernis en bloques de pisos vacíos, de los que no llegaron a venderse cuando la famosa burbuja inmobiliaria. Todos ganaron. Las tiendas, restaurantes, y demás negocios incrementaron sus beneficios. Gracias a que la clase media consumía, se generaba riqueza para todos. Los precios eran más competitivos. En resumidas cuentas, España salió ganando.

-Vamos a comer, chicas. En la mesa seguimos charlando que para eso tenemos toda la noche -dijo Carla dirigiéndose a la cocina seguida de todas para ayudarla a servir-.

Uno de los temas que abordaron aquella noche con gran alegría fue el de los paraísos fiscales. El país había conseguido que todo el dinero desviado a dichos lugares, regresara a las arcas del Estado. A los banqueros se les retiraron las pensiones vitalicias que se autoasignaron, junto con las indemnizaciones millonarias que cobraron. La Banca estaba libre de piratas.

-Brindemos por el dinero recuperado, por la legalidad, por la justicia social y por la igualdad -propuso Ana levantando su copa de vino y todas se sumaron al brindis, felices.

-Yo quiero brindar ahora por otra cosa -dijo Pilar solemne-.

-Ya, ya. Tú por los alviernis ¡Cómo no! -respondieron sus compañeras en tono guasón-.

-Pues no. Me temo que os habéis equivocado. Mi brindis es por algo más grande y de mayor trascendencia. Sé que puedo confiar en vosotras y que todo lo que hablamos queda sellado. Esto no os lo quería contar, no por falta de seguridad ni nada de eso, más bien para que os llevaseis una sorpresa, pero es tanto mi deseo por compartirlo con mis amigas que no puedo vivir si me lo guardo.

-Desembucha ya o te estrangulo ahora mismo, que nos tienes intrigadas -la amenazó Carla-.

-Te hacemos pedacitos entre todas si no hablas, muchachita -la amenazó Ana emulando un gesto asesino-.
-Bien, queridas, mañana firmamos el acuerdo con los chinos. Lo hará público, pasado mañana, la ministra Noblejas.

-Vaya si eres bruja. Todo este rato has estado callada ¿Cómo te has podido aguantar? -le preguntó Lucía, encantada-.

-Las sorpresas hay que saber darlas en el momento justo -le contestó Pilar haciéndose la interesante-. De todas formas, lo más importante es que lo hemos conseguido. Nenas, se acabó, por fin, la economía emergente china en nuestro país. Fabricaremos y consumiremos productos nuestros, con materia prima y mano de obra nuestra. Aunque hace tiempo que cultivamos nuestro algodón y otras cosas, falta ultimar qué otros productos vamos a importar y exportar. Evidentemente, mantendremos vivo el mercado turístico , potenciaremos el estudio de su idioma, su cultura, su gastronomía. Los chinos son grandes gastadores de dinero, nos interesa mantener buenas relaciones con ellos. Pero cambiemos de tema, que me voy a poner muy pesada con este tema.

-De pesada nada -le dijo Lucía-. China es un país muy importante para nosotros y seguiremos llevándonos bien. Brindemos por China.

-¡Por China y por España! -celebraron todas, fundiéndose en un efusivo abrazo-.

Trini se separó para ir urgentemente al baño. El vino le ponía la vejiga inquieta. Maribel, aprovechando la algarabía y el jolgorio, se fue tras ella y antes de que a su amiga le diese tiempo a levantar la tapa del váter, la cogió por la cintura y atrayéndola hacia sí, le agarró la cabeza y le zampó la lengua en la boca con un beso que la dejó sin respiración. Trini se meó encima. La excitación que le produjo aquella situación prohibida fue tal que, no sabía si se estaba orinando o se estaba corriendo por las piernas abajo. El morbo la hacía temblar. Cedió a los deseos de Maribel y se dejó manosear al antojo de su amante bandida. Ésta le soltó la blusa y le desabrochó el sujetador como si una fiera salvaje le estuviese arrancando la piel a jirones a su presa. Le lamía los pezones erectos como los tapones de la botella de vino que se habían tomado. Le mordía el cuello, le comía la boca, las orejas. Estaban tan calientes y llenas de deseo que Trini, deseperada, le dijo a Maribel:

-¡Méteme el dedo en el coño!.

-Te meto el dedo y la mano, si hace falta – le dijo Maribel con tono enérgico y complaciente-.

Trini se dejó caer sobre la pared de azulejos rústicos y Maribel comenzó a quitarle los pantalones empapados, que gracias a que, eran negros, disimulaban bien la mancha de la meada. Le bajó las bragas de encaje verde y comenzó a acariciarle el monte de venus lenta y circularmente. Llegó al clítoris y suavemente llegó hasta la puerta de acceso de la cueva oscura y húmeda. Un líquido viscoso y caliente facilitó la entrada de sus dedos y poco a poco, la mano entera a la palpitante y deseosa vagina de la mujer más atractiva del mundo.

-No pares, por favor -suplicó Trini al ver que la otra apartaba la mano de su vulva-.¡Sigue, deprisa, más rápido...!

Maribel se la llevó hacia el bidet y le dijo que se sentara. Le abrió las piernas y comenzó a comerle el coño. Le introdujo la lengua en la vagina. Le mordió el clítoris con delicadeza. Trini, que nunca lo había hecho con una mujer, pensó que ni el mejor de los polvos con su marido, se aproximaba a aquella locura de lujuria y deseo. Cuando volvió del éxtasis y abrió los ojos, quiso besar a Maribel, pero un frío extraño surcó su cuerpo como un rayo veloz. Se asustó mucho. La veía distinta. Su expresión había cambiado.

-Maribel ¡¿Qué te pasa?! Se te ha quedado la boca con los labios hacia dentro, como la de una anciana sin dientes. Mírate al espejo. Tienes los labios hundidos. Me estás asustando.

Maribel comenzó a reír dejando al aire sus encías desdentadas.

-No te asustes, tonta. Me he quitado la dentadura para no hacerte daño y darte así más placer.

-No sabía que llevases dentadura postiza.

-La llevo desde muy jovencita. Un medicamento se encargó de estropearme los dientes y me los tuvieron que sacar todos. ¿Qué piensas? Te has quedado muy callada.

-Vámonos que las chicas nos van a echar de menos -dijo Trini, confusa-.

-Trini, Trini, despierta ¿Qué te pasa chiquilla? - la zarandearon las chicas para despertarla-.

Se despertó desconcertada. No sabía qué decir. Se puso nerviosa al verlas a todas alrededor zamarreándola.

-¿Qué, qué, qué pasa? ¿Dónde estoy? -dijo sobresaltada-. Dios, me he dormido. El vino me ha dejado lista. ¿Por qué no me habéis despertado antes?

-Porque te lo estabas pasando tan bien que nos daba pena sacarte de ese lugar en el que te encontrabas -dijo Maribel cogiéndole la mano-.

Trini no pudo mantenerle la mirada y se retiró disimuladamente con la excusa de ir al baño a refrescarse la cara. ¡Cómo un sueño podía hacerla sentir tan rara! Cuando regresó las chicas estaban charlando y al verla entrar la miraron con un sonrisa, ella se ruborizó y supo que su sueño no había pasado desapercibido para sus amigas, pero ¿Cómo? Sin decir una palabra se sentó en el mismo lugar donde hacía unos minutos había transcurrido su tórrido sueño y, al hacerlo, sintió que un cosquilleo subía por su estómago. ¿Qué le sucedía? Nunca antes, que ella recordara, había soñado nada parecido y en eso pensaba cuando una de las chicas le habló.

-Muñeca, cuenta con quién estabas soñando que te estabas muriendo de gusto. Menudo orgasmo acabas de tener en nuestras narices -le dijo Carla, guasona-.

Sin mediar palabra miró a Maribel. Ésta no necesitó saber más. Las otras seguían insistiendo entre bromas. Trini les siguió el juego. Al cabo de un rato fue nuevamente al baño.

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